Paisaje Interior #5

Junto a añosluz editora lanzamos una antología por entregas para no olvidar el mundo. En esta edición escriben: Gonzalo Eltesch, Paula Brecciaroli, Pablo Díaz Marenghi y Ana V. Catania. 

Foto de Gabriel Rossi

Hace largos días que vivimos encerrados. Las horas se alargan. Los días se expanden y multiplican; se clonan. La cuarentena nos genera un olvido del mundo y nos obliga a volver a aprenderlo. ¿Cómo son los espacios que comúnmente transitamos? ¿Cómo los recordamos? ¿Los recordamos? Escritoras y escritores contemporáneos, una suerte de backup del mundo, nos mantienen atados a la vida.

Acá podés leer las entregas anteriores:
Paisaje Interior #1
Paisaje Interior #2
Paisaje Interior #3
Paisaje Interior #4


El hombre que camina

Por Gonzalo Eltesch 

“Los hombres se juntan y se separan en todo momento,
luego vuelven a acercarse para intentar juntarse de nuevo.
Así, forman y transforman
sin cesar composiciones vivas de una increíble complejidad.”
Alberto Giacometti

Hace dos años y un poco más llegué a vivir a Barcelona. Venía a trabajar y a buscar algo que no había encontrado en Chile. Por supuesto, esto último era una ilusión, pero ya me había acostumbrado a darle alguna oportunidad a mis sueños o a lo menos a aceptar que mi carácter tenía una afinidad con las dudas. Desde el principio, tuve suerte. Encontré rápidamente un departamento en Gracia y a un precio razonable –me disculpo, los arriendos en Barcelona nunca son razonables. Gracia era un barrio vivo, repleto de pequeños negocios y una atmósfera callejera que inspiraba, como dicen acá, “buen rollo”. Es verdad, a veces las banderas no dejaban ver los verdaderos sentimientos tras los balcones, pero yo estaba llegando desde un país lejano, y de más lejos tenía que opinar.

A unos pocos pasos de mi departamento, estaba la Plaza de la Villa. En el medio de esta, una torre imponente de varios metros con un reloj en la punta que, para mi sorpresa, sí funcionaba. Al frente, el antiguo ayuntamiento, y por los lados, varios bares, restaurantes y cafés con mesas afuera que muy pocas veces estaban vacías. Elegí el café que se llamaba Tiramisú. Era el más clásico –con clásico simplemente me refiero a que tenían las mesas más limpias– y las personas que atendían me inspiraron confianza. Me senté en la única mesa libre que había y pedí un café y un cruasán. El placer fue inolvidable. Leer un libro, comer un cruasán crujiente y tomar un buen café fue la tónica de todos mis fines de semana.

Después del café, me dirigía hacia el Paseo de Gracia. No es que me interesaran las grandes tiendas que había en esa calle –Zara, Mango, Uniqlo–, o las elegantes –Prada, Chanel, Gucci–, sino lo que buscaba era el sol. Caminar y el sol. Ese era mi objetivo, sentir el sol en mi piel mientras caminaba hasta que mi cuerpo no pudiese más. Las calles paralelas eran muy estrechas y los edificios dificultaban que el sol se extendiera con libertad. Paseo de Gracia, por el contrario, era una calle amplia, y el sol que aparecía en las mañanas, cuando no era verano y su poder era desgastante, te acariciaba despacio, te envolvía con ligereza.

Caminaba mucho pero lo hacía con calma. Me gustaba ver a los turistas. Su ropa, sus gestos, su entusiasmo. Imaginaba sus vidas pasadas, las esperanzas próximas y las distantes. Me enamoraba de algunos de ellos y los seguía sin meticulosidad. Pensaba. Reflexionaba. Escribía historias en mi cabeza mientras caminaba por Paseo de Gracia hasta llegar hasta la Rambla y luego adentrarme en el Gótico. Me perdía en sus pequeñas calles y a veces con mis manos tocaba la piedra de los edificios antiguos, fría, anhelante de cariño. En esos momentos, me sentía solo y estaba bien. Caminar me proporcionaba la vitalidad necesaria y el espacio para sumergirme en mis deseos. Pero también sufría, por qué no. Cuestionaba mis decisiones, lo soledad inherente y la casual, y había instantes en que me sentía lanzado a un mundo poco fiable y sin afectos. Pero algo me decía que debía seguir caminando. Porque si podía avanzar, tal como las otras personas que había a mi alrededor, era posible que en algún momento esos rincones desconocidos se volviesen reales. Y así, quizás, en el futuro me aventuraría a cambiar de ruta sin un plan trazado, y luego sólo seguiría caminando, caminando sin rumbo.

Gonzalo Eltesch (Valparaíso, 1981). Trabaja como editor en Penguin Random House desde 2008, actualmente en su sede en Barcelona. Fue finalista del Premio Municipal de Literatura por Colección particular, su primera novela publicada en Chile por editorial Laurel, y por Pepitas de Calabaza en España. Forma parte de la lista de escritores latinoamericanos de Bogotá39-2017.


Once

Por Paula Brecciaroli

El Once era un barrio de judíos. Pero de esos que te das cuenta que son judíos. Los que tienen sombrero, barba y se visten con saco negro aunque sea verano. Después vinieron los chinos. De un día para el otro, ya parecía que estaban ahí desde siempre.  Y chau sedería de Samuel, llenaron todo con sus chucherías. A mí los chinos me encantan, calladitos, no te insisten nada. Pero los números los manejan bárbaro. Más adelante los peruanos, de a poquito los negros. Después te cuento la historia del peruano borracho al que encontraron amenazando a la gente en la puerta de San Expedito porque era su santo. Ahora no sé quiénes vivirán.

Había una recova, sabés.  Me la acuerdo de cuando era chica que iba con mamá. Yo pensaba lo lindo que sería pasear por ahí. No sé si ahora seguirá estando.  Pero nosotras íbamos directo para Larrea, para Paso.  El sol ahí te quemaba la cabeza. Ni un árbol había. ¿Por qué sería?  Bueno, era un barrio de judíos y quizás es porque ellos siempre andan con la cabeza tapada. De eso me acuerdo ahora. Lleno de negocios, uno pegado al otro. Todos mayoristas. Los locales estaban ordenados por calles.  Por ejemplo, en una eran todas lencerías. Yo no sé cómo a las mujeres no les daba pudor pedirle una bombacha a un viejo barbudo.  Pero se ve que mal no les iba. En otra calle, todos mayoristas de esas cosas que después te vendían en los trenes.  Esos eran mis favoritos porque había de todo.  Yo quería caminar sola, pero mamá no me dejaba. El Once estaba siempre lleno de gente que cargaba bolsas, como las de basura, pero con mercadería. Y la plaza era la más fea que vi en mi vida. Toda de cemento y en el medio un mausoleo. Creo que adentro había un muerto importante, pero si me preguntas, no me acuerdo quién era. Pobre tipo, descansar en paz justo ahí donde paraban miles de colectivos, enfrente de la estación de los trenes que iban el Oeste.

Te decía que yo me moría de ganas de andar sola para ver todo lo que se me antojaba. Pero no había caso con mamá.  La cosa es que cuando empecé a estudiar me saqué el gusto.  Iba a caminar por la recova, que tenía toda ropa de mujer,  barata.  Alguna cosita que podía me compraba. A las lencerías no entraba porque te vendían todo por mayor.  Pero igual me quedaba mirando de afuera, esos conjuntos que me encantaban.  Unos bodys que eran un hilito verde fosforescente o una tanga con plumas.  Pero a los diez segundos salía un vendedor, porque ahí estaban todo el tiempo cazando clientes, te preguntaban si querías algo y yo me iba.  En esa época se me antojaban unas botas blancas hasta la rodilla.  Nunca me anime a comprarlas.  Vos viste que soy petisa, iba a ser un papelón.  Pero se veían de lindas.

Tuve una compañera que vivía en Perón, pero ella le decía Cangallo, porque la calle antes se llamaba así.  La primera noche que me quedé a estudiar en su casa, cuando salí no lo pude creer.  Ni un alma.  Las mismas calles que eran un hervidero.  Daba miedo ir a esperar el colectivo.  Los negocios de Larrea, todas persianas bajas.  Pero persianas, persianas y persianas.  Si volaba una bolsa se te erizaba la piel.  Es como si las calles tuvieran menos luces ahí.  Yo rezaba que viniera el colectivo rápido y se me apareció uno de esos negros. Te juro que si cerraba los ojos ni lo veías. Se paró atrás mío.  No sé ni de dónde había salido.  Revolvía unos papeles y yo pensaba que si estaba entretenido era que no me iba a robar.  Pero anda a saber.  Vi que venía un colectivo cualquiera y me subí. Tuve que terminar tomando un taxi.  ¿Vos sabés si todavía hay taxis en la calle?

Tenía una compañera ciega que venía de Garín.  Qué voluntad tenía.  Siempre iba con ella una chica, pero ese día faltó, y bueno, la ciega fue igual.  Dicen que cruzó bien, pero ahí en la plaza Once, que siempre estaba llena de gente, de vendedores, de evangelistas que hablaban por micrófonos, parece que nadie la ayudó y la atropelló un colectivo.  Ni me anime a ir al velorio.  Me carcomía la culpa. No pongas esa cara. Siempre que me acuerdo de ella, le pido que me perdone.

A la gente no le gustaba mucho ese barrio.  A mí siempre me pareció lindo. Si tenía que comprar un regalito, iba al Once.  No sabés cómo se ponía para Navidad.  Parecía un loquero, pero para mí era una fiesta. La gente cargada de bolsas con los regalos.  Un año hizo como 43 grados el 24 de diciembre.  Del pavimento salía humo. La gente iba cargada con esas bolsas de consorcio como Papa Noeles chivados.  Y cómo te empujaban.  Tenías que tener cuidado de no caer encima de las mantas donde vendían los negros sus cosas. Si los chinos no hablaban, estos directamente no debían tener lengua.  Incluso decían que a algunos se las cortaban en los barcos que venían de África para que no digan nada de su país.  No te digo que me consta, pero ellos hablar, nada.

El último tiempo, siempre que podía me daba una vuelta los sábados.  Cada vez estaba más lindo, porque si querías le comprabas unos anteojos de sol al negro o te comías un guiso de paso, de esos de los peruanos, y si no, comprabas una bombachita en el local de Corrientes que era barato y te dejaban revolver todo. Ahora que lo pienso, nunca vi a las negras.  ¿Vendrían acá solo los hombres? Te estás durmiendo. Esperá un ratito. Te digo algo más, el día antes de que pasara todo esto, fui a Larrea 177 a comprarle a un chino unas flores de plástico que andaba necesitando.  Las compre regaladas.  Aproveché para dar una vuelta y me dio una tristeza.  Ellos ya estaban todos con los barbijos, porque ellos se la veían venir. Te ponían en la puerta de los locales: uso el barbijo porque soy sano.

Todo eso era antes, vos no te lo podés ni imaginar. Yo lo pienso y se me estruja el corazón. Ahora sí que no debe haber ni un alma.  No sabés lo lindo que debe ser caminar por el Once, con pleno sol y sin gente.

Paula Brecciaroli. Escritora y co-editora en Editorial Conejos. Publicó las novelas Otaku (Paisanita, 2015) y Brasil (Conejos, 2011), los libros de poesía La sinceridad de un golpe (Santos Locos, 2018) y Te traje bichos para que juegues (Textos Intrusos, 2011), el libro de relatos Pequeño Ensayo Ilustrado con ilustraciones de Pablo Rivas (BonnyClide Ediciones de Mentira, 2009) y el libro de ilustración Vaca Vaca (edición de autor, 2007). Participó de las antologías 9. Antología de cuentos (Textos Intrusos, 2013); La mano que mece (Ediciones Outsider, 2015), Pobre Diablo (Pelos de punta, 2016) y Hermosos Ruidos (Ediciones Altazor, Perú, 2018). Colaboró para la revista El Planeta Urbano. Forma parte de La Coop Librería, especializada en publicaciones independientes latinoamericanas.


Una escuela

Por Pablo Díaz Marenghi

¿La escuela es un no-lugar? O sea, me refiero a esos lugares transitados por todo el mundo pero que, a la vez, nadie ve. Pero ¿cómo puede ser esto con un lugar en donde la gran mayoría de la humanidad desarrolla una parte central de su identidad?

La escuela es un lugar diferente para muchos e igual para todos. Todas tienen aulas, puertas, ventanas, pasillos. Algunas tienen timbre. Otras, campana. En todas los bancos son incómodos, las sillas chicas. En algunas, los pizarrones son enormes. En otras, muy pequeños.

En algunas falta lo que en otras sobran.

Las más recientes, muchas de ellas, desbordan de digitalidad. Al mismo tiempo que, a pocas cuadras, en una escuela recóndita del conurbano bonaerense casi el noventa por ciento del estudiantado no utiliza correo electrónico.

Pienso en aquel concepto de Marc Augé (el “no-lugar”) que nunca me preocupé por estudiarlo en detalle pero que lo entendí enseguida con el ejemplo de los aeropuertos. Que, al igual que las escuelas, son lugares de tránsito por excelencia.

La escuela es un lugar de pasaje, de instancia de conversión pero, a la vez, de conformación de la identidad. Encierra una contradicción. Uno se hace y se deshace en una escuela. Atraviesa distintos niveles. Como en un videojuego. Primero, con una bolsita. Luego, con una mochilita estrambótica. Colorinche. En mi época, fue boom la mochila con carrito. En un segundo puedo cerrar los ojos y escuchar el sonido del traqueteo de las ruedas por las veredas o los escalones del colegio. Sí, porque yo iba a un colegio, no a una escuela. Esa es otra. La pública es escuela, la privada es colegio.

Pero la mochila más pesada que uno carga, sin dudas, es invisible. Es la familia. Uno también iba con eso encima a la escuela.

Hoy, que soy docente pienso que, en realidad, nunca me fui. Nunca me terminé de ir de la escuela. Pienso, también, que la escuela tiene eso que no tienen otros no lugares: lo que para uno es intrascendente para otro puede ser un momento inolvidable. Ahora los estoy volviendo a ver. Acá, en esa esquina, contra aquella columna me abrí la cabeza cuando Ignacio Solís me empujó con furia en primer grado. Ahí, en aquel rincón, Ariel Muñiz me metió la traba en educación física, me caí y no quise jugar al fútbol nunca más. Desde ese momento me quedé sentado en un rincón, solo, en la secretaria leyendo un libro. Una versión en papel de la película La espada mágica. Me acuerdo, revivo esos momentos como si estuviera ahí, de nuevo, chiquito, en la secretaría, viendo a todos desde abajo tapado con mi libro. Si me pongo a pensar, durante muchos años no leí, porque me hacía el rebelde, renegaba de mi pasado “traga”. Pero vuelvo cada tanto a imágenes como esa en la que los libros fueron, para mi, un resguardo. Una suerte de escudo o refugio. Y creo que eso me atravesó para siempre.

Otro flash: acá, en el vestuario, donde todos nos poníamos en bolas y a mi me daba vergüenza. Donde el profesor de educación física nos hacía pelear entre nosotros y al que no se animaba le decían maricón. Por allá es el lugar donde no nunca me salió hacer la vuelta carnero o el salto en alto. Allá, donde por primera vez le miré las tetas a una compañerita. O ahí, si, creo que fue en ese salón, donde por primera vez le tuve miedo a un adulto. Porque a mis papás no les tenía miedo. No. A muchos preceptores y profesores sí. Les tenía terror.

Los peores fueron los de taller. La parte técnica/electrónica de la escuela. Por algo me fui corriendo a alguna carrera que no tuviera nada que ver con eso. Lo mío eran los libritos, pensaba. O algo por el estilo. Ya iba a saber bien qué. Pero en los talleres la padecía. La padecía mucho. Una noche no pude dormir de la bronca y la angustia que se detonó en una catarata de llanto irrefrenable. Me acuerdo de esa sensación: acostado, en penumbras, con una única fuente de luz que venía del comedor, la luz encendida aún, mis padres desvelados, como de costumbre, y yo llorando, desconsolado, sin parar, como si me estuviera muriendo. Y es que así me sentía. A los doce años, por suerte, no tenía otra mayor preocupación que esa. La puta pieza del taller que no podía resolver. Un cuadrado metálico que, se suponía, debía manipular cual tornero matriculado y me estaba cagando la vida. Me sentía un inútil. Y el profesor, Oscar (no se me olvida más el nombre) me lo hacía saber. Me lo enfatizaba todo el tiempo. “¿Cómo no te va a salir eso? ¿Qué sos, tonto?”. Yo, acostumbrado a ser un chico diez, me sentía devastado. A otros compañeros les resultaba muy sencillo lo que para mí era imposible. Marcar, martillar, cortar, pulir, limar. Por el laburo de mi viejo, me acuerdo, un día entre semana fui a un taller con la piecita puta y la adelanté. Limé tranquilo, a mi tiempo, marqué, martillé, corté, pulí. Sin limite de tiempo alguno. La clase siguiente la llevé, se la mostré al profesor y me dijo: “Está bien”. Nada más. Nada menos. Misión cumplida. Ya sabía lo que no quería ser de grande.

Pablo Díaz Marenghi nació en CABA en 1991 pero vive en la zona oeste del conurbano bonaerense desde los cinco años. Es periodista y docente. Es Profesor en Enseñanza Media y Superior en Ciencias de la Comunicación (UBA) y está escribiendo su tesina de Licenciatura en Ciencias de la Comunicación (UBA) sobre el Festival de la Solidaridad Latinoamericana 1982 y el summum del “Rock Nacional”. Es Director de Contenidos de la revista digital ArteZeta. Colabora en medios como La Agenda, Clarín Cultura, Revista Enie, Revista Viva, El Planeta Urbano, Perfil Cultura, Revista Acción, entre otros. En 2016 publicó Codex, Música Contemporánea (Maten al Mensajero). Es vegetariano. En Twitter es @pe_diazm .


Un mapa íntimo

Por Ana V. Catania

La ciudad es un mapa íntimo. Un mapa calcado temblorosamente con tinta china y guardado, sin esperar a que se seque, entre las hojas de un cuaderno Rivadavia. Un entramado que caminamos con pie de plomo o que sobrevolamos con zapatillas de ballet, según la hora y las ganas. Es también un modelo del cuerpo humano, cuyas venas y arterias, pintadas de azul y de rojo, se encienden según se toque con un puntero láser esta o aquella fibra, se produzca esta o aquella sinapsis.

La ciudad es el perro de Funes visto de perfil a las tres y catorce; visto de frente a las tres y cuarto. Debería haber dos y múltiples formas de nombrarla. Yo tengo el privilegio de ser una extranjera en la ciudad, con lo cual para mí es siempre una figurita nueva, reveladora, que se despliega con intriga y hermosura. Como un amante con el que nunca (por temor o decoro) pasaríamos la noche entera.

La ciudad es una geografía extinta, cuyos materiales se sedimentan en el fondo de algún rincón caprichoso de la memoria, como en el cauce de un río violento. Cuando se precipita (por efecto de alguna reacción química), aparece un cine de la avenida Santa Fe donde, a mis veinte años, hice algo para la futura narración; una disquería, a metros de ahí, donde me temblaron las rodillas con Both Sides Now, de Joni Mitchell; un sótano de la calle Perón donde bailamos hasta deshidratarnos (y perder un kilo por fin de semana); un restorán con nombre de escritor checo donde, durante un año, una vez por semana, cené milanesas con puré de batata al salir de la clase de Filosofía Moderna; la carrera nocturna entre la parada del 12 y la entrada a la estación, que se sostiene como un monstruo prehistórico, imponente pero manso, dándole la espalda a la autopista que va al sur.

La ciudad es como una media vieja a la que damos vuelta de adentro para afuera, de afuera para adentro. Camuflamos su olor a agua estancada, a toneladas de comida basura, a pescado muerto, a humo de crematorio; disimulamos su aliento rancio con spray bucal sabor menta, su olor a transpiración con eau de parfum de segunda marca. No nos dejamos amedrentar por sus picos dentados, sus filos cóncavos, sus giros imposibles. Creemos tenerla a nuestros pies, como a un galgo. Un galgo dócil, amaestrado, que sin embargo, en cualquier momento (inesperadamente), podría contraer los belfos, mostrarnos las encías rosas, e hincar los colmillos con manchas de sarro.

La ciudad es una herida lenta de cicatrizar. Es la esquina de Callao y Córdoba donde, en el transcurso de una década, me cité con dos hombres distintos: uno con quien nos las ingeniamos para rompernos el corazón de múltiples formas (hasta hacerlo papilla); otro con quien durante un tiempo creí en cierta forma de la redención para después caer en picada al subsuelo, como un ascensor enloquecido. Es el edificio rulero de Libertador donde, una tarde de 1992, mi padre y los otros hombres trajeados hicieron cuerpo a tierra cuando vieron venir una tormenta como de arena gris, con brillo, cuando los vidrios a su alrededor se hincharon como panza de bebé y comenzaron a vibrar con un efecto de sonido de película de ciencia ficción. Es la ceniza que aspiro y trago, que insiste en pegarse como chicle al paladar, cuando bordeo los confines de Once en el 24 (después de atravesar la vertiginosa calle de las sederías y de los cotillones), cuando coqueteo con ese rincón inaccesible de la ciudad que jamás habría pisado la noche del 30 de diciembre de 2004. Y sin embargo…

La ciudad es un zoológico abandonado donde los rayos de luz de la tarde iluminan entre los pastizales, y cada tanto me permiten descubrir un pavo real majestuoso (que me recuerda a un cuento de Raymond Carver, o a las mascotas de Flannery O’Connor), a una familia intrépida de patos; incluso las orejas como radares de una liebre patagónica. Alguna vez hubo osos pardos, bisontes, hipopótamos, camellos, jirafas, hienas, orangutanes. Alguna vez lo visité en una excursión escolar y fantaseé con la posibilidad de vivir en un edificio de estilo art nouveau, frente a esa manzana; tener una habitación con balcón que me permitiera, de noche, escuchar el rumiar de los animales, sus chillidos y respiraciones cavernarias que acontecen en medio del sueño o de la batalla.

La ciudad son todas las baldosas flojas de San Telmo, Almagro o Villa Crespo, que arruinaron mis pantalones de lino, mis zapatos acordonados de charol, las botamangas de un jean Oxford. Las mismas baldosas que pisé una y otra vez, como una profecía autocumplida. Es el loop temporal de veinte minutos entre estación Juramento y estación 9 de Julio que se soportan mejor si acaso va en simultáneo con Nick Cave o con una novela de Zadie Smith (el subte de noche tiene un resabio anglosajón para mí). Son las marquesinas de neón y los edificios fantasmales del centro que voy dejando a mis espaldas, aunque el viento del río tire como un imán hacia esas aguas poco profundas, revueltas, amarronadas, llenas de olvidos y secretos y dramas, como el de la mártir Elisa, que a los diecisiete años se hundió con el vestido de novia que no había llegado a lucir de camino al altar.

La ciudad es eso que voy dejando atrás sin culpa o nostalgia, como una pulsera que se deja en la mesa de luz del amante tan solo para recuperarla el día después. Es lo que abandono al cruzar la autopista que va al sur, y lo que reencuentro en cuestión de horas con un brillo, una textura, un aroma completamente nuevos, aun sabiendo que se irá opacando, deshilachando, diluyendo, a medida que transcurran dolorosamente las horas. Es lo que recuerdo y lo que olvido, lo que olvido y recuerdo una y otra y otra vez, como esas canciones de la infancia cuyas letras hemos manipulado.

La ciudad son todas las historias que nos contamos los unos a los otros para sobrevivir.

Ana V. Catania. Nació en 1980, en Capital Federal, y se crió en el sur del Gran Buenos Aires. Estudió Filosofía y trabaja en Educación desde hace veinte años. Completó la formación en Escritura Narrativa en Casa de Letras, y desde 2013 realiza tutoría de obra con José María Brindisi. Coordina talleres de lectura y escritura desde 2014. Colaboró para distintos medios gráficos y digitales como Conga, Encerrados Afuera, Style BA (Time Out), Bla (Uruguay), Sede, Con-versiones, Escritores del Mundo. Entre 2014 y 2017 fue editora de la revista Olfa, de distribución gratuita y versión digital.