Rosario Bléfari: corazones en la marea (Primera Parte)

El 6 de julio de 2020 la inmensa líder de Suárez, actriz, artista total, emblema de la autogestión en la música y en el arte argentino, cantautora inconfundible, dejaba el plano terrenal tras la búsqueda del último secreto. Diversas plumas que la conocieron, admiraron y acompañaron la homenajean en este especial. Primera parte.

Escriben: Alejo Auslender, Paz Azkárate, Nat Berninzoni, Rafael Blanco, Pablo Díaz Marenghi, Claudio Kobelt, Gastón Massenzio, Julieta Pastorino, Adrián Paoletti, Gonzalo Penas, Tifa Rex, Alfredo Rosso y Mora Riel.

Fotos: Nat Berninzoni, Nadia Guzmán

Ilustración: Erica Villar

Producción periodística: Pablo Díaz Marenghi y Juan Martín Nacinovich

El periodismo se ha especializado en definir, encasillar, etiquetar. ¿Qué puede hacer, entonces, dicha disciplina, tan fascinada por el bello arte de rotular, ante un ser que sería imposible de reducir a una etiqueta hecha a las apuradas? La nochebuena de 1965 (sí, un 24 de diciembre) nacía, en Mar del Plata, Rosario Bléfari. Y el 6 de julio de 2020, debido a una enfermedad ladina, moría en la provincia de La Pampa a los 54 años. En el medio, dejó mucho: toneladas de canciones, horas de shows en vivo, actuaciones en películas y teatro, cuentos, poemas y anotaciones. Pero, sobre todo, su principal legado podría ilustrarse por medio de un triángulo con dos puntos de apoyo: por un lado, el amor, inmenso, que se manifestó en la catarata de saludos tan sentidos que desperdigaron sus seguidores en aquella triste mañana de lunes pandémico cuando comenzó a circular la noticia en redes sociales. Por el otro, en la cantidad de puentes que tendió a lo largo del circuito under. Rosario Bléfari no sólamente fue clave a la hora de encender la mecha de una escena independiente musical y cultural que tendría diversos puntos altos (los alternativos y sónicos noventas, el post cromañón de mediados de los dos mil). Ella era autogestión.

Foto: Nadia Guzmán

En ArteZeta la entrevistamos en varias oportunidades y hemos seguido su trayectoria en los diversos proyectos que llevó adelante. Por eso decidimos convocar a periodistas, escritoras/es, músicos/as, fotógrafos/as e ilustradores a que escribiesen algunas líneas generadas a partir de su vida, obra y recuerdo.  Por eso, también, la decisión de la semblanza colectiva. Tal como hemos hecho con otros artistas que nos marcaron como Federico Moura, Charly García o Nick Cave. El resultado es variopinto, como era de esperarse ante una artista de semejante calibre. Hay nostalgia, respeto, idolatría y evocación. Sus letras aún nos dejan mensajes cifrados que seguiremos interpretando hasta la eternidad. Como, por ejemplo, en “Contraseña”: “Así es como empieza esto, así es como termina. Nada que ver, nada que ver/ con lo que te imaginás. No lo sabés ni jamás te lo vas a preguntar”.


Alejo Auslender (músico, guitarrista de Deportivo Alemán, autor de El coso del rock, Gourmet Musical Ediciones, ex integrante de la banda de Rosario Bléfari)

No se me ocurre mejor forma de ilustrar los procedimientos de Rosario que la fecha en la Sala Argentina del CCK. Para mediados del 2015 y a pesar de haber formado Sué Mon Mont, Rosario no tenía una banda estable destinada a su repertorio solista: desde la disolución de la banda que había grabado Privilegio era común que se presente ella sola con su guitarra. Pero, también la habíamos visto acompañada por algún guitarrista ocasional —verbigracia, yo— o por bandas completas como Mi Pequeña Muerte. Decisiones que, por lo general, tenían que ver con el nivel de intimidad del lugar. Supongo que las dimensiones de la Sala Argentina la llevaron a tomar la increíble determinación de convocar a seis personas que no sólo nunca habían tocado juntas sino que, además, ni siquiera se conocían entre sí: Ignacio Herbojo en piano, Marcelo Moreyra en guitarra acústica, Federico Orio en percusión & magias, Nina en guitarra criolla, su amigo Jeremías en cajón (estos dos los únicos con algún grado de relación) y quien escribe en guitarra eléctrica. Los ensayos del septeto tenían lugar en la casa de Rosario, más precisamente en el comedor, cuyo espacio vital estaba tomado en un 82% entre el piano portátil de Herbojo y el arsenal de sonidos de Orio. A pesar del hacinamiento, el ambiente era festivo, como de fin de curso: había una confianza absolutamente impropia, descabellada; impensable de ocurrir entre los perfectos desconocidos que éramos. Todos veníamos de mundos distintos o, por lo menos, eso era lo que creíamos, configurados por años de representaciones erróneas sobre la naturaleza de la identidad. Rosario nos demostraba lo absurdo de esas representaciones con el simple hecho de juntarnos a tocar sus canciones y, cinco años después de esa fecha del 15 de agosto del 2015, sigo considerando a mis compañeros de esa banda (y de todas las que vinieron después) como mis amigos: garantía Rosario.

Rosario y su banda antes del show en el CCK. Foto: Nat Berninzoni

Paz Azkárate (periodista)

Muchos artistas son prolíficos y muchos otros son constantes en los resultados de lo que hacen, pero muy poquitos están en la intersección de los dos círculos. Rosario Bléfari cabía perfecto en ese óvalo. Que hacía mucho, constantemente, está fuera de la discusión. Si por algunos meses no sabías nada de ella, lo más probable era que no estuvieses lo suficientemente atento. Sobre la constancia tampoco hay mucho para debatir: nunca se la vio en un proyecto que no estuviera a la altura de su búsqueda, inquietudes y principios.

Esto de hacer mucho y de hacerlo a su manera (no habrá un texto que se escriba sobre ella que no incluya los términos “independiente” y “autogestión”) se hizo muy claro en julio de este año. Cuando hubo que explicarle a algún despistado por qué la muerte de Rosario se sentía más cercana que la de otros artistas a los que seguíamos no alcanzaba con hablar de su talento o de la forma en que influenció a varias generaciones de artistas. También había que decir que su ética de trabajo era inspiradora, y que su lucidez para pensar algunos temas que la atravesaban —como persona, como referente de la cultura, como mujer— casi siempre significaba un aporte que excedía lo estrictamente artístico. Un ejemplo muy chiquito y para nada chiquito: el día que Bléfari salió a tocar al escenario del Club Hípico embarazada.

El lunes que se conoció la noticia de su fallecimiento tuve el impulso de buscar esa otra voz de Rosario. Volví a los relatos que publicó en La Agenda en los últimos meses —en uno de ellos ya hablaba sobre la salud, el bienestar y el paso del tiempo—, releí algunas de sus entrevistas más interesantes —dio a este mismo medio una en la que se despachó con opiniones muy elaboradas sobre la autogestión— y la busqué en el archivo audiovisual, en notas de radio y TV. 

Una de las sorpresas más lindas de esa búsqueda fue un registro desconocido para mí, que ese lunes tenía poco más de 1500 reproducciones en YouTube y era el Ciclo inconcluso (2010), organizado por el Centro Cultural de España en Buenos Aires y moderado por el periodista Federico Lisica. La propuesta del ciclo —en esa edición estuvieron también Horacio González y Fito Páez— era la de ser un espacio para que referentes de la cultura hablaran de proyectos “que habían quedado en la gatera”. Rosario contó los suyos. 

El primero era una muestra de flyers de recitales que se imaginaba con detalles que iban mucho más allá de las posibilidades técnicas de ese entonces. “Para mí era una sala blanca con paredes ploteadas con estos flyers y 30 grabadores que estuvieran reproduciendo en loop una canción de cada banda”, dijo. También invitó a que, si alguien quería retomar su idea, lo hiciera. “Yo se las dejo, me encantaría ir a verla”.

El segundo llegó a concretarse pero no vio la luz. Era una especie de parodia de magazine vespertino que se llamaba Fresco, que llegó a grabar con su amiga Alejandra Seeber, y en el que invitaban a artistas plásticos más o menos renegados con la crítica y los medios de comunicación. Seeber conducía, mientras que su pareja y Rosario interpretaban a los artistas. Lo filmaron con una cámara colgada de una percha, que además tenía un bolso para hacer contrapeso y lograr la imagen de una steadicam. “Nos producía una tremenda contradicción que estábamos del lado de los artistas, pero nos burlábamos de ellos, aunque nos sentíamos identificados. En el fondo nos reíamos de nosotros mismos”, dijo. Esos videos no se mostraron, pero después se transformaron en un programa de radio de ciencia, que finalmente fueron obras de teatro de divulgación científica. 

Quizás después de invitarlos a escuchar Suárez, mostrarles este video a quienes aún no la conozcan funcione bien como introducción. ¿Quién era Rosario? Esta persona enfocada en las ideas —y en que no sean, como cantó en “Vidrieras”, vueltos perdidos: que se hagan bajo su nombre o el de otros—, con la dedicación y el espíritu lúdico necesarios para entregarle energía a la experimentación. “Ese es uno de mis consuelos”, dijo al final de su intervención. “No es que ‘ehhh, al final se nos ocurren un montón de cosas y no hacemos nada’. No. Las ideas quedan en algún lugar. Uno como que tiene que hacerse la tonta, como que no sabe. Esas horas invertidas con una percha sirvieron para algo porque la experiencia es intransferible. Nunca es lo mismo que alguien te lo cuente a un ensayo y error”.

Nat Berninzoni (fotógrafa, comunicóloga, prensa, productora, gestora cultural)

“Quiero que seas mi ídolo, te quiero adorar”

Una vez, Rosario necesitaba una púa. Le presté una que me había regalado el Chango y llevaba conmigo en esa época en la billetera. Transpirando, le dije “por favor no la pierdas, me la dio Santiago” pero resulta que la perdió: parece que la había agarrado Nina y después no se supo más. Si bien no le dije nada, fue una situación entre tensa y graciosa: Rosario se deshacía en disculpas y yo que no sabía que decirle, claramente soy medio fana de este tipo de objetos con valor sentimental. Como buenas capricornianas, hubo mucho drama, culpa y disculpas con respecto al episodio.

Speed King (2005). Foto: Nat Berninzoni (Cámara pocket)

“Yo creía que todo estaba inventado de algún modo” 

En otro chat, de febrero de este año, se me puso a hablar de trap, de la muerte del álbum y me sugirió “que escuche a Duki, Catriel y Paquito Amoroso”. Nunca lo hice. Me cuesta un montón expandir mis gustos musicales. Rosario, en cambio, estaba en la pomada: en un momento descubrió como hacer stickers y no paraba. Incluso de ella misma ridiculizándose con pelucas o caras locas. Siempre quería hacernos reír, tenía esa urgencia de conocer y probar la novedad.

“Sol o sombra elija cualquiera”

Cómo olvidar esa mañana (en la era pre celular con internet) que me manda un SMS. Me cuenta que van a salir a pasear en familia con Ruben Albarrán y María Fernanda A., que si me quiero sumar (sabiendo de mi fanatismo). Me estaba yendo unos días de viaje y no pude ir. Me mandó por mail las fotos, se los veía a todos muy felices en el zoo.

“¡Ay! Pero a quién le hablo en realidad”

Esta me la contó hace poco Romi Zanellato, yo no me acordaba: estaba laburando como coordinadora general del día del show de la vuelta de Suárez en el Konex. Una de mis tareas era el tema de los invitados. Rosario me quiso llamar (estaba con Romi) para avisarme que agregue a fulano y llamó por error a Natalia Oreiro, quien la atendió. Ambas se rieron mucho del episodio.

Casa Brandon (2008). Foto: Nat Berninzoni (Cámara pocket)

Rafael Blanco (Docente de la Facultad de Sociales de la UBA, Investigador, CONICET)

Los temas suenan poderosos y despojados, muy bien, en el auditorio. Pero no está lleno”, escribe Bléfari en 2009 en Diario del dinero (Mansalva, 2020). “Es verdad que es un día muy feo por la lluvia, igual no puedo evitar pensar que muchos no me deben querer en Rosario”. Conflicto con el nombre propio, escritura en voz alta, casi hablada, podría ser un parlamento de Silvia Prieto: “Una falta de interés que se debe a vaya saber qué. Tal vez sea por mi nombre que puede provocar celos, Rosario es su ciudad y aparezco yo por ahí con el mismo nombre”. En el libro asoman en un plano general otras ciudades: Mar del Plata, Bariloche, Santa Rosa, Montevideo, aunque el espacio privilegiado de la crónica cotidiana es Buenos Aires. Y en plano detalle: el almagrísimo bar La Orquídea, de Acuña de Figueroa y Corrientes, en el que la artista recuerda desde una ventana el extinto Mercado de las Flores un día antes que abra en su lugar La Iglesia Universal del Reino de Dios.

A pocas cuadras en 2006, Plaza Almagro de Perón y Bulnes, desde donde observa una estación de servicio cerrada, y que hoy aloja un edificio genérico color gris con barandas de caño blanco. En la vereda de enfrente la mítica tanguería de Roberto, que tras la muerte de su dueño y unos años de deriva reabrió en 2018. Más allá, en Callao y Corrientes el bar de billares La Academia “en el que la gente fuma y fuma”, se queja en 1999. El registro porteño incluye, también, algunos de los escenarios imprescindibles para un puñado de bandas, solistas y artistas que la tuvieron a ella de protagonista cuando comenzaba este siglo: Belleza y Felicidad, a dos cuadras de La Orquídea, reducto en el que tocó las primeras versiones del íntimo disco Estaciones (2004); el Festival Buen Día, que se celebraba en la ahora enrejada Plaza Armenia; “el Rojas”, hoy museo de sí mismo, vestigio del centro experimental que alguna vez fue. Cartografía de espacios, fechas y recuerdos, el libro trama una relación irreversible entre ella y la ciudad: en el Universo Rosario se despliega una Buenos Aires que ya no existe, en Buenos Aires habita para siempre Rosario.

Pablo Díaz Marenghi (Periodista, docente)

La reina de la canción*

La escena del rock independiente posee múltiples vasos comunicantes. Un nombre que atraviesa el pasado y el presente con elegancia, que jamás dejó de formar parte del circuito under, que reflejó coherencia y se convirtió, al mismo tiempo, en referente y protagonista es el de Rosario Bléfari. Es una especie de madrina de la nueva escena. Admirada e idolatrada, sus letras con un elevado contenido poético reflejaron las vivencias de varias generaciones. Su modo de contar el amor, el deseo, la tristeza, el desengaño o la locura la transformaron en un nombre que comparte el podio de los grandes compositores de los últimos años. También actriz y escritora, su vida estuvo puesta en función del arte y, sobre todo, de la canción.

Los noventa fueron las épocas del Nuevo Rock, sonidos de protesta en la evolución del punk, el grunge, el lanzamiento de Dynamo (1992) de Soda Stereo y el comienzo de la movida sónica en el under porteño. Por aquellos carriles y recovecos, de manera lateral, aparecía una banda extraña cuyo nombre era un apellido: Suárez. Allí Bléfari daba sus primeros pasos como cantante. Grabaron cuatro álbumes de estudio. Su frescura cautivó y su peculiar tono de voz llamó la atención de la crítica más atenta al under.

Rosario fue y será por siempre la embajadora de un estilo. Nacida en Mar del Plata, su voz, muy peculiar y casi aniñada, es única. Al escuchar la primera nota de una de sus canciones uno la reconoce. Su carácter de poeta también la enaltece por sobre el resto de los compositores habituales, que muchas veces rellenan estribillos con palabras al azar. Rosario le brinda un tratamiento a las letras y eso se nota. Su nombre se identifica con la auto gestión y con la independencia en el rock.

Ya sea escribiendo poesía, componiendo canciones o actuando, Rosario Bléfari nunca se detendrá. Continúa más vigente que nunca y continuará siendo, por mucho tiempo más, la reina de la canción.

*Una versión más extensa de este texto se publicó en Códex, música contemporánea (2016), Maten al Mensajero Ediciones. 

Ilustración: Érica Villar (incluida en Códex, Música Contemporánea, Maten al Mensajero Ediciones, de Pablo Díaz Marenghi)

Claudio Kobelt (Periodista, gestor cultural)

Era un rayo con sonrisa, una espiga de luz, una mujer siendo poesía, una diosa salvaje conectada con una energía superior que no dudaba en compartir. De los múltiples aspectos artísticos de la obra gigante de Rosario Bléfari, este pequeño texto intenta poner el foco en su faceta musical, más precisamente en sus presentaciones en vivo como cantante. Y decir que su performance en los shows donde participaba se limitaba a entonar algunas melodías es quedarse corto. Parecía poseída, dominada por el espíritu de la canción, pero era más que eso: ella era la canción. Como si esas líricas fueran la única verdad y el único mundo posible en ese instante, en ese lugar.  Sobre el escenario Bléfari era tanto una poeta declamando su pasión como una actriz calificada manifestando un rol, una enérgica líder rockera y una cantautora sensible abriendo su corazón. Interpretaba —con todo el sentido de la palabra— en sintonía sincera con ese texto, con ese ritmo, y de una forma tan mágica como real. 

Se expresaba con todo el cuerpo, con su forma de pararse, de sonreír con picardía, de cantar con los ojos cerrados, mirando al infinito o a los ojos de sus fans, como envuelta en esa energía de la creación y el sentir. Parecía tener un pie en el sonido y otro en lo cantado, con la seguridad de que la obra la sostenía, la propulsaba, la atravesaba, la recorría. La hemos visto pararse en el centro de esa tormenta de ruido dulce que era Suárez, y destacar. Corriendo por escenarios estando visiblemente embarazada y desatando un pogo total. Pararse frente a una banda, sentarse con su guitarra criolla, iluminar. Siempre iluminar. Porque era un dinamo, una generadora constante, alguien que transformaba el arte en energía. Era un rayo con sonrisa, una creadora incandescente. Quienes hemos tenido la suerte de compartir época y verla cantar lo sabemos, lo sentimos: esa luz es eterna y, para quienes nos vimos irradiados por ella, no se va a apagar jamás.

Foto: Nat Berninzoni

Gastón Massenzio (Músico)

Pinta tu aldea

Portada del disco Pintura de Guerra de Los Mundos Posibles (Rosario y Julián Perla) a cargo de Marina Fages

Veintidós minutos con treinta y cuatro segundos puede durar un viaje en subte recorriendo varias estaciones y es, precisamente, lo que dura el disco que acompañó casi como un ritual mis viajes durante un transcurso de 2018.

Mis pensamientos cotidianos viajaron todo ese tiempo entremezclados con este bello disco, Pintura de Guerra (2018) que me hablaba con voz doble sobre el amor, el hogar, la naturaleza y quizás la vida en pareja. La cotidianeidad me identifica y, también un dejo persistente de nostalgia. Pero, a su vez, me habla del futuro. De un futuro posible en un mundo posible.

Entro en una estación escuchándolos y algo me habla de un campo, de un bosque y, al instante, me trae de nuevo a la vida en la ciudad, a lo inmediato, para finalmente llevarme a observar algún paisaje que se recrea en mi mente con algo de paz y desolación. 

Sí, los instantes de felicidad son pocos, mal que nos pese. Siempre nos quedarán sueños por cumplir y no sé a vos, pero a mí, me matan los recuerdos.  

Ellos me cantan con delicadeza al unísono y, en un momento, me olvido de que son otres y creo que soy yo quién las canta y las piensa. Me siento parte de la misma historia.

La instrumentación es un revestimiento indivisible del paisaje y de la calidez abrasadora y dulce que tiene Pintura de Guerra y que hoy la siento resignificada por esta realidad, por tantas ausencias, algunas sólo físicas.

Me pregunto: ¿Qué voces nos interpelan y por qué?. Hay algunas músicas que por razones que no terminamos de comprender calan hondo en nuestros espíritus, se cuelan en nuestras fibras más íntimas, nos hablan, nos responden y sentimos que somos parte de una misma película, o de una misma proyección hacia el mañana.

Recuerdo todas las estaciones de subte en las que escuché estas siete hermosas canciones. La caminata por la calle que cruza la avenida, la guerra del Japón, los autos en el semáforo y, también, las ganas de planificar un viaje e irme a la ciudad más austral del planeta. 

Pinta tu aldea y pintarás el mundo, dijo León Tolstoi y Rosario pintó, también, las aldeas de quienes vibramos en una misma frecuencia. Nos reveló nuestras propias historias. Las que viajan en un mismo tren y cerca, o a la distancia, lo seguirán haciendo. 

Julieta Pastorino (Periodista)

A mis trece años decía que era de izquierda y escuchaba Actitud María Marta, Manu Chao. Sólo música panfletaria que se pareciera a mí. Esa coherencia me convertía en una militante que cantaba revolución así, sin más vueltas. Eso era lo que necesitaba mostrar.

Hasta que, una tarde, el azar de YouTube sacudió mis bases. Vi a una mujer petisa, en una terraza, con camperita de jean y los pelos al viento. Tocaba un metalofón de juguete y cantaba con voz infantil, desprolija. Nada más lejano al glamour, pero sobre todo: nada más lejano a la pose, incluso a la de un Manu Chao zaparrastroso, latino y del pueblo. 

Quizás fue por la línea de ese metalofón, que mi oído captó de inmediato como simpleza pura, insólita. O quizás por el estribillo despechado que decía, entre dulzura y ataque: “me encantaría saber/ cuánto te importa/ si te importa”. No importa por qué fue: a pesar de no tener mi revolución en bandeja, dejé correr el video. 

El desafine, lo simple, el juego. Esa tarde empecé a entender esto: la sutileza podía incomodar. Ese camino parecía arduo en comparación al ruido fácil, a elegir —y siguen siendo elecciones, o tradición estética— cantar como Actitud María Marta en Resurrección: “hay un pueblo que te grita/ vas a tener que escuchar”. 

Dejé la comodidad de cantarles a esos monstruos -siguen pareciéndome monstruos- que, por cierto, en su vida iban a incomodarse con los panfletos de siempre. Con Rosario aprendí, en cambio, a ser incomodada yo. ¿Qué es eso, sino aprender a escuchar?

Trece años, 2014. Lo que me faltaba para llegar a Suárez, a Horrible (1994)  y Hora de no ver (1995). Para esperar ansiosa esos solos noise. Para desearlos. 

Media década, la secundaria entera. Ese tiempo que faltaba pasó y acá estamos. No creo que sea mejor ni peor decirse dueño de cierto gusto adquirido: hay géneros que no me interesa adquirir a mí y a otros sí. Como sea, el gusto por lo ruidoso, minimalista y desprolijo fue la mayor inversión que hice en mi —hasta ahora corta— vida melómana. La mejor parte: ese sonido, aunque de otra manera, me sigue incomodando. 

Foto: Nat Berninzoni

Pero la apuesta a lo disonante sólo dio frutos porque Rosario me abrió su puerta. Nunca la cerró con letras ni sonidos imposibles —lo imposible, en lugar de incomodar, aburre. Cuando los críticos hablan de una buena puerta de entrada a un género, ¿se referirán a eso? Espero que no. La música de Rosario Bléfari no es una iniciación a otra cosa: ¿qué sería lo que sigue? ¿Poesía hermética, discos pretenciosos? A veces pareciera como si antes y después de Rosario no hubiera nada. Su música es una isla y, en las islas de verdad, nadie te ve. ¿Con quién competir, presumir tu aislamiento? 

Eso sí: aunque Bléfari fuera una isla, me llevó de viaje. No fue un trayecto lineal hacia la sofisticación, sino un deambular por el laberinto caótico del gusto, regido por la radio y el boca en boca, antes, y ahora también por algoritmos. Qué más da. Lo que importa es que esa mujer austera, desprolija —“hay un eco emocional donde caben las desafinaciones, eso siempre me interesó y es intencional”— lo que importa es que esa mujer, —“siempre tuve la sensación de que nuestros temas le podían gustar a todo el mundo”— apareció en mi pantalla ese día. Como una revolución, llegó para quedarse.

Adrián Cayetano Paoletti (Músico)*

Sin querer queriendo, Rosario fue impulsora de mis comienzos como solista.

La primero que escuche de Suárez fue un demo. Estaba grabado en una portaestudios de 4 canales y Gonzalo  (Córdoba) no tocaba aún. “La chica que canta es muy linda”, también me dijeron. La música adquiere a veces la forma de una mujer hermosa. Después, los conocí personalmente en una fecha en Die Schule (el Cemento chiquito de Chabán): Suarez, Tía Newton y Copiloto Pilato. Los Suarez tocaron todos con mamelucos “Ombú” azules. Me gustaron, tenían algo teatral en escena.

Show en el Auditorio de Promusica de la calle Florida. Foto: archivo personal Adrián Paoletti

Un tiempo después —enero del 94, ya disuelto Copiloto Pilato y con mi Acústica Epiphone negra recién adquirida en Santiago— en viaje de regreso de Chile a bordo de mi Falcon 73 junto a mi amigo cocinero Lucas Marota, decidimos pasar por Mar del Sur y hospedarnos en la Hostería de Petete. Al salir en la mañana, veo a dos personas sentadas en un banco en la vereda. Reconozco a Rosario y a Fabio (Suárez). Nos saludamos alegres por la sorpresa del encuentro. El mismo día, en la casa en donde se hospedaban —estaba Marcelo Zanelli también— transcurrimos la tarde bebiendo cerveza y tocando la guitarra. Había dos acústicas negras. Ya en casa, tipo marzo, me llama Rosario para invitarme a compartir una fecha con ellos en La Luna de Cabrera y Medrano. “¿Por qué no venís con la acústica a interpretas las canciones que nos mostraste en Mar del Sur?”, me dijo. Ese show en La Luna fue mi debut como solista. En el camarín ensayamos “Todo de a dos” una canción de Copilo Pilato. Finalizado mi breve set de 5 canciones, subieron los Suarez y la interpretamos juntos. Todo muy espontáneo. Eso recuerdo: un ambiente de cordialidad y camaradería. Mucha alegría y diversión. Y así la recuerdo a Rosario: siempre con una sonrisa a flor de labios, entusiasta y buena onda. 

Después hicimos dos teatros Santa María junto a Victoria Mil. Rosario me llamó para decirme que había alquilado el teatro, me dijo que había hablado con una “monja muy chiquita”. Suarez presentaba Hora de no ver (1994). Había una escenografía hecha con camisas, recreando la tapa de ese disco. Disfrutábamos mucho de reunirnos. Hicimos otro show en el auditorio PROMÚSICA de la calle Florida. Creo que Suarez presentaba Horrible (1995); yo En la ruta del árbol, en busca de la canción perfecta, así que estábamos en 1998. Rosario tapaba el logo de los equipos de guitarra pegando con cinta adhesiva la palabra Suarez recortada de los afiches de ese día. Rosario y María Fernanda (Aldana) subieron a cantar conmigo “Una calle con tu nombre” que habían grabado para el disco. Les había propuesto que canten juntas en un tema del disco; “queremos cantar en la canción de la princesita”, me dijeron; “¿La canción de la princesita?”, pregunté. “Sí, la que vive en la torre”, respondieron casi al unísono. Hicieron un dúo increíble. Me emocioné mucho al escucharlo en el estudio. Rosario también grabó un arreglo vocal al final de “Aprender es robar”. Conservo fotos de la grabación del disco y de ese show. 

Rosario y Fabio insistieron con hacer la edición de Paciencia (1995) en CD; yo ya lo había editado en cassette. Suarez había editado Hora de no ver en CD y Rosario, junto a Fabio, me convencieron de hacer lo mismo.

En el medio de todo esto, o en forma paralela, recuerdo encontrarnos varias veces en la casa que compartían Rosario y Fabio en la calle México al dos mil y pico. Una vez, para asistir a una función de Rapado, de Martín Rejtman; otra para ir a un teatro en San Telmo a ver una obra que había escrito o dirigido Alan Pauls. También recuerdo  pasar por el bar de la Fundación Banco Patricios en donde Rosario y Fabio trabajaban.

*Una versión de estas líneas se publicó en La Agenda

Gonzalo Penas (Docente, periodista, Lic. y prof. en Cs. de la Comunicación, UBA)

El último 6 de julio, mientras nos enterábamos por redes sociales la triste noticia, lo primero que hice fue —como por acto reflejo— agarrar el celular y ya tenía varios mensajes con recuerdos. Se generó un homenaje virtual que fue una especie de velorio multitudinario digital en el que, ante la imposibilidad de juntarse y abrazarse, se prendió la luz de un encuentro colectivo. Creo que eso reflejó un poco lo que significó Rosario para muchas personas. Hubo algunos que criticaron, siempre con la sabiduría de un genio de bar (y que posiblemente no conocían a Rosario) dichos mensajes, tweets y recuerdos. Pero es, precisamente, en esos momentos que se iban acumulando donde se encuentra la particularidad de Rosario. Cientos de mensajes hablando amorosamente de una artista que sea por su música, sus poesías, sus actuaciones, sus conversaciones o sus columnas marcó a una generación entera.

Me da la sensación de que es la primera vez que nos toca despedir a alguien de nuestro grupo (no a una artista inalcanzable a quien uno solo vio en escenarios o escuchó en discos) sino a una artista que no sólo atravesó generacionalmente a su público sino que, también, lo incorporó, siempre con una charla cálida y brindándole un tiempo que pocas personas en el ambiente se atrevieron a brindar. 

Foto: Nat Berninzoni

Llegué sobre el final de Suárez a la música de Rosario pero ya desde sus primeros shows solista supe que iba a seguirla como cantautora durante toda su carrera. Tal fue así que convencí a mi grupo de amigos para que vayamos temprano al Quilmes Rock 2004 para verla casi abrir el festival a pleno sol de una tarde de primavera que se tornaba monótona hasta que salió ella, en malla, para moverse de un lado al otro del escenario como solía hacer en sus shows. La empecé a seguir porque me parecía de las artistas más honestas en cuanto a lo que proponía y por como se mostraba. Empecé a leerla, a mirar Silvia Prieto hasta saber los diálogos de memoria, a entrevistarla para fanzines, medios digitales, programas donde participaba (fue la primera invitada a Hoy es el Futuro porque le dijimos que quería que sea la madrina del proyecto, justo ella, que tanto había hecho por la música independiente) y siempre la notaba con una sonrisa. Tenía palabras amables, suaves, tranquilas, como quien sabe que la clave para nunca dejar de hacer es tener la paciencia que tenía para declarar y, más aún, para charlar cuando la cruzabas antes o después de un show.

Siempre un proyecto nuevo, siempre una idea que se le ocurría, siempre haciendo. Así fue como nos sorprendió, partiéndonos la cabeza, con aquel recordado show debut de Sué Mon Mont en un Matienzo húmedo, que olía a pintura y casa nueva. Todos terminamos cantando las canciones que estábamos conociendo in situ —algo que nunca me pasó en la vida— y, rápidamente, todos fuimos fans. Otra vez. Algo que se repitió hacia el final de la carrera con Los Mundos Posibles y con su hermosa última producción solista (Sector Apagado, 2019). 

Uno de esos mensajes que fueron publicados en Twitter el día de su muerte relataba que Rosario mencionaba que estaba yendo rumbo al último de los secretos. Hacia allí fue. A nosotros, de este lado, nos quedan todas sus letras y melodías. Y su amor, el único que vale, el que se da en vida. El que la eterniza en el viento. Para siempre.

Tifa Rex (Baterista de Los Reyes del Falsete y Sué Mon Mont)

En el 2013 hubo un día que fue un antes y un después en mi vida. Yo la conocía porque habíamos tocado con ella en el Tío Bizarro, en Burzaco. La habíamos invitado a tocar con Los Reyes. Recibí un mensaje diciendo: “Che, ¿Querés tocar en una nueva banda? Va a ser una especie de obra de teatro, vamos a tocar dos o tres veces, ¿Te gustaría juntarte conmigo en un bar y lo charlamos?”. Lo primero que sentí, realmente, fue que era una mentira, que era una cuenta falsa haciéndome una broma. Hasta que no me encontré con ella en el bar creía que todo podía ser una broma de mal gusto. Fue muy loco que Rosario me escribiera, teniendo en cuenta lo que significaba para mí. Fue una experiencia bastante sobrenatural.

Lo primero que escuché fue Estaciones (2004), en mi último año de colegio. La conocí así y me enamoré. Hasta el día de hoy lo sigo escuchando. Sigue siendo nuevo, fresco y perfecto de principio a fin. A partir de ahí empecé a investigar su pasado. Siento que a Estaciones lo escucho hoy y me causa lo mismo que me causó la primera vez.

La dinámica de Sué Mon Mont siempre fue relativamente caótica, en el sentido de que todos sabíamos que teníamos otras bandas. Y eso, de alguna manera, marcaba nuestro calendario. Rosario siempre era muy respetuosa con las fechas de nuestras otras bandas. Los proyectos principales de cada uno eran prioridad. Entonces, Sué Mon Mont siempre fue relegado a un proyecto secundario. Pero en ningún momento se planteó parar o un impasse. Siempre mantuvimos la misma constancia de tocar dos o tres veces al año, como mínimo. También ella volvió a armar su banda solista otra vez, que en ese momento no estaba saliendo a tocar como Rosario Bléfari, así que ahí también se sumaba otra banda más, Los Mundos Posibles, un sinfín de cosas que no paraba de hacer, más obras de teatro. En algún punto, siempre tuvo un papel secundario para todos Sué Mon Mont. Ella había propuesto la banda así,  de esa manera, no se forzaba nada.

La parte más mágica e increíble fueron los primeros ensayos. Previo a juntarnos ya había pasado algo muy loco: ella había abierto de alguna manera su cofre de canciones inéditas. Y nos dio a elegir entre una variedad de 25 canciones. Nos pusimos a escuchar ese mundo súper íntimo grabado por ella en su casa. Fue un flash impresionante. De ahí hicimos una votación y elegimos las 14 canciones que salieron en el disco. Ella era como una adolescente con una energía increíble. Como sabía que veníamos de lejos, en invierno caía a los ensayos con un termo con té que preparaba. Nos cuidaba y nos mimaba. Era loco entender eso. Que Rosario Bléfari, una persona que uno admiraba y quería tanto, de pronto estaba ahí tratándote de igual a igual. Era una mezcla perfecta entre una madre muy sabia y una adolescente con una energía que era una topadora.

Sué Mon Mont: Tifa Rex (Los Retes del Falsete) en batería, Marcos Díaz (Bosques) en bajo, Gustavo “Niño Elefante” Monsalvo (El Mató a un policía motorizado) en guitarra y Rosario Bléfari en voz.

Alfredo Rosso (periodista)

Conocí la música de Rosario en la época de Suárez y recuerdo haber programado a la banda varias veces en La Casa del Rock Naciente.  “Desmaya”, “En la bicicleta” “Mil especies”, “La copa”, “Anguila”, fueron todos temas que sonaron en mi programa.

Rosario siempre me sorprendía por la multiplicidad de su talento: cantante, compositora, poeta, actriz.  Me quedó como “deuda” el haberla entrevistado alguna vez más y en forma más profunda, como para abarcar más temas que tuvieran que ver con todo su quehacer artístico y existencial.  Siempre le tuve un inmenso respeto y admiración. Toda vez que editaba un libro de poemas, corría contento a comprarlo.

Estaciones (2004) está en mi lista de Discografía Básica. No solo del rock argentino, sino de toda la música, independientemente de estilos y geografías.  Además del tema/título, uno que siempre vuelvo a pasar es “Bosque petrificado”, pero podría elegir varios…

Foto: Nadia Guzmán

Esto puede sonar a teoría loca, pero me da la impresión que desde los ’90 en adelante –con pocas excepciones— no se le ha concedido a los nuevos creadores y creadoras de nuestra música de rock y derivados la misma atención y la profundidad de investigación que sí se le ha dado a los pioneros de nuestro rock.  Me duele leer en sitios de Internet a gente que siempre dice lo mismo: “músicos eran los de los ’60 y ’70… ahora no pasa nada”. Leer cosas así es desmoralizante, porque a mí me parece que es inexacto y solo revela el poco afán de investigación y curiosidad que demuestran quienes acuñan esas frases. No tengo ninguna duda que Rosario Bléfari está a la altura de cualquiera de nuestros grandes creadores/as. Es más, ha tenido para mí mucho que ver en lograr una ecuanimidad de género mucho mayor en el rock argentino.  Pienso en nombres como Paula Maffía, Lucy Patané, Marina Fages, Cam Beszkin, María Pien y siguen firmas hasta el infinito. Creo que ha sido inspiradora para toda una generación de creadoras de nuestra música actual: cantantes, compositoras, instrumentistas que hacen que tengamos hoy una escena muy saludable. Su visión artística está más allá, ha influenciado y afectado por igual a buena parte de la nueva generación de músicos.

Se me viene una anécdota a la memoria. Una vez me enteré que Rosario iba a tocar con su banda en el patio del Centro Cultural Recoleta. Esa tarde, estaba en el BAFICI, a una cuadra, en los cines de Recoleta, viendo una película y pensando cómo hacer para que coincidieran los tiempos para poder ir a ver su recital. Sabía que no debía perdérmelo por nada del mundo. Y cuando terminó la película salí corriendo del cine, ansioso como cuando era adolescente y tocaba, no sé, Invisible, por ejemplo. La cosa es que llegué al patio de Recoleta donde Rosario tocaba y estaba al mango de gente. Pero, de alguna manera, logré subirme a una especie de reborde de un cantero para poder verla mejor. Recuerdo que, además de sacar fotos, filmé uno o dos temas, cosa que casi nunca hago —lo de filmar, me refiero, porque sé que rara vez lo voy a volver a ver y nunca sale muy bien el audio— sin embargo, me parecía imperioso registrar ese momento. Tal era la magia que transmitía Rosario sobre un escenario.

Mora Riel (voz y guitarra en Riel)

Conocí a Rosario a través de Suárez. Escuché por primera vez la banda cuando recién empezaba el secundario y me encantó. Siempre fui fan de su disco Galope (1996). Cuando estaba terminando el colegio, lo llevaba en mis auriculares a todos lados. Me acuerdo de ir en bici escuchando “Camión Regador”, “Explosión Madonna” o “Asesina” a todo volumen; una sensación parecida a la felicidad.

Un par de años después empecé a tocar con mi dúo, Riel, y obviamente Suárez siempre fue una gran influencia para nosotrxs. Tal vez la mayor influencia a nivel nacional. A principios de 2017 tuvimos el honor de tocar por primera vez con ella y su banda en el Club Cultural Matienzo, en el marco del Festipulenta.

Aunque ya nos habíamos conocido antes, esa fue la primera vez que Rosario nos vio tocar. Al día siguiente nos mandó un mensaje que decía “Me encanta Riel chicos, un saludo”. Todavía guardo la captura de pantalla. 

Ese verano también compartimos escenario en Rock al Río —hermoso festival en Gral. Roca, Río Negro—justo antes de irnos de gira a México y EEUU. Siempre que nos veíamos hablábamos de armar más cosas juntas. Ella siempre sonriendo, yo siempre enamorada de su música y de su energía positiva. Tiempo después, salió una fecha para el recuerdo en Niceto en la que también tocó Atrás Hay Truenos. Compartir escenario y camarín con ella siempre era una experiencia súper linda de aprendizaje y admiración pero, también, súper relajada y divertida. Como compartir con un par, de igual a igual.

Rosario y, más puntualmente, Suárez, fueron una influencia muy importante para Riel no solo en lo musical,  en esa fusión de melodías dulces del indie con todo el ruido del noise rock, sino también en la forma de manejarse: de encarar un disco desde el arte de tapa hasta la difusión, el salir de gira, el llevar la música y el show en vivo a todos lados para que el público pueda sentir realmente lo que la banda quiere transmitir.

Rosario trasciende la música; es un ejemplo de autogestión y es por eso que nos abrió el camino a muchxs para poder hacer lo que tanto nos gusta. //∆z

Foto: Nadia Guzmán