Un mundo feliz: la distopía que se cumplió

Se lanzó el trailer de una nueva adaptación en formato serie de la novela fundacional de Huxley que profetizó el futuro y sembró las bases del género distópico. Algunas líneas sobre aquel relato que fascinó y horrorizó en partes iguales.

Por Pablo Díaz Marenghi

El 2020 hizo añicos cualquier tipo de profecía. Todo pronóstico elaborado hasta por el más arriesgado de los astrólogos quedó en ridículo ante la irrupción de la pandemia del COVID-19. Nostradamus quedó chupándose el dedo en el último rincón de los videntes tristes. Casandra es, en el mejor de los casos, tan sólo un recuerdo. Y Benjamín Solari Parravicini se redujo a la inspiración de una película bizarra que cruzó en pantalla a Antonio Birabent y a Rolando Graña.

Lo cierto es que, en el terreno de la ficción, ni Ray Bradbury, Arthur Clarke o Isaac Asimov imaginaron esto. Quizás Stephen King, el maestro del terror, se le acercó bastante con su novela Apocalipsis, también conocida como La danza de la muerte o The Stand, publicada en 1978.  The Stand, de más de mil quinientas páginas de extensión, tuvo adaptaciones al cine y a la televisión. Plantea un futuro distópico en donde la mayor parte de la población mundial quedó diezmada debido a la epidemia de un virus mortal. José Saramago hizo lo propio con Ensayo sobre la ceguera, que también tuvo su adaptación al cine. En esta última la población mundial no murió, pero quedó por completo ciega debido a un virus misterioso.

El coronavirus no ha llegado a dañar de ese modo debido al accionar de los Estados (algunos más veloces que otros, algunos más conscientes que otros). Sin embargo, nos ha llevado al confinamiento obligatorio, a la distancia social, a la inexistencia de eventos públicos y recreativos, a los recitales por streaming, a la mediatización de las relaciones sociales a ultranza y al teletrabajo como casi la única alternativa posible. Y también hizo su aporte a todas estas discusiones un escritor  británico: Aldous Huxley.

En su novela Brave New World (1932), Huxley no habló de ningún virus mortal. Pero sí de un modelo de sociedad que vislumbró con una lectura inteligente del capitalismo y de las teorías sobre control poblacional, que en su época comenzaban a cobrar fuerza. Hace poco se lanzó el trailer de una nueva adaptación en formato serie de esta historia, de la mano de la nueva plataforma de streaming Peacock, propiedad de NBC Universal. No parece aportar demasiado en un contexto en el que Black Mirror ya quedó como una pieza de museo. Sin embargo, la distopía continúa erigiéndose como un modelo narrativo que posibilita la reflexión sobre nuestra existencia con una potencia inusitada y de un modo mucho más espeluznante que otros.

Orden y progreso

La novela de Huxley se enmarca dentro del formato de novela distópica y en sus páginas construye una sociedad en la que el progreso, la técnica y la ideología Fordista-Taylorista han triunfado categóricamente: la cadena de montaje, la división de tareas, el imperio del reloj y la productividad al extremo. El fin de los tiempos muertos. En principio, algunos pasajes pueden parecer una sátira, una parodia o una exageración. Pero al sumergirse en las profundidades ocultas bajo la superficie del texto es posible encontrar puntos en común con la sociedad capitalista contemporánea.

En el prólogo, Huxley afirma: “En una época de tecnología avanzada, la ineficacia es un pecado para el Espíritu Santo”. Esta frase será central en su relato al enfatizar la preponderancia radical de los parámetros eficientistas del Fordismo en el mundo que imagina en su ficción. Con obvias diferencias, uno puede rastrear estos rasgos en la sociedad de hoy. Henry Ford, aquel empresario creador del emblemático modelo Ford-T que revolucionó no sólo la fabricación de automóviles sino el capitalismo en su conjunto, es enaltecido al nivel de un Dios en la novela. Al punto tal de que la sociedad divide su historia a partir de su nacimiento, tal como el mundo occidental divide el tiempo antes y después de Cristo, y se pronuncia “Oh, Ford” en lugar de “Oh, Dios” ante alguna calamidad.

El modelo cientificista, que poner al saber científico como la fuente de conocimiento absoluta, se mantiene en nuestros días. En Un mundo feliz se han eliminado los partos naturales. El ser humano ya no es vivíparo. Esto permanece en la humanidad actual, pero están presentes criterios cientificistas importantes que, quizás, Huxley sólo fantaseaba en aquel momento: alquiler de vientres, experimentación con células madres, fertilización asistida e, incluso, garantizada de manera gratuita por los Estados.

We don´t need no education

La idea de transformar el mundo, cambiarlo en pos del progreso, ha sido empleada por el sistema Capitalista desde sus orígenes. En la novela el progreso es la meta. El hombre ha alcanzado un desarrollo tecnológico tal que le permite planificar, sistematizar y homogeneizar a toda la raza humana. Los hombres nacen en tubos de ensayo, se los educa y domestica según parámetros inmanentes, fijos y estables en sus aparatos cognitivos.

Este recurso puede parecer exagerado o distópico al extremo. Sin embargo, es posible trazar un paralelismo con los sistemas educativos tradicionales. Aquellos en los que, según el paradigma clásico fundado durante la Edad Moderna, el saber es inoculado por un sabio, el profesor, a los alumnos. Y estos lo adquieren y lo toman como una verdad absoluta y revelada. Hace tiempo que este modelo entró en sucesivas crisis. Algo que hoy, en tiempos de educación virtual en cuarentena, con todas las limitaciones e imprevistos que se han generado, queda más que nunca expuesto. Pero, aunque haya excepciones, en líneas generales podría describirse al modelo de enseñanza actual como asimétrico y explicador. El filósofo francés Jacques Ranciere, en su libro El maestro ignorante, lo llama “embrutecedor”. Sostiene que la educación contemporánea no forma al alumno bajo un modelo emancipador que le permita un autoconocimiento, una enseñanza autónoma.

Esto puede vincularse con la hipnopedia, serie de condicionamientos llevados adelante en la novela de Huxley a partir de diversas técnicas y “sugestiones del Estado”. ¿Exagerado? Tal vez. Aunque, también, puede pensarse que es  algo no tan distinto a lo que ocurre en las escuelas o institutos de formación donde ciertos discursos se establecen como verdades absolutas para luego ser reproducidas, asimiladas y legitimadas en aras de un orden social determinado que se vuelve difícil de cuestionar. Por más idealista o innovador que uno sea, incluso siendo parte del sistema educativo, el mismo despliega sus tentáculos cual pulpo embravecido y establece los límites hasta donde uno podrá llegar.

No corras más, tu tiempo es hoy

La idea moderna de progreso atraviesa  la novela como la ideología triunfante. Eso, también, es otro rasgo común con el mundo contemporáneo que Huxley supo detectar a comienzos del siglo XX y que hoy, en pleno siglo XXI, continúa su profundización en un devenir acelerado, hiper tecnificado y digital.

Pese a que estos preceptos están en disputa hace ya tiempo –alcanza con leer las ideas de algunos autores de la posmodernidad tales como Bifo Berardi o Byung-Chul Han– existe una ideología dominante en torno a lo moderno, lo eficiente, lo mensurable, lo calculable. En Un mundo feliz, este precepto se desarrolla al máximo y, a la vez, es posible encontrarlo en el mundo actual.  Por ejemplo, cuando se piensa bajo los criterios del utilitarismo –“¿Para qué me sirve esto?”– o de eficiencia capitalista burguesa –“El tiempo es oro”, “El tiempo es dinero”. En el siglo XXI surgieron nuevas cosmogonías y discursos. No obstante, una fuerte tradición moderna eficientista permanece arraigada en el orden social vigente y emergen hechas carne y uña del grueso de la población mundial. La carrera espacial quedó en el pasado pero la ciencia aún busca la respuesta para toda pregunta natural y es erigida como la fuente absoluta del conocimiento.  En tiempos de pandemia, basta ver como se les prenden velas a los científicos y médicos en pos de una vacuna contra el COVID-19 que traiga una nueva esperanza.

Humano, demasiado humano

En la novela se muestra a la técnica como el mayor beneficio para la sociedad. Cualquier solución técnica sería un gran avance humano. También se plantea la posibilidad de innovación humana y científica no sólo para manipular sino crear especies innovadoras en la naturaleza. Esto no solo es una expresión de la modernidad –el fanatismo por la novedad e innovación– sino también un punto en común con nuestros días: la prepotencia humana llamada por algunas teorías contemporáneas especismo. Una mirada apocalíptica podría augurar un futuro no muy lejano con experimentaciones sobre especies humanas o animales en donde el hombre ocupe el rol de Dios Creador a través de la ciencia y la técnica. Es aquí donde surgen debates en torno a la ética, la bioética y la moral. Surgen discursos en torno a si la humanidad debe preservarse lo más virginal posible o si la intervención técnica en pos de un desarrollo es ética. Si se descubriera la posibilidad, por medio de la técnica, de vivir eternamente, ¿sería posible su empleo en la sociedad? ¿Sería éticamente correcto? Sería pensar sobre los límites del humanismo, del mismo modo que lo reflexionó, por ejemplo, el filósofo Peter Sloterdijk o la corriente surgida en Estados Unidos denominada Transhumanismo. También Donna Haraway, quien se atrevió a plantear, sin anestesia, que en el Siglo XXI todos somos cyborgs (mitad hombre/mujer, mitad máquina).

El entrenamiento de los cuerpos descripto en la novela de Huxley –con condicionamientos Pavlovianos similares a la Técnica de Ludovico de la novela La naranja mecánica (1962)– es una versión radicalmente enfatizada del adoctrinamiento corporal que describió con precisión Michel Foucault en su obra maestra Vigilar y castigar (1975). En el libro de Huxley no sólo se forjan cuerpos dóciles sujetos al sistema imperante, como describía Foucault, sino que se moldean a piacere gustos, preferencias y costumbres sociales que luego acompañarán a los sujetos a lo largo de toda su vida. Casi como en la película Matrix (1999) en donde a Neo, el protagonista, se le inoculaban técnicas de artes marciales de manera excelsa con tan sólo conectarlo a un sistema informático y hacer click. No existe en el mundo actual un mecanismo técnico que digite de manera tan precisa e inmanente comportamientos que se enmarquen en los cuerpos para siempre sin salida ni escape. Sin embargo, existen instituciones, normas sociales, discursos, dispositivos de subjetivación, que moldean y condicionan a los sujetos.

Dispositivos de control, entrecruzamientos de fuerzas –como dirá Foucault reformulando una idea de otro filósofo, el alemán Friedrich Nietzsche– que moldean sujetos, cuerpos y discursos. Esto no significa que los individuos permanezcan determinados para siempre según los dispositivos que los engloban sino que estos son impresos con condicionamientos que luego forjaran y moldearán su subjetividad. Ellos/as deberán lidiar con dichas limitaciones (algunas serán potencialidades) para crear, diseñar y forjar su trayectoria en el mundo.

La sexualidad es otro capítulo importante en la obra de Huxley. La promiscuidad está no solo bien vista sino también incentivada por el Estado y la subjetividad social. En la actualidad, a pesar de que los discursos en torno al sexo han mutado radicalmente en los últimos cincuenta años, la promiscuidad sigue siendo vista con malos ojos por parte de los discursos dominantes ya sea morales, éticos o religiosos, por lo menos en la sociedad capitalista occidental contemporánea. Aunque, vale destacar, en los últimos tiempos surgieron con cada vez mayor potencia discursos en torno al feminismo, el empoderamiento, el libre empleo del cuerpo a la hora del acto sexual y la liberación de los cuerpos oprimidos que ponen en jaque a todo esto. Así y todo, lo planteado por Huxley se sigue viendo como un futuro lejano. El puritanismo sigue muy vigente en ciertos sectores.

En la novela también se destaca el amor a la servidumbre, al destino laboral-profesional, a la misión ciudadana de convertirse en un engranaje social más. Este es otro punto en común, aunque planteado a modo de hipérbole, con el mundo contemporáneo. La diferencia es que en la novela ciertos discursos sociales en torno a la idea de la dominación, la hegemonía y la disciplina, se vuelven transparentes de forma grosera. Algo que sin la reflexión o la lectura de pensadores críticos al sistema social imperante tales como Karl Marx, Michel Foucault o Bifo Berardi, entre otros, sería difícil de distinguir y analizar. Estos discursos son aquellos que legitiman ciertas prácticas, condenan otras, moldean ciertas aspiraciones y criterios de lo aceptable y lo inaceptable, lo moral y lo inmoral, lo valioso y lo despreciable. Existe en la sociedad, la que imaginó Huxley y la actual, una dimensión pulsional que es reprimida y diseminada por la cultura –pulsión tanática, para Freud– cuyo espacio en la novela es ocupado por el Soma, la droga perfecta ya que sus efectos alucinatorios son muy potentes y no deja la más mínima secuela negativa en el organismo. Cuando todos quieren olvidarse de sus problemas, consumen una dosis y todo se desvanece por unos instantes.

En la sociedad contemporánea, la agresividad, lo pulsional, lo dionisíaco, algo propio de lo humano –gasto improductivo según el pensamiento de Georges Bataille– es volcado en diferentes espacios: el sexo, el juego, el deporte, el espectáculo, el entretenimiento, el ocio y, claro, las drogas. Esferas que nunca pueden tocarse con la esfera laboral. Respecto a esto, es curioso el ejemplo de los actores de películas pornográficas, cuyo trabajo termina encimando estas esferas en apariencia intocables: lo sexual, lo bajo, lo pulsional, y el trabajo, lo elevado, lo puro, lo ascético y terminan convirtiendo al coito en una mercancía más dentro de la inmensa cadena de montaje capitalista.

El filósofo alemán Martín Heidegger, rechazado por su adhesión al nazismo y revolucionario por sus ideas, afirmó: “Lo que es verdaderamente inquietante no es que el mundo se transforme en un completo dominio de la técnica. Por lejos mucho más inquietante es que el hombre no está de hecho preparado para esta mutación radical del mundo”. El terror no sería la mutación de la sociedad actual a la planteada por Huxley, sino el hecho de no estar preparados para pensarla y discutirla. Es por esto valioso el debate y la reflexión en torno a estos modelos de sociedad y hoy, en tiempos de aislamiento, pandemia e híper mediatización de los vínculos, la reflexión, aunque duela, se vuelve cada vez más urgente y necesaria. Releer Un mundo feliz  nos hace ver cómo es posible pensar a partir de una obra de ficción que minuto a minuto se funde con la realidad en una suerte de yin y yang perpetuo cuyos límites se vuelven indistinguibles.//∆z