Susy Shock: “Tenemos que nombrarnos porque no nos nombran”

Hablamos con la poeta, actriz, música y performer travesti que, desde su poesía, reivindica su derecho a ser un monstruo y con su música, nutrida de sonidos latinoamericanos autóctonos, explora su propia identidad y la consolida en Traviarca, su último disco homenaje a Lohana Berkins.

Por Carlos Noro
Fotos gentileza de Marieta Vázquez

Susy escritora. Susy poeta. Susy actriz. Susy performer. Susy cronista. Susy artista trans-trava-sudaca. Susy música, la que editó junto a la bandada de Colibries Traviarca, un disco que repasa con “belleza y furia” las disidencias al ritmo del folclore latinoamericano. Todas las Susy en una sola, con la fuerza y el ímpetu de la lucha coherente y cotidiana.

Además de ser un intenso homenaje a Lohana Berkins (nuestra Traviarca, en términos de Susy) Traviarca  (2019), su último disco, busca no solo recordar su figura (la activista trans falleció en 2016 y fue una de la impulsoras de la ley de género aprobada en 2012) sino también a muchas otras “sin nombre”. Lo cierto es que junto a la Bandada de Colibries (Solana Biderman, Caro Bonillo, Carla Morales Ríos, Sole Penelas y Horacio Vázquez) Susy supo construir una interesante propuesta musical que se sitúa en un repertorio de raíz folclórica latinoamericana, incluyendo ritmos como milongas, zambas, chacareras, candombes, murgas, chamamés, diabladas, huaynos y vidalas. Partiendo desde ese lugar, Traviarca abre sentidos con “belleza y furia” a lo largo de trece canciones acompañadas por un impecable arte gráfico que suma color y potencia a cada uno de los momentos de disco.

AZ: Elegiste un neologismo para titular el disco que juega con los conceptos de “Trava” y “Arca” ¿Por qué decidiste juntarlos en un solo concepto? 

Susy Shock: Sobre todo está pensado en un Traviarcado, más que nada, porque yo creo que el patriarcado y el matriarcado han fracasado. Es lo que hemos conocido hasta acá, en toda la historia de la humanidad y es lo que nos ha llevado al colapso. Imaginate que el resultado es casi no tener planeta; haberlo destruido. Entonces nace de una necesidad vital a partir de pensar a Lohana Berkins como la posible, enorme Traviarca. Pensar la utopía de un mundo concebido desde otro nuevo reinado que no sea todo lo conocido que ha fracasado. Entonces pensamos a las travas generando la diferencia.

AZ: En los últimos años, el lenguaje inclusivo empezó a entenderse con más fuerza como una herramienta para nombrar la desigualdad, algo que para vos no es nuevo ya que desde hace tiempo como poeta venís dando esa batalla por el sentido ¿Cómo construís este lenguaje o esta manera de nombrar?

SS: Yo me nombro porque no estaba. Entonces, empecé a hacer la zamba que no me contaba. Te recomiendo que leas una pequeña poesía de mi último libro “Hojarascas” que tiene una referencia concreta sobre esto. Ahí digo que el fracaso de la heterosexualidad es del otro lado. Tienen las ciencias, las artes y nosotros tenemos que abrirnos caminos dentro de toda esa batería gigante, poderosa y cultural. Tenemos que nombrarnos porque no nos nombran y si nos nombren lo hacen errada, equivocada y maliciosamente. Somos el chiste berreta de la varieté. Somos el prejuicio, somos el desconocimiento de uno. Entonces necesitamos alianzas y las alianzas implican darse cuenta que ustedes mismos portan diferencias. La diferencia no es ser gay, lesbiana, trava. Las diferencias las tienen ustedes, dentro de ustedes mismos. Una maestra se tiene que parar en la escuela con su cuerpo y es su cuerpo, no es Angelina Jolie la que está parada ahí dando cátedra de nada. Enseña biología desde el cuerpo que se parece a quien está sentadito o sentadita ahí y es distinta. Esa necesidad es urgente y vital no solo para generar una poética propia sino para diferenciarnos y nombrarnos, porque todo está construido para que desaparezcamos

AZ: Al nombrarte reivindicas desde tus textos la idea de “Monstruo” pero en el disco en vez de ir para ese lado elegís la figura del “colibrí” para presentarse ¿Cómo funciona este contraste?

SS: Primero puedo decirte que monstruoso no carece de belleza y la belleza siempre es la poesía. Eso capaz es lo más monstruoso que hay, porque es lo negado. Me instalo desde lo negado. Desde lo abyecto, los bordes; de todo lo que está lejos de lindura para instalar una nueva belleza monstruosa. Colibrí es un referencia a Batato Barea también. Es un ser que nos ha tocado y no nos dimos cuenta que tuvimos la suerte de que nos haya pasado bajo nuestros ojos culturalmente. Batato era un colibrí. Se reivindicaba un colibrí: el colibrí, la colibrí, le colibrí como cada cual lo ponga, es algo que encerrado muere. El colibrí, incluso, vuela de otra manera. No sabemos frente a qué estamos cuando admiramos la belleza de la aparición de un colibrí. La monstruosidad es la mirada de esa norma que no sostiene de otra manera pero nunca nos ve bellos, bellas y lo somos. En esos lugares estamos nosotres.

AZ: Me imagino que hay una tensión permanente con la idea de “normalidad” que plantea la hegemonía patriarcal-heteronormativa con todos los ideales a alcanzar que la sostienen ¿Cómo te posicionas a nivel personal y colectivo frente a esta cuestión?

SS: A veces nos implica radicalizarnos en la idea de que una no quiere pertenecer a eso. Eso que pareciera incluso una contradicción. Somos una comunidad que pedimos sistemáticamente integrarnos y lo que no podemos, por las urgencias vitales que seguimos transitando, es discutir qué sería pertenecer, en qué términos. Porque para entrar en el fracaso que tiene la hegemonía… Fracaso es viajar dos horas para estar ocho horas entregada a algo que no te gusta y volver dos horas después en colectivos y trenes para llegar a tu casa y prender la tele. Yo no quiero pertenecer a ese mundo de fracaso. No quiero pertenecer a ese mundo de familias que se odian pero se sostienen a partir de matrimonios, de modos hipócritas y cínicos de quedarse. Nosotros queremos que nos quieran y somos capaces de no discutir qué sería esa normalidad. Entonces, el desafío gigante es seguir imponiendo el germen de la insatisfacción en la comunidad porque necesitamos todos nuestros derechos pero desde nuestra forma. Volver a releerlo todo. Rescatar lo que se pueda rescatar pero, sobre todo, saber que todo ha fracasado, construir nuevos modos y vínculos. La normalidad debe ser una tensión que nos tiene que tener todo el tiempo inquietas y dudando.

 

AZ: En los últimos años, el folclore ha sido un universo que ha dado lugar a muchas construcciones musicales alternativas o de protesta, algo que en tu caso se percibe por el lado de las sonoridades andinas y rioplatenses ¿Cómo ha sido tu historia y tus encuentros con estas cuestiones?

SS: Vengo de familia tucumana y pampeana. Soy entre otras cosas eso. Aparte de artista trans-trava-sudaca soy hija de pampeano y tucumana con todo lo que significa, sobre todo en una crianza muy tucumana. Entonces, el folclore está ligado en toda mi construcción y formación. Empecé bailando desde chica yendo a peñas y siendo parte de grupos de folclore. Entendí que el folclore es del cuerpo primero. La voz vino después, a partir del teatro que me dio esa posibilidad. De ahí viene todo esto que soy. Lo tengo en la comida, en los sabores; la tucumanía sobre todo. A la vez soy urbana porque nací acá. Vivo acá en la ciudad. Entonces el desafío es encontrar a La Pacha en medio del cemento o poder encontrar el grito de La Pacha que se ahoga en el cemento o La Pacha que te revienta o te pulveriza una maceta porque quiere salir aunque sea en ese pedacito de tierra y hacerse visible. Decir “estoy acá” en medio del cemento.

AZ: Presentaron el disco en Europa ¿Cómo fue la reacción del público? ¿Qué similitudes y diferencias encontraste con el público local?

SS: Toda la primera parte fue un público que hablaba y entendía castellano. Después, empezamos a movernos más: fuimos a Lyon, Francia y a Belfast, Irlanda. Claramente hay algo universal que tiene la música. Si bien eran festivales Queer y de la disidencia, hay algo muy poderoso que sucede con el universo de la música y con la energía que una va transmitiendo, y que como bandada vamos transmitiendo, que tiene que ver con un mensaje de disidencia que se nota desde nuestros cuerpos hasta nuestros modos de pararnos en el escenario. Eso ha sido recontra bien recibido. Ni hablar de la argentinidad que nos acompaña en todos lados. Es enorme el exilio que hubo durante estos cuatro años de Macrismo en Madrid, Barcelona o Bilbao por ejemplo. Era una argentinidad que nos recibió hasta con desesperación porque no solo estaba esperando escuchar algo que viniera de la Argentina (pero que no sea el obelisco ni la pampa húmeda) estaban esperando un país disidente, feminista que las abrazara. En muchos sentidos sintieron que en estos cuatro años esto se puso en peligro y tuvieron que marcharse. Fueron otros exilios, no solamente económicos. Eso nos confirmó un montón de cosas. Nos confirmó una presencia poderosa y necesaria en otros puntos lejanos más allá de la apertura de trabajo que siempre está buenísimo. Esa necesidad de vínculos con otras culturas. A mí me quedó la sensación de que somos una tribu que no tiene fronteras. Que las fronteras nos aíslan, nos separan con muchas características distintas de acuerdo al punto geográfico en el que estemos. Pero, en algún punto, somos una tribu con dos o tres cosas que nos están uniendo en esta época de la humanidad. No siempre fue así. Tiene que ver con la tensión de discutir todo lo establecido. Discutir el patriarcado, los feminismos, disidencia de los cuerpos. Toda esa gente nos recibe, está esperándonos en todos los rincones del planeta a donde vamos. Eso nos hace sentir que hay otra tribu dentro de este mundo.

AZ: Elegís para tocar lugares bien disimiles (Casa Brandon, Margarita Xirgu, peñas) ¿Qué tan importante es para vos circular en estos lugares? 

SS: Soy una artista que nació desde la autogestión. El teatro me enseño que, de repente, si no existía un lugar para actuar, armábamos el lugar o lo hacíamos en la calle. Siempre encontrábamos gente dispuesta a querer ver, agradecida de poder estar en la ceremonia de construir espacios para el encuentro. Me he formado ahí, desde la adolescencia. Empecé desde los catorce años. Entonces, hay algo de los bordes que a mí me atrae. Aunque los bordes estén mezclados con lo establecido y se nos requiera de otras partes. Hay una energía en el borde que una va llevando a todos lados. Aún en lugares con un formato de teatro o una formalidad de teatro distinta a una Casita Brandon que viene de la disidencia y se fue imponiendo en la ciudad de Buenos Aires como el lugar propio donde una suena divina porque está cuidada ya que tecnológicamente ha crecido. También eso ha sido importante para dar y sostener hechos artísticos que también sean bellos. No solamente es necesario poder expresarse desde el discurso. Es importante que una suene bien porque una hace música. Entonces, la sensación principal para alguien que, como yo, ha sido parte de grupos que han tenido casas para hacer cultura es que si hay propuestas disidentes como La Casa de la Locas en Rosario, que son lugares de la autogestión que se llenan, es porque la gente está necesitando ser recibida de otras maneras, en otros lugares. Entonces, se agradece ser parte de esas movidas porque se construye un tipo de público también. Una, como artista, va construyéndose junto con ese público y estando en espacios más oficiales una lleva el borde encima.

AZ: En alguna nota decías que “no salís al escenario si no que te entregas a un nivel superior”. Vos venís de la literatura y lo performativo pero ahora estás muy metida en la música ¿Qué te propone la música en comparación con otras dimensiones artísticas?

SS: La música tiene la capacidad universal de que nos entendamos o, por lo menos, nos “sintamos”, estemos en una vibración que propone la canción. El espacio, al estar compuesto de bastantes canciones, va variando.  Podemos subirnos, bajarnos, transitar, viajar con los y las espectadoras en todas esas energías. Eso lo he comprobado siendo actriz. Vengo del mundo del escenario. Pero entendí que la canción es otro lenguaje porque lo he comprobado con distintos públicos que no hablan castellano. Entonces sigue pasando eso fundamental que busco que es la conexión. Entender el mensaje no necesita de entender qué dice toda la canción pero si entender el mensaje que va y que, indudablemente, es posible con la música.

AZ: Traviarca propone distintos “Estados Musicales”. Uno puede encontrar “No oculto”, una especie de vals oscuro o la canción que le da al nombre al disco que es un Huayno bien festivo ¿Cómo fuiste combinando esos estados musicales a lo largo del disco?

SS: Es fundamental el trabajo de toda la banda entera. Los arreglos de Caro Bonillo (guitarrista y pianista) pero la concepción grupal es clave. La diferencia entre este disco y el anterior es que si bien en este disco tuve arregladora y otres musiques que me acompañaron, la concepción fue solitaria. La búsqueda fue de encontrar eso una solita con la cajita sumando algún invitado o invitada. Esta vez, el recorrido era coral, con la bandada con la que veníamos hace unos años antes para pensar un disco y soñar ejecutarlo. Ese concepto se nota y se agradece. Es la diferencia entre el primero y el segundo en el que somos un grupo y que los arreglos dan cuenta de una búsqueda estética en la que somos seis. Inclusive Carlita (NdR: se refiere a Carla Morales Ríos), la bailarina, que en el disco no sale pero está pensado su cuerpo en cada ritmo que se va generando.

AZ: “La solitaria”, “Coplita Trava” y “Milonga Queer” parecen reforzar la idea de visibilizar una voz colectiva de tu parte ¿Hay una búsqueda en estas canciones por encontrar un espacio de legitimidad e identidad individual pero, a la vez, colectiva y autogestiva?

SS: Sé muy bien cuál es el límite de lo personal y lo colectivo finalmente en una. No porque esto sea un problema sino porque, en todo caso, nunca ha sido una tensión sino todo lo contrario. Soy mi propio colectivo aún sin la postura de querer sentarme o pararme arriba del escenario a representarme. Represento mi historia. Soy yo, esta travesti puntual, con esta biografía y esta crianza arriba del escenario pero, a la vez, soy una travesti frente a la mirada de los que no lo son, que es la hegemonía. Entonces, es inevitable ser comunidad todo el tiempo. A la vez, mis historias tienen que ver con eso. Soy una trava que está metida con mi comunidad entrelazada con mi comunidad. Mis mejores y grandes amigas siguen siendo travestis, trans y las realidades son todas las canciones que se escuchan en el disco.

AZ: En los últimos tiempos tuviste algunos problemas de salud que te obligaron a cuidarte un poco más ¿Cómo conjugas la necesidad de “poner el cuerpo” con estas cuestiones?

SS: Parece que empieza a ser la necesidad política de pensarnos de las que vamos sobreviviendo y saliendo de ese estigma terrible de la cifra de nuestra edad de comunidad que son los treinta y picos de años. Para quienes ya los transitamos (yo tengo cincuenta y uno), unas cuantas amigas alrededor del país están pasando esa edad o llegando a los cuarenta y no tenemos política porque no lo hemos pensado o no se nos piensa viejas. Entonces, me parece que entender ese cuidado como hecho de desafío venidero de nuevos tiempos, para nosotros, para pensarnos como viejas y como queremos llegar a viejas y tener política para la vejez, la vejez heterosexual y menos para la nuestra. Me parece que es un desafío que tiene que convertirse en colectivo. Una va levantando la bandera del cupo trans, que es necesario y urgente para las generaciones que vienen, porque una ya está más en edad de jubilarse que de entrar en un trabajo formal. Esto se está reclamando y se necesita pero nosotras deberíamos estar pensando en políticas de la vejez trans-travesti. 

AZ: Hablando un poco de tu historia, planteas que a nivel familiar “te dejaron ser”, lo cual, me imagino, contrasta con una imaginario y la acción patriarcal que no suele “dejar ser”. Al mismo tiempo, si alguien ve en retrospectiva tu camino hay una intención manifiesta para abrir caminos de visibilidad ¿Cómo ves esta cuestión?

SS: Difícil. Es un camino todavía con muchos obstáculos porque el gran desafío que tenemos en este momento es plantearle a ustedes, a la hegemonía heterosexual que lo domina todo, que lo tiene todo; como habitar este mundo al que hemos llevado casi a la destrucción, precisamente, por toda la heterosexualidad que lo ha regido. Nosotras nunca hemos tenido la posibilidad de tener el poder como para decir que hemos destruido este planeta. Claramente Monsanto es el resultado del fracaso de la heterosexualidad. Además, todo esto plantea que así como pensamos una educación laica para que cada cual sea lo que tenga que ser, deberíamos plantear una formación desde la infancia que no sea heterosexual. No una heterosexualidad que apañe las diferencias y disidencias sino plantear que no se es solamente heterosexual desde “no serlo”. Ese es el fracaso de la heterosexualidad: no sabe que es una construcción cultural que daña. Me parece que frente a eso, nuestros niñes están indefensos. Se les enseña matemática en la escuela con la heterosexualidad. Se les enseña heterosexualidad cuando se les da el biberón. Se prende la tele y hay heterosexualidad. La ciencia: el médico nos revisa desde chiquites mirándonos como heterosexuales. La partera recibe heterosexualidad. No hay otra opción. Ese fracaso de no saber que se habilita una construcción cultural es lo que sigue imposibilitando a todo lo que no es heterosexual. Para mí el desafío es de ustedes, para que abran la cabeza, porque nosotras no tenemos problema en ser lo que somos. Todo lo contrario. Más si desde la infancia nos abrazan Somos algo que no frena. Que no para. Que tiene una enorme autoestima. Ustedes son los primeros conscientes de la construcción cultural. El desafío es abrir cabezas para que esto deje de colapsar. //∆z

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