Una remera que diga

por Aixa Rava

¿Una remera rockera? La lingüista —¿frustrada? ¿relegada?, devenida profe de gramática— que llevo dentro se dispone a buscar el origen de la palabra “rocker” y encuentra un amplio campo semántico que relaciona términos como aficionado, seguidor del rock and roll, rebelde, subcultura, tribu urbana y los nombres inolvidables de Elvis Presley, Gene Vincent… Marlon Brando y James Dean, entre otros. La lingüista rescata de todo eso que conoce más en teoría que en práctica, el amor quinceañero por El Rey, un amor idólatra —en algunos casos más erotizado y pasional— que sentía también por los chicos de Green Day, Guns & Roses, Nirvana, Red Hot Chili Peppers, Blind Melon, Divididos, Los Redondos, Soda Stereo y, por supuesto —porque había formado sus oídos (y sus ojos) bajo la tutela de MTV—, por los carilindos de Take That, Backstreet Boys, N’Sync y Britney Spears —glorioso amor libre, polimórfico y ambiguo el de la adolescencia, sobre todo en su expresión melómana—.

La lingüista también escuchaba los discos 2, 3, 31 y 36 de la colección Clásicos de los clásicos – Joyas de la Música y sabía —sus anteojos, compañeros inseparables desde el prescolar, se lo recordaban todos los días— que era más nerdy que greaser, que su rock estaba en subirse al techo de la casa para leer en paz o en caminar por la calle con la cabeza hundida en un libro desafiando a los conductores atentos y a los distraídos con su paso parsimonioso, porque no caminaba entonces por la avenida San Juan de la capital neuquina, sino por senderos aledaños a una granja en Yorkshire, una calle adoquinada de Rouen o por Cerrito rumbo al café El Japonés.

Pero una remera rockera no tiene que ser de rock, le había dicho el editor de la revista para la cual estaba escribiendo. La lingüista entiende, pero es tan estructurada que sólo puede pensar en las pocas remeras de bandas que sí tuvo: cuatro de los Beatles, una de Pink Floyd, dos de David Bowie, una de Faith No More y una de Elessär. A las que puede sumar las rockeras otras: varias de diseño de amigues dibujantes y una con la estampa de Rick, de la genial Rick and Morty, con la leyenda “Free Rick”. Piensa, entonces, que quizás mejor darle paso a la narradora —devenida poeta, porque en este mundo ya nada es como solía ser— para que hilvane alguna historia con aquel recuento de géneros.

La metalera

Conocí a quien fue mi compañero por casi una década a fines del 2006, en uno de esos recitales que se hacían frente a la catedral, “Neuquén Cultural” se llamaba la movida. Ese día no recuerdo qué tenía puesto él, pero seguro vestía de negro. Sí recuerdo que se parecía mucho a Shannon Hoon, el cantante de Blind Melon. Días después me lo encontré en el living de la casa de mis viejos, charlando y tomando mate con mis hermanos, también músicos. La remera de Elessär, de hecho, es de la banda que formaron mis hermanos allá por el 2007 —va video que la rompe acá: https://www.youtube.com/watch?v=H4unr-BJFhE—. En ese entonces, mis hermanos y el doble de Shannon tenían amigos en común, escuchaban las mismas bandas y tocaban sobre todo metal sinfónico y progresivo. Ese día que lo vi en casa me acuerdo que él vestía un jean gastado y roto y un chaleco, también de jean, que en la espalda decía Children of Bodom, banda que, como tantas otras que él seguía, yo no había escuchado y que empecé a escuchar con él.

Vimos muchas bandas juntos (Dream Theater, Ozzy Osbourne, Poseidotica, Malmsteen…), pero uno de mis recitales favoritos fue el de Faith No More en el Pepsi Music 2009, recital al que mi hermano fue con una remera de Faith que terminé usando yo. Entre las bandas que escuchábamos, como suele pasar, estaban las que él me había hecho conocer a mí y las que yo le había hecho escuchar a él, FNM era una de ellas. No porque él no la conociera, sino porque no formaba parte de lo que escuchaba en ese tiempo. Las relaciones traen y se llevan, entre otras cosas, experiencias, y si bien la nuestra nunca fue easy like Sunday morning, hasta en los peores momentos tuvo su buena banda sonora.

La beatlera

Anoche una amiga me mandó unas fotos en las que, muy jóvenes, nos reímos ante la cámara en intencional pose casual. En ambas capturas estoy con remeras sin mangas de las cuatro que supe tener de los Fab Four. “Boluda, mil años de esto, mentira que era fan de los Beatles” —le escribo—. “¡Mal!” —y reenviándome una de las fotos, me responde: “a esta la heredé yo”. La musculosa tenía a los cuatro de Liverpool sublimados en negro sobre un magenta furioso. Me la había comprado en Needles and Pins (Ohh, needles and pins… uhhh…), una tienda de Rosario sobre calle Tucumán, ya legendaria, que había empezado como feria americana allá por el 96 y se había convertido en uno de los locales con la mayor y mejor variedad de ropa vintage y rockera. Lo más in y lo más kitch lo conseguíamos ahí, y después nos íbamos al multi de Vera Mujica y Santa Fe a tomar porrones.

Además de esa remera magenta, tenía una blanca con la imagen en sepia (Paul, John, Ringo y George saltando con paraguas), una pupera rayada con un dibujo psicodélico del Magical Mystery Tour y una del Cavern. Hoy ya no tengo ninguna, las fui regalando con los años. De todas, la pupera se lleva el premio a la mejor anécdota —o debería decir, a la mejor puesta—porque la usé el día que me colé la primera pepa. Tigre, plagado de gente, un sábado de octubre que hacía un calor canicular y que terminé flasheando naufragio en el museo naval. En el tren de vuelta a Capital escuchaba Lucy in the sky with diamonds y como el efecto del ácido persistía, cerraba los ojos y apoyada sobre el hombro de mi compañero sentía realmente que iba en un bote por el río with tangerine trees and marmalade skies… a girl with kaleidoscope eyes…

La trendy

¿Cuántas veces al año/en la vida te compras ropa? Mi aversión al probador, a buscar talle, color, modelo —¡ahhhh!— y a los insistentes “¿te puedo ayudar, mi amor/bombona/reina?” —¿qué corno tienen las vendedoras con los vocativos del discurso amoroso?—, me lleva a salir de compras sólo cuando la necesidad se impone, lo que ocurre con los cambios de temporada frío-calor. Me armo una lista, porque precavida pierde menos tiempo, y trato de conseguir todo en un solo día, cosa que lamentablemente pocas veces ocurre. En una de esas salidas, me apena decir, conseguí las dos remeras de Bowie y la de Pink Floyd en el mismo local. Digo que me apena porque, pese a adorar a Bowie y contar a la banda británica entre una de las herencias más preciadas de mi viejo, no me hubiese comprado sus remeras de no haber sido porque estaban en casi todos los maniquíes de las tiendas. Ese verano las remeras de morley negras con nombres de bandas eran “la tendencia” y yo caí como aquella adolescente que en los 90 quería una camisa This Week y unas zapas John Foos.

Ambas remeras se salvaron de las últimas donaciones de ropa, supongo que porque son cómodas —el morley tiene la característica de estirarse, deformarse y aun así quedar más o menos bien—, por eso las uso para dormir. Extraña relación esta de los tipos de ropa, incluso de telas, que usamos en diferentes etapas de nuestra vida. Recuerdo pasar de los colores vibrantes de los 13-14 al negro pleno de los 15-23, del aspecto roñoso de los años de home office —que la cuarentena se ocupó de resucitar— al de joven entrepreneur-que-no-se-me-note-que-casi-llego-a-los-40 de los últimos años. Mostrar-ocultar, querer pertenecer-diferenciarte… Suena insistente la africada palatal sorda de Bowie y me deja, cual sentencia, los últimos versos del primer track de Honky Dory: Time may change me, but I can’t trace time…

P.D.: acá iría también la remera de Rick, pero me quedó tan cerradito el apartado que no da para reescribirlo. Sepan que la tengo, la quiero, la uso, que su negro sigue intacto porque buen algodón. Que fue un regalo de alguien a quien quise con la locura de todos los multiversos. Free Rick! Free Winona! Free Willy!

La de diseño

… que también muta a serie cuasindustrializada, pero tiene, la dignidad de la génesis independiente y de lo autogestivo, de lo que empieza como dibujo de servilleta, de papel que se encuentra por ahí, de sueño repetido, de forma que te persigue por días y que a veces te rehúye cuando te sentás frente al block. La que primero quizás fue tatuaje, estampa, ilustración de fanzine, dibujo que tu amigue te regaló para tu cumple y que enmarcaste y colgaste en el living de tu casa y de repente, ¡pah!, remera.

Cope ir a las ferias a bancar los trapos, ver que el taller se agranda, que los pedidos crecen. Las remeras que tengo de Chacra, de Ninja y de Jabrus entran acá, con sus diseños ad hoc, peronistas, federales y populares, los unos; feministas antipatriarcales, las otras. Pregunta manida la de si el arte tiene que cumplir una función social y política; la cumpla o no, imposible negar que la concepción de toda obra tiene sustratos ideológicos, más o menos evidentes en la creación final, y que en el caso de las prendas, al elegir comprarlas/vestirlas elegimos también afirmar esos sustratos. Mostrame tus remeras y te diré quién eres (¿?).

En tiempos de sobrecomunicación —y consecuente incomunicación—, de cuestionamiento de etiquetas e identificaciones rancias, ¡ay!, de desidentificación, de identidades otras, de vestirse y desnudarse, de mostrar(se) todo… qué fortuna encontrar entre “el mutante de ropa” (sic mi querida amiga Val) que transita de la silla al piso-al canasto-al lavarropas, una remera que reivindique, una remera como bandera, una remera que (me) recuerde, una remera que diga eso que fue amor, fe, convicción, “un sueño en el placard… un símbolo de paz”.//∆z