Scary Monsters: 40° aniversario

Repasamos un disco central en la obra de David Bowie que cumplió cuatro décadas el 12 de septiembre último. Urgente, visceral y autobiográfico, revisa la propia trayectoria del “Duque Blanco” sin descuidar la mirada irónica y el sentido trágico, capturando el tono de una época que él mismo ayudó a inventar. 

Por Juan Rapacioli 

 

Durante mucho tiempo se dijo que Scary Monsters fue el último gran álbum de David Bowie. Con la aparición de Blackstar —la obra final que anticipó su muerte en 2016— esa idea quedó cuestionada: Bowie no solo cerró su carrera con uno de sus discos más impactantes, sino que dejó sin palabras a quienes sostenían que ya no podía ofrecer ninguna novedad. Sin embargo, los intentos por superar el impacto de Monsters no fueron pocos. Si bien durante gran parte de los 80 su creatividad entró en una espiral de comercialidad sin sustancia, su reconfiguración posterior estuvo marcada por la búsqueda conceptual. Tanto la experimentación electrónica de los 90 —que actualmente está siendo revisitada— como la versión más íntima de fin de siglo son ejemplos de una obra que, con aciertos y errores, no dejó de reinventarse. Pero lo cierto es que Scary Monsters es el disco bisagra de Bowie. 

Lanzado el 12 de septiembre de 1980 y grabado en The Power Station de Nueva York, el álbum condensa muchos procesos internos del artista británico nacido en Brixton en 1947. En principio, es el cierre de su década más intensa, los 70. El periodo de producción donde no solo creó a sus personajes más memorables —Ziggy Stardust, Aladdin Sane, Halloween Jack, Thin White Duke— sino que revolucionó el pop a través de una mezcla muy personal de rock, glam y soul. Además, es la culminación de su etapa más experimental: el tríptico de Berlín, la odisea retrofuturista inspirada en el krautrock que concibió junto a Brian Eno. Pero si Berlín implicó una indagación profunda en las formas y los efectos del azar, Nueva York trajo la inyección de adrenalina que Bowie necesitaba para volver a la narrativa. 

Además de su trabajo con el artificio, la teatralidad y la imagen, Bowie siempre se asumió como escritor. Sus lecturas formativas de ciencia ficción lo ayudaron a construir el imaginario espacial de Space Oddity, así como su obsesión con el superhombre de Nietzsche le dio forma a Hunky Dory y 1984 de George Orwell fue central para Diamond Dogs. Por eso, aunque la experiencia berlinesa significó uno de sus mayores logros musicales, también estuvo atravesada por la imposibilidad de hablar que trae la depresión. Scary Monsters, en ese sentido, fue su revancha con la escritura: las palabras son rabiosas, irónicas y desesperadas, como vislumbrando los años de la negación que se aproximaban. 

Así como Berlín había servido para ensayar nuevas formas de composición, salir de estructuras melódicas y perder el control a la hora de grabar, Nueva York fue clave para concebir un disco urgente sobre la violenta decadencia del final de los 70 y la ansiedad incómoda por la nueva década, en sintonía con el sonido urbano de grupos que Bowie había influenciado, como Talking Heads, Blondie y Television (el disco incluye una versión de Kingdom Come de Tom Verlaine). Y, claro, un gesto confrontativo a la new wave que venía tomando forma con fragmentos de Bowie, desde Gary Numan a Bauhaus, pasando por Japan y Visage. Pero también parece alimentarse de la vitalidad de una fascinación de su etapa plastic soul, Bruce Springsteen, que estaba grabando en el mismo estudio. 

La idea de Bowie para Scary Monsters era hacer un Sgt. Pepper, según dijo alguna vez Tony Visconti, productor y figura clave del álbum. Esto demuestra que la ambición no era menor. Se trataba de equilibrar la experimentación formal que había dominado los años anteriores con el éxito comercial en clave de hit. Algo que no era desconocido para Bowie. Si bien la creatividad la había encontrado muchas veces en los márgenes, las estrategias para alcanzar el reconocimiento masivo eran originarias en su producción, desde sus años mod hasta su etapa glam, pasando por sus incursiones en el hippismo y el hard rock. En su insaciable búsqueda de fama, Bowie se había quemado más de una vez con las luces del espectáculo, pero eso no lo había hecho claudicar. Todo lo contrario: iba por más. 

El gran hit de Monsters es Ashes to Ashes, la canción donde Bowie revisa su legado, su impacto y su influencia a través de un guiño a su personaje iniciático, Major Tom, ahora convertido en un junkie que parece sacado del universo literario de William Burroughs. La canción funciona como la autoparodia crítica y reflexión mordaz de alguien que inspecciona su condición mitológica. De alguna manera, utiliza un procedimiento conocido: disparar contra la fantasía que él mismo creó. Así como en algún momento le dio vida y muerte a Ziggy Stardust, ahora se encarga de situar a Major Tom en el escenario descorazonado de comienzos de los 80. En ese sentido, la canción —y el disco entero— cobra un tono desesperado donde no hay lugar para la inocencia. El sonido captura la paranoia de la época y, de alguna manera, parece anticipar la desolación que llegaría tres meses después con el asesinato de John Lennon, amigo e influencia importante de Bowie. 

El divorcio de Angie, la paternidad, el balance de una carrera agitada y, en definitiva, las dificultades de la vida adulta sobrevuelan un álbum atravesado por una energía oscura donde se imponen la rabia y la confusión de una época incierta a través de la versatilidad de Bowie que se encarga de las voces, los teclados y las letras más personales de su obra. Los aportes claves de Carlos Alomar, Robert Fripp, Chuck Hammer y Pete Townshend configuran el tono, el color y la textura de un trabajo fundamental para entender el sonido de la new wave. Pero no se trata de un guiño amistoso sino de una respuesta confrontativa a los imitadores que lo quieren desplazar, como se puede escuchar en la canción más íntima e intensa del disco, Teenage Wildlife, donde Bowie ajusta cuentas con las nuevas estrellas en ascenso pero donde, en el fondo, parece enfrentarse a sí mismo. 

De alguna manera, Scary Monsters se puede escuchar en espejo con otro álbum bisagra: Clic Modernos, la gran reinvención de Charly García en los 80. Se trata de trabajos urgentes, viscerales y autobiográficos donde se revisa la propia trayectoria a partir de una reafirmación de la centralidad sin perder de vista la mirada irónica y el sentido trágico. Muchos cambios, crisis y renacimientos le esperarían a Bowie, pero Monsters sigue siendo el álbum que logró captar el tono de una época que él mismo ayudó a inventar.  //∆z