Robert Plant: al otro lado de la distorsión

La voz de Led Zeppelin insiste en interpretar la oscuridad que lo persigue como una precisa combinación tecnológica de tiempos diversos. El futuro es un paraíso de sonrisas, amor y pequeños riffs de banjo.

Por Sergio Massarotto

Se sabe que Robert Plant hace tiempo dejó las distorsiones y la pirotecnia de lado para recostarse en la oscuridad introspectiva y el misterio; una zona lateral ya manifiesta en los setentas. Claro, si uno cae ansioso a hablarle de rocanrol es muy posible que Roberto nos palmee la espalda, sonría y siga camino dejando una estela brillante de experiencia. Por eso no sorprende que Lullaby and… the ceaseless roar (2014) esquive el mote “rocker” y sí sea un álbum amable, de melodías dulces y calmas, fundidas en bases que mezclan lo primitivo folk con máquinas calibradas para generar expectativa y sugerencia. Interesa resaltar que lo del ex Zeppelin no es nuevo sino  compartido por varios ingleses clásicos. Hay una frontera pre punk donde aparecen los rasgos típicos del músico británico caballeresco contra el que se levantaron –a medias- los Pistols y otros.  Me animo a decir que en el sustrato de tanta música reverbera una dualidad construida a lo largo de la historia, cara a la tradición de su país, que alcanzó el punto de perfección en el Imperio. El hombre se escinde en una apariencia relativamente calma hacia afuera, cortés, mientras que al interior queda un interrogante primal, un cosmos infinito donde puede pasar cualquier cosa. Han hecho su aporte para llegar ahí, también, el pensamiento empirista británico que en su misión por trazarle límites a la experiencia fue cosechando a sus espaldas todo un terreno metafísico, un fantasma que los persigue sin detenerse.

Pero en realidad la situación les encanta e inventaron varios caminos para jugar en ese patio. Buena literatura fantástica y también mucho Gran Rock nacieron de saber manejarse ahí, en la tensión de los dos planos. Mucho fumadero de opio y experimentación lisérgica también, a la hora de concentrarse más en la visiónde ese infinito interior que para quedarse en la superficie. Hubo mil bandas empezando desde The Beatles, pasando por Floyd, Yes y Led Zeppelin, pero lo que interesa de esa dialéctica acá es como aparece en el disco de Plant. Y lo específico de Lullaby… es la concentración en la interioridad, donde también están hace un tiempo Sting, Peter Grabiel, Ian Anderson y, más acá, Thom Yorke, el heredero.

En esa entrega final por el lado oscuro hay matices. Los más viejos parecen encontrar en tal pozo una visión de futuro a través de maridar máquinas con instrumentos ancient y recursos folk, un proyecto que es reescritura del tiempo hacia atrás y adelante. Los nuevos apuestan de lleno a la maquinaria y a lo atonal, apuntando hacia adelante, al proyecto. El resultado sin embargo lo comparten ambas generaciones; el antiguo tópico del viaje interior sugiriendo la imagen del futuro como una aldea de tecnología pacifista. El desguace de la superficie a través de la imposición del plano de la darkness y el secreto, la cancelación final de la tensión dual. En definitiva, la idea de la redención al estilo inglés, que como tal, mantiene una paradoja mágica, milagrosa, por la que toda oscuridad al dejar la promesa y pasar al acto se convierte en luz, claridad y paz. Ahí, en ese punto está Llullaby… y en esa aldea Plant nos guía, vestido en túnica, por pasajes de vidrio de cuyas paredes parlantes invisibles repiten la palabra love. Yorke, por otro lado, más o menos nervioso, más o menos fóbico, ansia llegar a este lugar por la otra ruta.

No resulta complicado ver en el disco tal mapa. La música habla, y las letras lo hacen con mayor especificación sugiriendo imágenes serenas y mesiánicas en las claves –nunca mal pagas- del amor y la espiritualidad. En “A stolen kiss”el ex Zeppelin canta “I am drawn to the western shore /Where the light moves bright upon the tide/To the lullaby and the ceaseless roar/And the songs that never die”.  “Somebody there”muestra a Roberto buscando, explícito, irse hacia ese lugar ensoñado, pre simbólico, donde el lenguaje no puede entrar: “I set about the wisdom to know/And living out of language/Before one word I spoke/ I heard the call/ There is somebody there, I know”.

La puerta secreta se abre cuando son tocadas con precisión las notas exactas de un banjo, los algoritmos de un sistema y se coloca la voz en el registro de lo calmo para desplegar una melodía simple, minimalista. El oyente va a encontrar un disco agradable a la oreja, quizás lo mejor que pueda sacar Plant en estos días.//z

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