Paisaje Interior #1

Junto a añosluz editora lanzamos una antología por entregas para no olvidar el mundo. En esta edición escriben: Joe Meno, Carolina Bello, Agustina de Diego y Matías Nicolaci.

Foto de Gabriel Rossi

Hace largos días que vivimos encerrados. Las horas se alargan. Los días se expanden y multiplican; se clonan. La cuarentena nos genera un olvido del mundo y nos obliga a volver a aprenderlo. ¿Cómo son los espacios que comúnmente transitamos? ¿Cómo los recordamos? ¿Los recordamos? Escritoras y escritores contemporáneos, una suerte de backup del mundo, nos mantienen atados a la vida.


Paisajes imaginarios

Por Joe Meno
Traducción de Martín Barraco

Me gusta pensar en el zoológico como un lugar al que ir cuando no tengo nada que hacer.

Hace doce años, cuando nació mi hija y mi esposa volvió a su trabajo, yo estaba sólo con mi bebé durante todo el día y me aterraba pensar que todo lo que hacía estaba mal. No podía hacer que tome la mamadera, no podía hacer que se durmiera y a veces lloraba sin razón. Ella me miraba como si supiera que yo era un impostor. Estaba seguro que se daba cuenta que no tenía idea de lo que es la paternidad, ser un padre, un hombre.

Alguien me dijo que el zoo de Chicago era gratis. Entonces, cada jueves durante su primer año y medio de vida, armaba un bolso con nuestras cosas y manejaba hasta Lincoln Park, que va a lo largo del lago Michigan –con sus estanques, reservas y áreas de juegos para niños- y se extiende hasta el gran zoológico de mitad de siglo, con sus hábitats para los monos y leones y flamencos que caminaban sobre su reflejo en el agua y nunca levantaban vuelo.

Todos los jueves hacíamos una tregua: la sentaba en su cochecito y la paseaba de un lugar a otro durante dos horas siguiendo un orden. Primero el hábitat de los monos, que era oscuro, húmedo y olía a desinfectante y a pis; después el de las focas, que cuando bajabas por una rampa las veías moverse en el agua; seguían los leones y los tigres, que siempre parecían sedados y deprimidos, y finalmente, el pequeño hábitat de los mamíferos.

En el hábitat de los mamíferos había lagartijas y serpientes, un caimán, había topos, lémures y una rata canguro. Siempre estaba a oscuras y en silencio, y a veces cuando llegábamos ahí, mi hija ya se había dormido o estaba contenta y algo desganada, olvidando la traición de tener que pasar tiempo conmigo y no con su madre. Allí nos quedábamos en la oscuridad absoluta de la sala de los murciélagos y encontrábamos una suerte de equilibrio. No les puedo explicar lo que significaban para mí esos cinco o diez minutos de silencio en ese momento de mi vida.

Porque lo que siempre me gustó del zoológico no eran los animales, o admirar las distintas combinaciones de relaciones humanas que desfilaban por ahí: era el telón de fondo, los escenarios falsos, esas pinturas en las paredes que buscan imitar junglas, desiertos o cuevas. Hay algo acerca de la falsedad de sus ruidos de fondo, las esquinas de sus jaulas, que sé –de corazón- que son inhumanas, pero dan un sentido de orden y posibilidad. Como si otro mundo pudiera existir en el espacio de una habitación, o como si abrir una puerta de tu casa pueda llevarte a una jungla, a un desierto o una cueva. Siempre hubo algo de asombro para mí en esos escenarios simulados del zoológico, un tipo de ficción en el que se puede creer o no.

En los años siguientes, mi hija, mi hijo y hasta mi esposa me decían que preferían no ir al zoológico. Que lo habían visto todo. Estuve pensando mucho en el zoo estas últimas semanas. Estar parado en la semioscuridad, entre los sonidos de animales poco conocidos, anhelando un lugar en el que desaparecer más allá del silencio. Creo que lo que extraño es esa misma sensación de asombro, la incertidumbre de poder pensar en algo más.

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Imaginary landscapes

I appreciate the zoo as the place to go whenever I do not know what else to do.

Twelve years ago, after my daughter was born and my wife returned to work, I was home with the baby during the day and was terrified that everything I was doing was wrong. I could not get her drink milk from the bottle. I could not get her to take a nap. Sometimes she would cry for no reason. She seemed to look at me knowing I was an imposter. I was pretty certain she could sense I had no idea what being a parent, a father, a man meant.

Someone told me the zoo here in Chicago was free. Every Thursday then, for the first year and a half of her life, I would pack up our things and drive over to Lincoln Park, which stretches along Lake Michigan with its ponds and conservatory and play areas for children, all extending from a large, mid-century zoo, with Ape House and Lion House and flamingoes who mysteriously wade in a reflecting pool and never fly away. Every Thursday, we managed a kind of truce. I would place her in the stroller and take her from one darkened exhibit to the other. over the next two hours in a specific order, first the monkey house, which was humid and loud and smelled of disinfectant and urine, then the seals, walking down a ramp that allowed you to view them frolicking underwater, then the lions and tigers who always looked sedated and depressed, and finally the Small Mammal House.

In the Small Mammal House were lizards and snakes, a caiman, mole rats, a bush baby, and a kangaroo rat. It was always darker and much more quiet inside the Small Mammal House and sometimes, by the time we reached it, my daughter had fallen asleep or had become content and listless, seeming to forget the betrayal of having to spend time with me instead of her mother. There we would stand in the pitch dark of the bat exhibit, having found some kind of equilibrium. I cannot describe to you what it meant to have five, ten minutes of silence at that time of my life.

Because what I always loved about the zoo was not the animals, or watching all the different permutations of human relationships parading by. It was the backdrops, the fake settings, the paintings on the wall meant to mimic a jungle, a desert, a cave. There is something about the falseness of the zoo, of the faint backgrounds, the corners of the cages, which I know, in my heart, are inhumane, but give a sense of order and possibility, as if a whole other world could exist in the space of a room, as if opening a door in your house could somehow lead to a jungle, a desert, or a cave. There has always been wonder for me in the simulation of these backgrounds at the zoo, a kind of fiction you can choose to believe or not believe.

In the years since, my daughter and son and even my wife always say they’d rather not go to zoo. They’ve seen everything, they say. I’ve been thinking of the zoo these last few weeks, of standing in the near dark, among the sounds of unfamiliar animals, longing for a place to disappear into something other than silence. I think what I am missing now is the same sense of wonder, the uncertainty to imagine something more.

Joe Meno nació en Chicago en 1974. Es novelista, cuentista, dramaturgo y crítico de música. Ha publicado dos libros de cuentos (Bluebirds Used to Croon in the Choir y Demons in the Spring) y varias novelas, entre ellas la exitosa Hairstyles of the DamnedThe Boy Detective Fails y Marvel and a Wonder. Ha obtenido el Nelson Algren Literary Award, el Pushcart Prize, el Great Lakes Book Award y fue finalista del Story Prize. Chica de oficina fue seleccionada como una de las mejores novelas de 2012 por la revista The Believer y el Chicago Reader. Vive en Chicago, donde es profesor de escritura creativa en Columbia College.

 


Takeshi

Por Carolina Bello

Hay calles cavernosas y fabriles, como el tramo de Propios que desemboca en el monumento y hay una calle que es la esquina de mi casa y el piso del trayecto que hacía para ir al trabajo. Hacía. El lenguaje se empantana en pretéritos hasta nuevo aviso.

Todos los días, lo pienso ahora, oteaba desde la ventanilla a los deudos de alguien en la puerta de Martinelli: a veces eran jóvenes, a veces grandes, a veces pocos. Por un microsegundo todos los días de la vida veía gente sufrir abiertamente, expresar los llantos, los abrazos. A veces cuando la calle se congestionaba les leía los labios y todas las palabras.

Al lado de la entrada principal de esta sala velatoria queda la oficina de la sala velatoria. Hay una chica detrás de un escritorio que tiene el pelo recogido con una cola de caballo de otra época. Me hace acordar a mi madre en las fotos de su casamiento. El mismo peinado.  

Frente por frente está la casa de las flores. Hay rosas rojas, amarillas y rosadas; hay claveles. Todos envueltos en nylon labrado al pulso del infierno. También hay osos de peluche en la vidriera. Osos amarillentos con ojos azules y fríos, sin nada adentro. 

En la esquina de Ejido –dice la historia o la leyenda que en la Montevideo colonial lanzaron una bala de cañón desde la puerta de la ciudadela que al caer acá delimitó la periferia de la futura urbe- hay un comercio con nombre de película de Takeshi Kitano: “Saico”. No sé lo que es, tampoco a qué se dedican. Pero ver Saico es estar en la mitad del camino y tener una curiosidad pendiente.

Más adelante el espectáculo es sumiso: un colegio rico y católico; la chica del puesto siempre acomodando las frutas y verduras con la enjundia de los porteros cuando le pasan Cif al picaporte; el Andorra y el Brecha con el olor a noche de día, cerrados, durmiendo;  el cine universitario que tiene pinturas esmeradas de películas en las paredes, Agadu y los carteles de alguna obra que nunca voy a ver.

El destino es Plaza España. Esa porción de aire y pasto frente a la rambla que a esa altura de la ciudad no tiene playas: hay murallas contra las que se da el río cuando parece un mar que no cesa. Hay palmeras también. Son salvajes y son literatura. A ellas las miraba cada día, como un último encuadre antes de pegar la vuelta por Ciudadela. 

Carolina Bello -Montevideo,1983-. Escritora y periodista. Publicó los libros Oktubre (2018), Urquiza (2016) premio Gutenberg de literatura de la Unión Europea, Saturnino (2013) y Escrito en la ventanilla (2011). Es Técnica en Comunicación Social, cursó la Licenciatura en Letras. Fue asistente de cátedra de Teoría Literaria y docente de periodismo narrativo en Udelar. Entre otros medios escribió en la diaria, Brecha y Quiroga. Actualmente escribe para Revista Afuera y ArteZeta (Argentina) y es guionista para cine documental en Medio & Medio Films.


La oscuridad menos temida

Por Agustina de Diego

Me mira. Un escalofrío recorre mi espalda. Está fresco. No quiero salir. Me insiste y me sostiene la mirada. Aguanta. Siempre fue buena en esto, mientras que yo termino parpadeando. Arrastra la correa que siempre está en la parte baja de la biblioteca. La trae a mis pies. Dejo el libro que estoy leyendo. Me pongo la campera, esa que me llega hasta las rodillas. Toco el botón del ascensor y Sombra acerca la cabeza hasta mi mano, se acaricia sola, mientras yo sostengo la soga que jamás le ato al cuello. La dejo suelta. Libre como la encontré.

Salimos. Ella se aleja, casi al trote, sabe dónde está la plaza y va directo. Yo la sigo unos metros atrás, caminamos por una avenida. Veo al vendedor ambulante de la cuadra recogiendo sus cosas mientras algunas personas tocan sus objetos. Anteojos para ver 3D lo escucho decir, transforma cualquier tele en 3D, insiste. Un pibe se prueba los anteojos y le pide a la novia que le saque una foto. Se ríen. Dejan las cosas donde estaban y se van. El mantero mira a la perra desprenderse de mí, se sonríe, y después me pregunta si quiero un encendedor para el auto. Le digo que no fumo. El tipo se vuelve  con una mueca triste y la oculta mientras mira la bolsa con todas las cosas para vender. Me dan ganas de comprarle algo, lo que sea, no tengo plata.

La gente camina y la toca. Ella se deja absorber por esas manos desconocidas. Otros perros también quieren llegar a ella. La esperan sentados mientras sus dueños los tironean. Se resisten. Sombra parece la reina de una jauría invisible. Una vez que se acerca a ellos, se levantan lentamente y parecen hacerle una reverencia. Sigue de largo, apenas los roza, ellos esperan la señal para irse, ella mira para atrás y se van. La felicito por lo bajo, ¡qué levante! Me mueve la cola y creo que me entiende.

Es de noche. En la plaza se escuchan pelotas de fútbol impactar contra arcos repletos de testosterona. Veo una patota acumulada en un banco, les brillan los ojos y los dientes. Intento bordearla. Me dan miedo los grupos de hombres. Sombra me protege, pase lo que pase. La luz de la plaza puede ser tan tenue como la muda de la piel de una serpiente y, a veces, tan delatora como el grito de una mujer en el medio de una calle silenciosa.

Sombra olfatea el pasto verde y amarronado sin perder de vista a los demás perros a su alrededor. Se les arrima, mantiene la distancia y después les permite acercarse. Arquea su espalda y los invita a un juego de a dos. La miran desorbitados. ¿Qué les dirá?

Caminamos juntas un rato. Nos alejamos de la oscuridad casi total. Atravesamos la plaza por una de sus calles internas, esas que bordean las canchas y donde la gente se sienta a esperar que se haga la hora de lo que están postergando. Ese trayecto es su pasarela. La llaman. Ella me mira a mi primero. Me pide permiso. No se va con extraños. Le digo “anda, Sombra” y avanza hasta sentarse al lado de una pareja. La chica le agarra la cara y la aprecia. Le cuenta las pecas negras sobre el hocico blanco. Le pasa un dedo por las cejas marrones que tiene sobre la cabeza negra. ¿Por qué Sombra? me pregunta mientras me alejo y mi respuesta se pierde en el viento.

Es tarde pero hay gente corriendo. Nosotras seguimos caminando, hasta que decido volver. Ahora ella me sigue a mí. Escucho sus pisadas tocando el suelo. Son pesadas. La noche por momentos me hace estremecer por aquellos ojos que me observan desde un rincón sombrío, de esos desapercibidos, que ignoras que existen hasta la mañana siguiente: pequeños huecos, pequeñas trampas mortales.

Llegamos a casa.  Cuelgo la campera. La correa la dejo en la biblioteca. Sombra se sube al sillón y desde ahí me ve apagar la luz.

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Me mira y algo por dentro me hace transpirar. Hay que salir. No quiero salir. La correa ahora está guardada en un cajón del baño que apesta a lavandina. Busco el barbijo y me paso alcohol en el gel por las manos. Aprieto con el codo el botón del ascensor. Paramos en un piso, una señora da un paso para atrás y entiendo que va a esperar al siguiente. Salimos. Sombra se mantiene cerca. Ella también advierte que algo pasa, que no es como antes.

Llegamos a la avenida y en vez de caminar por la vereda vamos por la calle. El horizonte de asfalto inmaculado parece un rio quieto. No se escucha el murmullo de la gente yendo y viniendo. La luz de un poste titila hasta que se apaga y simula ser el foco de un escenario que acaba de bajar el telón. 150 pasos podemos dar, Sombra, dale, hace pis. Me mira. Mi tía Irma dice que a los perros solo les falta hablar. Para mí los ojos dicen más que las palabras.

Vemos la entrada lateral de la plaza, esa que es asfaltada y está entre un colegio y la iglesia del barrio. Me mira. Decido acompañarla, vamos por la vereda y salimos por la otra calle, pensé, no va  a pasar nada, son pocos pasos, 50 pasos, podemos pasarnos 50 pasos. Entonces veo la plaza. Lúgubre. Desierta. Automáticamente pienso que cometí un error, que me metí en la boca del lobo. Sombra camina despacio. Levanta la cabeza cada vez que la agacha como si buscara que alguien la llame, desacostumbrada a tan poca tranquilidad. Comprendo que aquello que temía no está, no me asusta estar sola. Me muevo como un trompo. Un aire frio se levanta y mueve las hojas del otoño. Se me infla el pecho, recorre por mi cuerpo una idea de libertad que jamás había experimentado y entonces recuerdo, que la presencia de lo intangible me observa y Sombra no puede defenderme de esto. Veo los bancos vacios. Recuerdo. Veo las canchas apagadas. Recuerdo. Veo una pelota tirada sin dueño. Recuerdo. Veo la silueta incorpórea de una chica preguntarme ¿por qué Sombra? Y entonces digo “porque es la oscuridad menos temida”.

La luz que ilumina la plaza delata e invita a retirarse.

Volvemos. Mis manos en los bolsillos buscan evitar rascarme la nariz. Veo la arcada donde siempre estaba el vendedor ambulante. Pensar en dónde estará ahora me estruja por dentro.  Imagino los objetos en el suelo. Veo los anteojos 3D que ni loca me pondría en la cara.  Algo arrugado se mueve entre mis dedos. Tengo plata para el encendedor del auto y ya es tarde para comprarlo.

Agustina de Diego. Estudiante de letras, tallerista, co-conductora del podcast Liter Atlas en Spotify, creadora de la cuenta Agus Recomienda donde comparte, en su mayoría, lecturas de libros escritos por mujeres. En diciembre del 2019 terminó de escribir su primer libro de cuentos.


Jardín Japones

Por Matías Nicolaci

Camino por el sendero de piedras que rodea al semicírculo de césped; allí están el lago, los patos; los puentecitos de listones de madera y cuerda, que recién crucé.

También la bandera con el círculo blanco, inmensamente blanco y redondo como la luna inmensamente blanca y redonda que hay ahora arriba. Sé, porque he venido varias veces a esta hora, que durante la noche la bandera que izan no es la de Japón, blanca con el sol rojo; sino otra, que es su reverso simétrico, roja con un círculo blanco.

Es la bandera de Japón. Pero durante la noche.

Veo las piedras diminutas del fondo; las algas, los peces dorados y naranjas que me rodean. Algo me incomoda, sin embargo. Y no es el frío de las aguas, ni la posibilidad de que el guarda esté vigilando. Porque uno puede bañarse, de noche, en el Parque Japonés.  ¿Y esto por qué?

Porque nada se opone a la noche, el sol es una metáfora; no es sino la noche doblándose sobre sí, autoreferenciándose. Su manera de hablar, de decir: Soy.

Me tomé el 21, que va de Liniers a Palermo, en un tortuoso recorrido de casi dos horas solamente para llegar hasta aquí.

Solamente para escuchar ese “Soy”.  Todo el día oyendo el agudísimo sonido que hace el Scanner cada vez que las cosas se deslizan sobre la cinta. ¿Tiene tres pesos y le doy cien? Nena después cuando termines mirame la caja 10, nena fijate el pelo, qué largo, nena atátelo o cortátelo.

Nena. Nena.

Ahora estoy en Japón. Pero un Japón de noche. Que tampoco es Japón. No sé qué es Japón.

Una vez leí que todo el silencio viene de un solo pájaro. Un pájaro que çanta el silencio. Pero que, cuando el pájaro muera, y entonces calle, todas las letras de todos los idiomas formarán un pegote, junto con las músicas, todas las músicas; también los ruidos, incluso el “blimp” infernal del scanner, y habrá entonces un solo sonido. Como un grito largo, prolongado, interminable.

“Soy”

La suave brisa del verano llega. Me inunda. Y pienso en esa palabra “inundar”. Es más parecida a sumergir que a inundar. Quiero decir, inundar suena más a algo pesado y enorme que se sumerge en las aguas, en lugar de que sean las aguas las que van cubriéndolo todo. Me suena como hundir. Pero como hundir algo especial.

Algo que se hunde, pero cuando se hunde dobla el agua, volviéndola al revés; algo que se hunde en el agua pero entonces, en el mismo acto, cambia el signo y son las aguas las que se hunden en él. Y queda todo como en un instante suspendido, en el que no se sabe qué es lo que se sumerge y qué lo que emerge, qué lo interior y qué lo exterior.

¿Tiene sentido esto que pienso? ¿Qué pensarían ellos, si les dijera?

Llevo, en un brazo, mi tatuaje de las Islas Malvinas , que dice “gracias, papá”.

Todo eso me inunda.

Con ese mismo brazo, mientras miro a la mujer de larga cabellera negra que se baña cerca de la cascada, comienzo a tocarme, despacio.

Y hundo la mano en no sé qué cosa y cuando hundo la mano esa no sé qué cosa se hunde; la mujer lleva constantemente una mano hacia su vientre; yo hundo, y eso se hunde, y nada baja ni sube pero todo queda, diré no en equilibrio (porque no hay paz) sino en una especie de tensión que no se resuelve.

Esa soy yo.

¿Quién?

Esa.

La que está allí, también. Bañándose.

Y la bandera de Japón por la noche, con una luna muy blanca en el centro.

Y el pájaro, ese que canta silencio.

Y los puentecitos de listones de madera y cuerda. Los peces Koi.

Y la voz que dice “Soy”.

¿Qué sabrán ellos mañana, de todo esto?

¿Qué sabrán del Jardín japonés a la noche, qué sabrán de lo pesada que puede ser la vida de una chica como yo capaz de hundir el amplio territorio de la vida en un solo instante?//∆z

Matías Nicolaci nació en Julio de 1983. Su segundo nombre es Rolando. Estudió filosofía en la Universidad de Buenos Aires sin haber obtenido diploma alguno. Es apenas un empleado público del país. Padece de discapacidad social aguda. Habita un departamento de un ambiente -sin cable, sin internet, sin televisor y sin teléfono- cuya ventana destila luz hasta las cinco de la mañana; dicen que lleva escritos cincuenta y ocho cuadernos los cuales contienen -además de una letra temblorosa y desprolija- algunas páginas de literatura. Publicó la novela Errar en 2013 y el libro de cuentos El tren de los suicidas en 2015 por añosluz editora.