Paisaje Interior #3

Junto a añosluz editora lanzamos una antología por entregas para no olvidar el mundo. En esta edición escriben: Ramiro Sanchiz, Lucila Grossman, Claudio Rojo Cesca y Paloma Baldi. 

Foto de Gabriel Rossi

Hace largos días que vivimos encerrados. Las horas se alargan. Los días se expanden y multiplican; se clonan. La cuarentena nos genera un olvido del mundo y nos obliga a volver a aprenderlo. ¿Cómo son los espacios que comúnmente transitamos? ¿Cómo los recordamos? ¿Los recordamos? Escritoras y escritores contemporáneos, una suerte de backup del mundo, nos mantienen atados a la vida.

Acá podés leer las entregas anteriores:
Paisaje Interior #1
Paisaje Interior #2


Sobre el afuera

Por Ramiro Sanchiz 

1. En la película Bird Box (Susanne Bier, 2018) la civilización como la conocemos queda destruida por un contagio. La naturaleza de esta pandemia no queda expuesta explícitamente pero entendemos que su propagación se basa más en una transferencia de información que en la acción de un organismo infeccioso o un virus. De hecho, el contagio opera a través de la vista: hay algo que vemos y que nos contagia, instantáneamente. La enfermedad contamina al huésped y le hackea el sistema nervioso; la gran mayoría de los casos ponen fin a su vida de la manera más sencilla y veloz que tengan a mano. En última instancia, es un virus “informático” que invade nuestra “programación mental”.

La respuesta instantánea de los no contagiados es encerrarse. En sus casas, cierran puertas y tapian ventanas, de manera que nada de lo que haya afuera pueda ser visto. Las salidas en busca de alimentos deben ser pautadas cuidadosamente, en equipos de cuantía mínima pero suficiente, con vendas en los ojos y el mayor apremio posible. No está claro, por otro lado, si el contagio alcanzará un máximo y luego decaerá; el problema es, notoriamente, que nadie o casi nadie sobrevive a la enfermedad, y los únicos casos de inmunidad pasan más bien por una programación mental aberrante, una suerte de esquizofrenia ante la cual el virus no funciona o, al menos, genera un efecto diferente al del suicidio. 

Más allá del argumento de la película y sus relativas o escasas virtudes cinematográficas (eso no nos interesa aquí), el clímax conceptual de la propuesta sobreviene cuando la protagonista atraviesa un bosque. Ya no estamos ni en la presunta seguridad del interior de nuestras casas, pero tampoco en ese otro “adentro” concebible del espacio urbano; estamos en el afuera más literal: la intemperie, la naturaleza como exterioridad a lo humano. Y allí también está el virus. Como la película evita astutamente toda representación de “eso” que ven los contagiados (se nos ofrecen, eso sí, representaciones dibujadas por algunos inmunizados, una gama de monstruos que bebe de las fuentes lovecraftianas más consabidas, Giger y Baksinski) tanto como una hipótesis privilegiada que explique la naturaleza de la enfermedad (hay varias hipótesis sostenidas por diversos personajes, pero nada lleva a preferir una a otra), no tenemos manera de saber qué puede haber entre los árboles, excepto lo que sugiera las amplias tomas del movimiento de las hojas y las ramas en el viento: la sensación, tan propia de Twin Peaks, de la naturaleza como lo extraño (nature as weird).

2. En su ya clásico ensayo “Horror Abstracto”, Nick Land propone un gradiente de abstracción como manera de construir un eje posible para la construcción narrativa del horror. De un lado estaría el monstruo, una entidad horrorosa concreta, individual, única y en cierta medida irrepetible (King Kong, Godzilla, Dracula, el monstruo de Frankenstein, la Cosa del Pantano), y del otro un horror no individual, sin agencia (ni menos aún voluntad, objetivos o inteligencia discernible) ni contornos precisos. En algunas ficciones, ese horror abstracto queda representado por el tropo de la zona, o espacio infeccioso capaz de perturbar todo lo que se aventure a su interior. La mansión de la novela The Haunting of Hill House (Shirley Jackson, 1959) es un ejemplo paradigmático, tanto como los campos contaminados de “El color que cayó del cielo” (H.P.Lovecraft, 1927) y Distancia de rescate (Samanta Schweblin, 2014) o las presencias espectrales (nunca reducibles del todo a fantasmas individuales) de El resplandor (Stephen King, 1977; Stanley Kubrick, 1980), tanto como la “zona” de las películas Stalker (Andrei Tarkovski, 1979) y Aniquilación (Alex Garland, 2018).

En el caso de Bird Box la zona carece de límites y equivale limpiamente al afuera. Basta con abandonar cualquier recinto que bloquee la visión para estar expuesto. Solo el adentro es seguro: el afuera no es otra cosa que la contaminación y la inmediata aniquilación del sujeto humano, tanto que apenas ciertos pseudohumanos (deficientes o fallidos) están a salvo: una suerte de esquizofrenia no explicitada del todo los salva, pero para la lógica humanista de la película son una versión provista de agencia e inteligencia del horror abstracto del afuera, y por tanto se vuelven vectores de este y, por tanto, monstruos.

3. Timothy Morton moviliza el argumento realista especulativo de Graham Harman sobre el llamado “análisis de la herramienta” heideggeriano como manera de construir el concepto de nature as weird. Según Heidegger, como es sabido, la herramienta se funde en su función y, por tanto, sólo es percibida como un objeto al momento en que falla, cuando su función colapsa. Desde el inicio del antropoceno (en particular desde su concepción más amplia, comenzando con la revolución neolítica) hasta nuestros días, la naturaleza es construida como tanto el afuera o exterioridad a lo humano como, a la vez, aquello que es usado por el humano para sus propios fines. En rigor, se trata de un mecanismo doble que tanto define/produce la naturaleza (o lo no-humano) como lo humano en sí, pero esta suerte de dialéctica amo/esclavo que hace al humano (o al hombre, de hecho, ya que en el orden patriarcal la mujer o lo hembra también es producido tanto en términos de exterioridad a lo humano como del uso que este le da) en última instancia produce una noción de lo natural como aquello que sirve. El campesino usa la naturaleza a través de un saber específico de tiempos de sembrado y estaciones: en tanto medio para el fin de su supervivencia y reproducción de la economía y el orden de lo humano, la naturaleza es una herramienta y, por tanto, en tanto funcione bien no la percibimos como un objeto en sí mismo sino como una instancia más en nuestros procesos económicos. 

Si la historia del antropoceno es la de la influencia del Homo sapiens en la biósfera a la que pertenece, la revolución industrial marca una suerte de sub-época o periodo dentro de la era geológica en cuestión, en tanto la actividad humana (en particular las emisiones de gases de invernadero) comienza a incidir más acusadamente en el clima global. Esto ocasiona una serie de circuitos de retroalimentación positiva que atentan contra el equilibrio climático y, por tanto, genera cambio e impredecibilidad. De pronto, la naturaleza no se porta como se suponía que debía portarse, y allí es cuando se vuelve visible, según la tesis heideggeriana. La naturaleza, es decir, deja de ser esa producción de lo humano para convertirse en una naturaleza poshumana o inhumana, de pronto incomprensible y, por qué no, peligrosa para la economía de fines y medios de lo humano. Es, entonces, la naturaleza como lo weird, como horror abstracto

4. Los virus son en sí mismos tanto un horror como una forma de extrañeza weird, tanto seres vivos como mera química, tan “peligrosos” para lo humano como agentes de tantos cambios evolutivos. No presentan metabolismo pero son capaces de reproducirse hackeando células vivas, y están tan sometidos a la selección natural como todos los organismos, por lo que se nos aparecen como “capaces” de evolucionar a través de mutaciones. Los virus tienen una historia evolutiva y, de hecho, quizá representen una reliquia de los orígenes de eso que llamamos vida: y también en ese sentido contaminan nuestras certezas, porque si en el origen de nuestra historia evolutiva hay una categoría intermedia, liminal, entre lo vivo y lo inanimado, nuestras nociones de “vida”, de mundo biológico en oposición al mundo mineral, han de ser revisadas tanto como la biología evolutiva iniciada por Darwin nos llevó a revisar las nociones antropocéntricas del ser humano como entidad privilegiada. Los virus, en última instancia, vienen de un afuera a lo que hemos cercado (o pretendido cercar) como el dominio de lo viviente y, a su vez, de lo humano. 

5. Cuando el afuera es incomprensible y nos amenaza, nos encerramos en el adentro. Todos los impulsos de la seguridad humana nos llaman a bloquear las vías de invasión, a permanecer humanos, no contaminados, lo más puros posible. El afuera podrá contaminarnos, así que mejor cerremos los ojos. Mejor bajemos las persianas. Mejor repitamos que afuera no hay nada, que el mundo se ha ido y sólo nos queda el espacio pautado por las paredes de nuestras casas, el espacio interior, la imaginación, los libros. Por supuesto, es necesario: nos mueve la autoconservación, la Resistencia.

6. Sin embargo, afuera siguen pasando cosas: el mundo sigue allí, aunque, ahora, ya no para nosotros. Cabe pensar que volveremos y que encontraremos todo un poco diferente, un poco cambiado, mutado. Cabe pensar que es inevitable, a la vez, que cambiemos nosotros también. Porque, por supuesto, no hay pureza alguna. No se trata de que, en virtud de nuestras políticas, de nuestra voluntad y agencia humanas, podamos ejercer una acción, una efectiva resistencia, un control. Estas son todas ficciones que intentan suavizar la idea de que el cambio, naturalmente, es inevitable. La música sigue estando allí afuera, de hecho. Y, como siempre, es de allí que nos nutrimos. Es eso, o perecer.

Ramiro Sanchiz (Montevideo, 1978). Escritor y traductor. Sus últimas novelas son La expansión del universo (Literatura Random House, 2018), Verde (Montevideo, Fin de Siglo, 2016) y Las Imitaciones (Buenos Aires, Décima Editora, 2016; Bogotá, Vestigio, 2019). En 2019 publicó Guitarra Negra, una teoría-ficción sobre el disco homónimo de Alfredo Zitarrosa. Como traductor, se especializa en filosofía contemporánea, y ha traducido textos de Nick Land, Mark Fisher, Robin Mackay, Sadie Plant y Amy Ireland.

La última fiesta

Por Lucila Grossman

El jueves 12 de Marzo fue el día del click, de la toma de conciencia. Yo había estado alrededor de dos semanas encerrada estudiando para rendir finales hasta el 11 de Marzo que rendí. Con mis amigos nos reíamos: nos reíamos del corona, de la fantasía distópica, de la posibilidad excitante del fin del mundo. El jueves 12 de Marzo Cami dijo: “Acá no van a hacer toque de queda, y nos vamos a contagiar más porque somos todos re cariñosos” y después de eso se terminó el cinismo porque empezó algo parecido al miedo. El viernes 13 de Marzo nos juntamos a tomar una cerveza en un bar a dos cuadras de mi casa. Tomando distancia, charlando de boludeces, discutiendo ya ebrios y no tan distantes sobre las posibles respuestas a ese “problema” que dice algo así como que estás manejando un tren que no podés frenar pero tenés dos opciones: no hacer nada y pisar a cinco personas enfermas que pueden llegar a recuperarse o doblar y pisar sólo a una, sana. Lo enfermo y lo sano, lo puro y lo impuro, esas cosas. 

Unas horas después nos fuimos para mi casa a cenar unas empanadas, éramos siete, ocho, los mismos de siempre. El clima era raro, la sensación de que estábamos haciendo algo mal, de que todo esto recién estaba por empezar, con todos los audios, todos los mensajes, todos los videos, falsos o no, rebotando en nuestras cabezas. Llegó Juan con hielo y limones, se puso alcohol en gel en las manos, nos roció a todos con Lysoform olor a lavanda y dijo “Esta es la última fiesta”.

Bailamos hasta bien entrado el día, se rompieron muchos vasos y un termo, visitamos al kioskero amigo que vende escabio, “Pepe Corona”, varias veces, regamos todo el suelo con tragos inventados. Mi casa parecía llena de gente, pero éramos los mismos de siempre, los mismos sustanciados de siempre, perreando hasta el suelo, haciendo efectos de luces, inventando letras ridículas sobre la música que sonaba en la tele, hablando en otro idioma y obviamente, abrazándonos y compartiendo todos los vasos. Yo pensaba “nos vamos a contagiar porque somos todos re cariñosos” y esa frase sonaba en loop al ritmo de la música electrónica. Después subimos a la terraza y el sol nos pegaba en la cara como una bendición. En un momento todo se desdibujó y me desperté a la tardecita. Cuando bajé, todo estaba bastante limpio, salvo el piso, repleto de manchas pegajosas de gin con tónica. En esa noche que todos recordamos hasta hoy como “La última fiesta” no pasó nada muy distinto a lo que pasa muy seguido, juntarnos entre nosotros y divertirnos o, a veces también, aburrirnos juntos, pero había un tono solemne, sentimental, una conciencia de existir grupal y de ultimidad, no mecánica, efervescente como un símbolo de triunfo frente al mal.  

Antes de ayer fui a lo de mi vieja para llevarle comida y vi, encuadrado en su biblioteca, un dibujo que hizo mi amigo el Charly hace años en su cocina, es una calavera que sonríe y dice “Festejar para sobrevivir”. Sonreí. Me acordé de esa frase que leí, no me acuerdo en qué libro: “Lo verdadero no necesariamente es verosímil”. Este argumento de película de ciencia ficción es malísimo, aburrido, irreal ¿Cómo imaginar, después de saber que en España, en la “vida real”, están poniendo muertos en pistas de patinaje sobre hielo porque no hay lugar? ¿Cómo imaginar una sociedad más ridícula, más patética que la de los vecinos policías, que la de los insistentes vivos de Instagram?

Pensé también en que estoy bastante acostumbrada a estar encerrada: trabajo encerrada, estudio encerrada, escribo encerrada. Tengo todos esos privilegios. El ser humano es un animal de costumbres: después de más de dos semanas, con más o menos psicosis, mi cuerpo va acostumbrándose al confinamiento. Pero lo que mi cerebro se niega a asimilar, a internalizar, sea real o no, es esa idea según la cual el otro, el cuerpo del otro, su abrazo, su trago regado en el suelo al lado del tuyo es un peligro: un virus. 

Lucila Grossman nació en 1993 en la ciudad de Buenos Aires. Publicó la novela Mapas terminales con Editorial Marciana en 2017 (Argentina) y con Los libros de la mujer rota (Chile) en 2018. Participó de antologías de narrativa y poesía con las editoriales Trench, Añosluz, ArteZeta, Las pibas, entre otras. En 2021, si es que eso que llamamos “el mundo” sigue existiendo, publicará eso que se llama “la novela” Los solemnes o el infierno literal.


Volver al cine o cómo reintegrarse a la digestión de la cueva

Por Claudio Rojo Cesca 

La foto apuntó a ser algo que no es: movimiento. 

Empieza, como el Big Bang y la fisión del átomo, con una luz bien intensa. El aparato replica la mentira de que hay seres y cosas moviéndose delante del foco. Un tren penetra el fondo blanquinegro de una estación en el sudeste francés. Un simio gigante trepa el Empire State y revolea aviones como si fueran mosquitos. 

Un hombre solitario muere en su mansión eructando el amor por el trineo de su infancia.

Usted lo cree y no lo cree. La operación mental se llama Suspensión de la incredulidad. Como cuando se enamora, después de tantos años de no tener ni cariño ni trineo. 

Como cuando le dicen la casa está orden y aplica una gran fuerza para creer. 

Para llegar a ese momento, primero debe hacer fila, en la boca de la Cueva, y todavía antes, procurarse una entrada. 

Usted ha permanecido, ordenado, apenas inquieto, entre dos personas que probablemente no conozca. Si tiene pareja, gozará del privilegio de compartir el lugar con ellx. Compartirán la espera y quizá sea el simulacro de otras muchas esperas, así que: preste atención a todo cuanto le rodea. 

El tiempo en la fila puede variar según la cantidad de personas que, como usted, llegó para presenciar el mismo asunto. 

Puede que alguien, años atrás, le haya comentado la historia de un hombre con corte mohicano, ingresando a un hotel de mala muerte, armado, loco de rabia, preparado para impartir justicia y rescatar a una niña. Y quizá le dijeron: no te la pierdas

Y usted está ansiosx, en la fila, esperando que las puertas se abran para ingresar a la cueva, ensombrecerse, porque todo alrededor se oscurece, mientras se ilumina la violencia, la épica, el color de la sangre, el tono de la piel humana filtrada por el grano de la oscuridad. 

Se siente ansiosx cuando por fin la fila se mueve, y un Chamán interino le va recortando la entrada a cada feligrés. La cola de dragón que existía hace dos segundos se fragmenta. Usted vuelve a ser un individuo, a sentirse incómodo por el ruido de los demás, a necesitar un espacio donde el oxígeno le pertenezca, como su par de zapatillas y el centro de mesa que le trajeron de regalo de Ciudad del Este. 

Usted ocupa un lugar de su preferencia ante el paredón, una geografía que será suya durante el próximo par de horas, aunque eso también, como el fuego que verá crecer en la penumbra, como la muerte a punta de pistola, será una mentira. 

En caso de buena fortuna, habrá poca gente, y nadie ocupará la plaza de sus flancos. Ancho de codos, usted es un avión, zumba en la penumbra el motor de su sesera, tose de nervios por la necesidad de combustible.

Se incendia el aire. La cueva se apaga y el paredón cobra vida. Le venden un auto que gripea el pavimento y disuelve las curvas como azúcar. Le venden una hamburguesa del tamaño de su casa, con combo de papafritas y helado cremoso. Le venden que el instituto de flebología de la calle Salta entre Plata y Perú mejora la circulación y aumenta su calidad de vida. 

Por fin, comienza. Usted entiende que comienza. La sombra interpela el foco y asume la forma por la que pagó y esperó y se permitió preocuparse por su sistema circulatorio. Usted lo cree y no lo cree. Es una fórmula que se aplicará al resto de su vida, a sus relaciones con amigos, con mujeres, con jefes y, si escribe, con editores.

Pase lo que pase, aturdidx o feliz, usted se irá de aquí sabiendo que tarde o temprano volverá. Como las resacas y los cumpleaños: sólo la muerte detiene la inercia de este negocio. 

Claudio Rojo Cesca (Santiago del Estero, 1984). Es psicoanalista y escritor. Publicó los poemarios “Fotos de mi chonga desnuda dentro de una nave espacial” (Larvas Marcianas, 2015), “Horas que pasé dentro del frasco antes de la mutación” (Minibús, 2016) y “Sombra Kamikaze” (Almadegoma Ediciones, 2018); y los libros de relatos “Viñetas del insomnio no resuelto” (Colección Leer es Futuro, Ministerio de Cultura de la Nación, 2015) y “El montaje obsceno” (Nudista, 2018).


Una pulseada al acelerador 

Por Paloma Baldi

Rita está desnuda y tiene olor a repelente. Afuera hay una humedad de esas que se respiran y los vecinos están escuchando reggaetón, también se escuchan las patadas del gimnasio. Deben ser las ocho porque es cuando le pegan los primeros golpes al saco pero el profesor todavía no gritó ¡Vamos! ¡Vamos! ¡Vamos! haciendo palmas; faltan pocos minutos para que me diga que ya se va, que vuelve rápido. 

¿Me das fuego?

Antes de prender el cigarrillo se va a parar y va a caminar en puntas de pie hasta la cocina para prender la hornalla con un chispero, va a gritar ¡La re puta madre! y va a volver a la habitación, ahora sí, dando la primera pitada. Se está vistiendo con una mano mientras fuma con la otra porque sino llega tarde a una reunión y seguro me va a decir que mejor va caminando porque así llega más rápido. 

Empiezo a vestirme. Prefiero acompañarla y de paso hacer alguna compra. Veinte minutos después de que se haya terminado el cigarrillo empezamos a bajar las escaleras del edificio, pero cuando vamos por la mitad ella vuelve a subir porque no sabe si dejó o no la luz prendida del balcón y un poco abierta la puerta corrediza para el gato. Baja por segunda vez con el ceño fruncido pero diciendo que está todo bien, que ya está. 

Mientras giro la llave para cerrar la puerta del edificio ella corre hasta la esquina y yo registro que otra vez los perros del vecino rompieron las bolsas de basura de la vereda, y que una moto acaba de frenar a unos cinco metros de mi espalda. La ventana de la vecina se abre para dejar caer una bolsita en el marco y Rita me grita para que me apure haciendo gestos con los brazos. La moto ya puso de nuevo el motor en marcha y yo sigo petrificada. 

En la esquina los semáforos titilan amarillos y se escucha el ¡Vamos! ¡Vamos! ¡Vamos! del profesor de boxeo: deben ser las 8:45. Con Rita tomamos impulso y cruzamos corriendo por la senda peatonal, cuando pisamos la rambla un Corsa blanco nos pasa al ras dejando el rastro del bocinazo como un eco que se extiende por todo el boulevard. 

Hace una semana que Rita recibió un mail de España. Como le salió la beca, supongo que esta es de las últimas veces que vamos a cruzar el boulevard de la mano, y la voy a tironear para que no cruce la calle impulsivamente, jugándole una pulseada al acelerador de los autos. El kiosco de Rosa todavía está abierto y la carnicería de Luis recién está bajando las persianas. Rita dice que quiere que haga frío y caminar con la nariz congelada y yo pienso que no vamos a comer carne hoy, pero igual intento decir algo y ella me interrumpe para avisarme que al final no va a ninguna parte:

¿Cómo?

Que no tengo reunión al final. 

Rita me arrastra del brazo para cruzar el boulevard gritándole a Luis que espere: en la carnicería hay 10 personas, yo hago un saludo general pero ella se adelanta unos pasos para tocarle el hombro a Carmen. Yo la odio a Carmen, por eso antes de que se de vuelta salgo a la calle a hacer de cuenta que estoy escuchando un audio. 

Hago la mímica de estar hablando de algo importante, me apoyo en el poste de la puerta, revoleo la cabeza, me refriego los ojos. A través del vidrio veo cómo Carmen la tiene cazada de los cachetes a Rita, le habla tan cerca de la cara que seguro la está escupiendo, pero a Rita no le importa, porque no le dan asco esas cosas; le dan asco las ratas y las cucarachas, y escuchar que otras personas tienen moco en la garganta cuando hablan, nada más.    

Rita sale de la carnicería a los quince minutos, casi cuando yo ya estoy considerando prender un segundo cigarrillo y ya me cansé de fingir para Carmen que estoy teniendo un conversación importante por teléfono. Mientras cruzamos el boulevard por segunda vez, ella advierte que hoy hay partido en la rambla y yo reflexiono algo así como que, al final, no salimos más que a dar una vuelta manzana. 

En el trayecto que nos queda hasta la puerta del departamento ella me va a contar que ayer le dijeron en el trabajo que el Papa tenía coronavirus y vamos a jugar a La última vez que… 

¿Cuándo fue la última vez que lloraste?

Ayer -ella llora siempre. 

¿Cuándo fue la última vez que reíste?

Ahora -ella se muerde los labios para no decirme que soy melosa.      

¿Qué le dijiste a tu papá la última vez que lo viste?

Le dije que era denso. Pausa me dice ella entrando al departamento para tirarse en el sillón con las zapatillas puestas. Voy a googlear si el Papa tiene coronavirus. //∆z

Paloma Baldi nació en Villa Gesell, provincia de Buenos Aires, el 30 de octubre de 1993. Es Comunicadora Social y periodista, graduada de la Universidad Nacional de La Plata. Entre sus publicaciones más recientes se encuentran “El mundo es un pañuelo. Viajes al exterior de las Madres de Plaza de Mayo”, y “Feminismo y peronismo, reflexiones históricas y actuales de una articulación negada”. Actualmente es directora y guionista de la serie Mina.