PIMIENTOS PICANTES ROJOS CALIENTES

Por Nahuel Gomez

RHCPPrimero quiero aclarar, por si alguno nota mi apariencia y sospecha, que nunca tuve ni tendré nada que ver con los Hanson. Después quiero decir que, según el primer artículo de la ley nro. 22.278, que se identifica también como Régimen Penal de Menores, “No es punible el menor que no haya cumplido DIECISÉIS (16) años de edad”; por lo tanto, el hecho de peinarse así y escuchar a los Red Hot Chili Peppers, a los 13 años, no amerita ningún tipo de condena.

Mi primera remera rockera fue de la de los californianos, sí. La conseguí en un puesto de la Feria de Villa Domínico, por no más de $25. Ahí también compraba discos, pins, mochilas, juegos de Playstation y choripanes; prácticas que hoy serían dignas de incluirse en alguna popular página de Facebook. Hasta más o menos la edad en que me volví imputable sentí mucha admiración por la banda, y el orgullo correspondiente por mi remera. Es que, más allá de la alta rotación que tenían sus videos en MTV, acumulaban algunos méritos para que la considerara como la mejor banda del mundo: el carisma de sus integrantes y lo genuino del estilo que proponían —por nombrar dos impresiones que me generaron hace muchos años— eran elementos que me atraían en ese momento. Basta con ser un pibe y escuchar Blood, Sugar, Sex and Magic, One Hot Minute y Californication, discos que para mí son tres joyitas que defiendo a las piñas, para entender lo que le puede pasar por la cabeza a un adolescente que recién empieza a seguir bandas.

Con el tiempo esos sentimientos fueron mutando; un poco porque cambié yo, pero más porque cambiaron ellos. Lo cierto es que el grupo viró en su rumbo musical y ya no daba lo mismo llevar la cara de Flea en el pecho. Gastada, percudida, manchada, hiper-lavada, agujereada y al fin y al cabo perdida; así quedó la carrera de los Red Hot Chili Peppers. Lo mismo pasó con mi remera, claro.//z

Nahuel Gomez (San Isidro, 1989). Es periodista. Edita y co-dirige la revista de arte y sociedad NaN. Empezó hace unos años las carreras de Comunicación y de Ciencia Política en la Universidad de Buenos Aires, pero en el fondo todos saben que jamás las terminará. Le gustan los consumos irónicos como el programa de Feinmann y las fiestas de cumbia socialdemócratas. Ama el pastel de papas más que a su mamá, a pesar de que su mamá es quien hace pastel de papas. No siempre dice la verdad cuando escribe biografías.

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