Brilla por su ausencia: 45 años de Wish You Were Here

El pasado 12 de septiembre se cumplió el 45° aniversario de un disco clave para una banda histórica. Luego de alcanzar el éxito unánime con The Dark Side Of The Moon (1973), llegaron los cuestionamientos. Waters, Gilmour, Mason & Wright decidieron resurgir a partir del hastío que había condenado a Syd Barrett y del que ahora eran también víctimas. Análisis a fondo de dicha obra y su génesis.

Por Matías Roveta

 

En noviembre de 1974 Pink Floyd tocó en el Wembley Arena de Londres durante el cierre de la gira de presentación de The Dark Side of the Moon (1973), el disco con el que la banda finalmente había alcanzado el éxito definitivo. Más allá de sus ventas masivas, el logro del álbum era fundamentalmente artístico: luego de años de lucha por encontrar un estilo tras la salida de Syd Barrett en 1968 —el genio torturado que lideraba la banda, había definido su sonido y componía las canciones— Pink Floyd había dado forma a una verdadera obra maestra. Dark Side era un disco conceptual que abordaba las presiones cotidianas de la vida moderna —tener o no tener dinero, la rutina agobiante, el paso del tiempo y la cercanía de la muerte— y que se podía escuchar como una unidad de principio a fin, a partir de las transiciones fluidas que hilvanaban las canciones en un todo cohesivo. Algo que ya habían intentado en la épica y oceánica “Echoes”, que con sus veintitrés minutos ocupaba toda la segunda cara de Meddle (1971), pero ahora el viaje musical que proponía Floyd se extendía a la totalidad del álbum y tenía letras dotadas de sentido. Pink Floyd tenía preparado su show multimediático —sonido cuadrafónico y envolvente, juegos de luces psicodélicas y hasta efectos sorprendentes que incluían un avión a escala que sobrevolaba al público y se estrellaba en el escenario— y todo estaba dado para que la noche fuera inolvidable.

Pero lejos de esto, el concierto fue un desastre. Roger Waters y Nick Mason conforman “la base rítmica más aburrida de la historia del rock”, escribieron en una lapidaria reseña de ese show los periodistas de la NME Nick Kent y Pete Erskine, quienes además señalaron que Richard Wright y David Gilmour eran “apenas adecuados” y que el show había sido “vulgar y desalmado”, según narra en su biografía La odisea de Pink Floyd (2005) el escritor Nicholas Schaffner. Más allá de estos dardos hirientes que en su momento pegaron fuerte (David Gilmour intentó desmentir en una entrevista punto por punto los ataques de Kent y Erskine), Pink Floyd terminaría reconociendo que había mucho de verdad en esa crítica: “Fue desorganizado, careció de entusiasmo y determinación”, dijo sobre ese recital el baterista Nick Mason en el documental The Story of Wish You Were Here (2012). El dolor, en todo caso, tenía que ver con reconocer que Pink Floyd parecía una banda que funcionaba de forma autómata y con que alguien se los había hecho ver. Y cuando el grupo se metió en los estudios Abbey Road en enero de 1975 para trabajar en Wish You Were Here, el sucesor de Dark Side, Pink Floyd parecía seguir siendo una banda que actuaba por inercia: “Nadie miraba al otro a los ojos y todo era muy mecánico”, dijo sobre esas sesiones Waters, según Schaffner en su libro. 

El nivel de confusión que rodeaba a Pink Floyd en ese momento parecía ser tan grande que, a fines de 1973, se habían pasado meses en el estudio intentando dar vida a un disco “distinto”. Una obra que prescindiera de instrumentos convencionales como guitarras, bajo o batería y que estuviera compuesto con ruidos provenientes de escobas, martillos, bombitas de luz o banditas elásticas. Household Objects, el álbum en cuestión, terminó siendo un fracaso rotundo y la banda abandonó rápidamente ese proyecto. Fue un movimiento en falso de un grupo que no sabía cómo seguir después de The Dark Side of the Moon y, como respuesta desesperada, eligió el camino de probar con algo completamente antagónico. 

Pero aún en ese estado de dispersión, aburrimiento y falta de creatividad, había raptos de magia. Todo empezó a tomar forma a partir de un fraseo simple de cuatro notas sobre el que el guitarrista David Gilmour venía trabajando desde hacía un tiempo y que inspiró a Waters a escribir una letra sobre Syd Barrett, el amigo que se había alejado. La canción era “Shine On You Crazy Diamond” y, junto a “Raving and Drooling” y “You Gotta Be Crazy”, era el único material con el que Pink Floyd contaba cuando arrancó las sesiones de Wish You Were Here en Abbey Road bajo la tutela del ingeniero Brian Humphries. 

Gilmour era partidario de desarrollar esas tres composiciones y que el disco fuera armándose en base a ellas, pero Waters tenía otra idea: desechó “Raving and Drooling” y “You Gotta Be Crazy” (aparecerían luego en Animals como “Sheep” y “Dogs”, respectivamente) y se abocó a desarrollar un nuevo concepto que expresara el estado en el que se encontraba la banda. “Yo sentía que en algunas ocasiones el grupo era solo una presencia física. Nuestros cuerpos estaban allí, pero nuestras mentes y sentimientos en otra parte”, dijo el bajista y compositor, según se lee en La odisea de Pink Floyd.

Este nuevo concepto que giraba en torno a la idea de la ausencia —la ausencia de Syd Barrett, pero también la ausencia de la banda misma y de los sentimientos de amor fraternal entre ellos que los habían unido en el pasado— conservó a “Shine On You Crazy Diamond” que —partida en dos a petición de Waters— iba a abrir y cerrar el disco. El arranque de “Shine…” es con Wright en su esplendor: primero el fade-in de una atmósfera etérea creada con su arsenal de teclados, sobre la que se suman melodías de minimoog que parecen emular el sonido de una trompeta y por último un colchón de órgano como sostén para el exquisito solo blusero de Gilmour; el efecto cinematográfico de melancolía espacial se va diluyendo hasta llegar, ahora sí, a ese punteo de cuatro notas del guitarrista —que el crítico David Fricke definió como el sonido de las campanas de una iglesia—, que había oficiado como disparador. “Recordá cuando éras joven, brillabas como el sol / Seguí brillando, diamante loco”, canta Waters: “Es mi homenaje a Syd y mi sentida expresión de tristeza por la pérdida de un amigo. Pero también de mi admiración por su talento”, explicó Roger en The Story of Wish You Were Here.

Sobre el final de la canción, el solo de saxo de Dick Parry va desapareciendo en fade-out y se funde con los sonidos futuristas de “Welcome to the Machine”, con sus sintetizadores procesados por Waters que sugieren puertas electrónicas y el repiqueteo del motor de una nave a punto de partir. Pink Floyd ya había probado con los sonidos del futuro en “On the Run”, que con sus efectos de pasos apurados, respiraciones agitadas y altoparlantes de aeropuertos, hacía referencia al tránsito permanente y al trajín de tantas giras: “Welcome to the Machine” parece representar las consecuencias de haberse sometido a esa agenda de trabajo inhumana en busca del éxito. Waters, al referirse a esta letra, alguna vez habló de una “monstruosidad que nos mastica y nos escupe de vuelta”, y el sonido maquinal —apenas matizado por la guitarra acústica de Gilmour— genera un clima de dramatismo que es reforzado por la letra: “Soñaste con una gran estrella /Él tocaba la guitarra principal, siempre comía en el Steak Bar y amaba manejar su Jaguar / Así qué, bienvenido a la máquina”. 

“Have a Cigar” está hecha a partir de un riff robótico de Gilmour, una línea de bajo minimalista de Waters y el piano eléctrico de Wright que dan vida al momento más rockero del disco que encierra, también en este caso, otra profunda crítica a la industria discográfica. Ante las dificultades tanto de Waters como de Gilmour para cantar esta canción, Roy Harper fue invitado (otra decisión que profundizó las tensiones entre los dos compositores principales, porque Waters sentía que era su canción y que debía ser él quien la cantara) a hacerse cargo de ponerse en la piel de un ejecutivo de un sello discográfico que, lleno de hipocresía, busca seducir a un músico ofreciéndole placeres vacíos (“Entra aquí, muchacho, agarrá un cigarro / Vas a llegar lejos, a volar alto”) para exprimirlo luego como a un limón (“Nos quedamos shockeados cuando escuchamos las ventas (…) Estamos tan contentos que apenas podemos contar”).  

Toda esta diatriba de Waters podía entenderse desde las presiones que Pink Floyd había sufrido en torno a tener que producir otro suceso a la altura de The Dark Side of the Moon, pero también era posible relacionarla con Syd Barrett, el ex líder de Pink Floyd que había caído en la locura por un cóctel explosivo de adicción al LSD, aparentemente una enfermedad mental latente que las drogas aceleraron y su propia incapacidad de lidiar con la fama. En 1967, cuando Floyd era una poderosa nave de rock psicodélico encaminada hacia la consagración, Barrett solía autoboicotear los shows: se paraba arriba del escenario como un ser distante y no cantaba ni tocaba su instrumento. Tampoco le resultaba placentero tener que salir de gira y tocar en segmentos acotados de pocos minutos (él prefería la libertad de los largos pasajes instrumentales lisérgicos) y —al ser en ese momento el único compositor del grupo— odiaba que continuamente le exigieran un nuevo hit. En 1968 Barrett fue remplazado por Gilmour y sus antiguos compañeros decidieron seguir adelante. Tal vez, por una mezcla de culpa, remordimiento y empatía, Pink Floyd decidió recordar a Syd y pagar su tributo tardío cuando, en 1975, ellos entendieron ese nivel de hastío que había condenado a Barrett y del que ahora eran también víctimas. 

Pero las referencias a la industria musical también reforzaban el concepto original de ausencia: “Nos interesaba en especial el aspecto de la ausencia que implicaba una simulación, algo supuestamente genuino pero en el fondo tan falso como una negativa de Nixon”, explicó el diseñador Storm Thorgerson en su libro The Work of Hipgnosis: Walk Away Renee, según la cita de Schaffner. Las fotos que ilustran la tapa —el apretón de manos entre dos hombres trajeados que incluye a uno de los dos prendiéndose fuego— y la contratapa —el vendedor de un sello que no tiene rostro ni muñecas— sugerían esa idea de alguien que esconde sus verdaderas intenciones. Thorgerson redondeó el concepto de la obra cuando decidió lanzar al mercado a Wish You Were Here envuelto en un sobre negro que apenas incluía una calcomanía que identificaba al grupo: el disco también estaba escondido o, mejor dicho, ausente. 

Gilmour vuela alto al final de “Have a Cigar”, su solo con aires funky se corta de forma abrupta y se mezcla con la intro de la canción que le da nombre al disco. Allí David brilla de nuevo con su orfebrería de guitarras acústicas que incluye, primero, un fraseo con una viola de doce cuerdas que suena como desde una radio alejada y, luego, un punteo de notas emotivas en primer plano. La letra de Waters resume toda la idea del álbum y puede leerse como un mensaje de él hacia Syd o quizá a sus compañeros de Pink Floyd: “Cuánto quisiera que estés acá / Somos solo dos almas perdidas nadando en una pecera año tras año, corriendo sobre el mismo viejo suelo / ¿Y qué encontramos? Los mismos viejos miedos / Quisiera que estés acá”. 

Como en un extraño acto del destino, Barrett se presentó sorpresivamente en Abbey Road cuando la banda estaba trabajando, justo, en la mezcla de “Shine On You Crazy Diamond”. Estaba pelado y había engordado. A los músicos les costó un rato reconocerlo pero, cuando lo hicieron, el hecho se convirtió en una experiencia que los dejó conmocionados y envueltos en lágrimas. Ese episodio de junio de 1975 representó la última vez que los miembros de Pink Floyd vieron a Syd, pero treinta años más tarde la banda pareció cerrar el círculo. Después de años de peleas, Waters —que se había ido de Floyd en 1985— aceptó unirse a Gilmour, Wright y Mason para tocar un set corto en el Hyde Park de Londres en el marco del festival Live 8.

Más allá de querer adherirse a una causa solidaria, la razón por la que Pink Floyd aceptó limar asperezas y reunirse allí ese día tenía una intención más profunda: “Estamos haciendo esto por todos los que no están acá, pero en especial, por supuesto, por Syd”, dijo Waters sobre el escenario antes de que Pink Floyd tocara “Wish You Were Here”.  //∆z