Melancolía y la música infinita

Una playlist íntegramente con canciones de Smashing Pumpkins, seleccionadas por nuestro Santiago Farrell.

Antes que nada, hay que decir que esta lista es una respuesta al desafío lanzado por nuestro brillante Claudio Kobelt en su emotiva playlist de dos partes, Melodías vibradoras. La descripción que hizo de El Otro Yo y cómo se relaciona con su vida me hizo pensar en un equivalente para la mía y ahí aparecieron los Smashing Pumpkins. Banda de mi arquetípica adolescencia alineada y variopinta, me acompañaron en tantos momentos que aún hoy escucharlos me trae asociaciones vívidas, y nunca salieron de mi radar musical. Representan para mí no sólo una fuente de emoción, sino también un faro en mi manera de entender la música.

Aquí va, entonces, mi humilde selección. Salvo por dos excepciones, esta lista consta exclusivamente de temas de tres discos: Siamese Dream (1993), Mellon Collie and the Infinite Sadness (1995) y Adore (1998). Podrá parecer limitado, pero es que con los Pumpkins se percibe una clara y firme línea divisoria; a todo lo que vino de Machina/The Machines of God (2000) en adelante le faltó esa chispa de la trilogía clásica… y de Zeitgeist (2007) en adelante, directamente faltan integrantes. Nada que sea un problema, porque los tres discos que forman la base de esta lista cuentan con material de sobra.

“Tonight, Tonight”, de Mellon Collie and the Infinite Sadness (1995).

Mi puerta de entrada a la banda —y calculo que la de tantos otros fans— gracias a ese espectacular video homenaje a Le voyage dans la lune. Sónicamente, es un comienzo espectacular de uno de los discos más ambiciosos de su tiempo, y la prueba de que las Calabazas podían rockear sin necesidad de distorsionar. “Creé, creé en mí / Que la vida puede cambiar, que no estás trabado en vano”, canta Corgan con un optimismo inusual en él, y resulta difícil no hacerlo en este caramelo pop, relleno de guitarras de ensueño, despedidas (“y las vidas cambian para siempre / nunca vamos a ser los mismos / y más cambiás, menos sentís”) y uno de las mejores aplicaciones de una orquesta a un tema de rock. Cada día más especial.

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“Zero”, de Mellon Collie and the Infinite Sadness (1995).

“Tonight, Tonight” pronto es barrido por una tormenta de distorsión y furia que toma por asalto el disco uno de Mellon Collie, y “Zero” es su punto neurálgico, el estandarte ideológico, ya desde el riff totalmente mala onda que arranca todo. “Guardate las oraciones / para cuando realmente las necesites”, grazna Corgan en medio de un peloteo de guitarras robóticas, y refuerza el nihilismo a martillazos: “Dios está vacío como yo”. Oro en polvo para cualquier ocasión de rabia adolescente, pero también un notable poder de fuego sonoro para cualquier oído, con una masa de violas de nubosidad variable según las necesidades del tema.

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“Here Is No Why”, de Mellon Collie and the Infinite Sadness (1995).

Este track retoma el mensaje de “Zero” sobre una base más puntillosa, dando un resabio conceptual a la queja adolescente desprovista de autoestima a la que tantos de nosotros fuimos abonados. Recuerdo lo ridículamente identificado que me sentía con “y en tus tristes máquinas/por siempre te quedarás” en aquellos años de alienación… ¿Cómo podría Corgan haber predicho la adicción al MSN en pleno 1995? Pero toda canción es letra y música, y cuando este tema donde no hay por qué incendia las estrofas con una andanada de destrucción y yeites, finamente regulada en cada vuelta, se transciende el cliché de lo dicho.

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“Cherub Rock”, de Siamese Dream (1993).

No hay nada mejor que arrancar un disco con una declaración de principios, y el primer tema de Siamese Dream tiene dos: la de la letra (una poco sutil afronta a la escena alternativa de principios de los noventa, con la que el ambicioso Billy siempre se llevó mal), encarnada en ese “LET ME OUT” del puente; y la sónica, desde la base onda martillo-de-los-dioses de Jimmy Chamberlin hasta el aserradero de guitarras rítmicas, pasando por una de las mejores introducciones de la década y el retorcido solo que suena como si la viola estuviera reproduciendo el vuelo errático de una mosca. Victoria por donde se lo mire.

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“Rhinoceros”, de Gish (1991).

Única composición de la banda fuera de la trilogía sagrada de discos, “Rhinoceros” entra a esta lista por vaticinar lo que vendrá: guitarras psicodélicas que entran al tema como parodiando la cortina de La Pantera Rosa, un lento desarrollo, explosión, un final hirviente… pero sobre todo, una visión estructural pretensiosa y la voluntad de arriesgar para ganar, algo más raro de lo que parece en el ideario rockero de los noventa. Esto la deja lejos como mejor tema de Gish, un debut que sin ser malo muestra claramente a una banda aún en busca de rumbo y destino. El germen de lo que tan sólo dos años más tarde sería un triunfo se puede presagiar en estos seis minutos.

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“Hummer”, de Siamese Dream (1993).

Una de las herencias musicales que más rescato de los Pumpkins es que el rock podía ser pensado como arte, podía dar productos tan viscerales como elaborados. “Hummer” es un ejemplo bien ilustrativo de esa visión: acá no solo hay gran cantidad de guitarras, sino también variedad, desde el riff podrido à la My Bloody Valentine que arranca la acción hasta las violas celestiales repletas de delay del final, todo en una estructura que oscila entre el poder destructivo y melodías prístinas. En suma, un disco adentro del disco.

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“Thru the Eyes of Ruby”, de Mellon Collie and the Infinite Sadness (1995).

Otro ejemplo de la visión anterior, llevado a la apoteosis. Esta gema del disco dos de Mellon Collie…, en la que participan unas setenta pistas de viola, es uno de los mayores logros del rock de los noventa. El pase de la estrofa psicodélica (que nunca vuelve a repetirse) a la explosión de distorsión del estribillo es sencillamente sublime, momento obligado para subir el volumen. Y ese estribillo se estira y se retuerce hasta alcanzar alturas insospechadas, vuelve a la forma original, baja un poco… Es una montaña rusa. Hasta le meten una coda preciosa para dejarte respirar. Aún hoy pocas canciones me parecen tan intensas.

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“Soma”, de Siamese Dream (1993).

El estupor ante el amor perdido se manifiesta en este temazo promediando Siamese Dream,  y por tres minutos y medio el dolor queda atónito en olas de guitarras reverberantes, los susurros de Billy y hasta un piano tocado por Mike Mills de R.E.M. “Un último beso de buenas noches”, pide Corgan, y pinta como una elegía. Pero en algún momento la cosa tiene que doler de verdad, y la otra mitad del tema da paso a una aplanadora sónica que devasta tímpanos, con un solo chillante que alcanza intensidades volcánicas, desamor hecho fuego. En más de una ocasión ese caos finamente orquestado fue mi refugio de elección.

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“To Sheila”, de Adore (1998).

Ya dijimos que Corgan tiene un gran talento para los principios, y el cuarto disco de los Pumpkins no es la excepción: después de la virulencia megalómana de Mellon Collie, Adore abre con una delicadeza inaudita, puerta de entrada a un mundo encantado y perturbador al mismo tiempo. “To Sheila” sobresale por su impresionante trabajo gestual, que pide ser puesto a todo volumen para escuchar la coordinación del ejército de cosas que revolotean atrás de guitarra y voz. Todo desemboca como un relojito en un estribillo tan simple como hermoso, más enfático con cada vuelta. Un enorme comienzo para uno de sus discos más controvertidos.

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“Ava Adore” de Adore (1998).

Una excepción a la regla en el conturbado Adore, “Ava Adore” ostenta guitarras distorsionadas al frente, si bien sobre un beat robótico bien marcado. Es uno de los momentos de mayor volumen en el disco, y suena apropiadamente épico con su “nunca debemos apartarnos” y el solo armonizado del medio. Puesto tan al principio del álbum, resulta engañoso, un último ascenso antes de sumergirse en las profundidades. Pero funciona de maravillas por sí solo, portador de un pulso demoníaco. Banda sonora de no pocos veranos de mi adolescencia.

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“Tear” de Adore, (1998).

Un bolero gótico sobre un accidente de tránsito fatal. Originalmente pensada para una película de David Lynch, “Tear” encaja sin problemas en la hipnosis inquietante de Adore con una producción superlativa. La clave está en el juego de la dinámica, cómo alterna entre silencios casi totales y propulsión briosa con elementos disímiles (guitarras Pumpkin clásicas, orquestas digitales, la voz de Corgan y una percusión de elefante) y una melodía alarmante, puro thriller noir. La frutilla del postre la brinda la vuelta final, que repite la calladísima estrofa del principio a todo trapo.

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“Pug”, de Adore (1998).

Cuando salió Adore, la ira pasó de la música a buena parte de los fans, que sólo escucharon un disco tecno de canciones de amor. Este tema prueba que hacían oídos sordos, ya que trasciende la etiqueta combinando loops de Atari com guitarras bastante distorsionadas para formar contra todo pronóstico una marcha fúnebre pero impetuosa, imposiblemente rockera, una de tantas paradojas de Adore.Y de amor no tiene nada: acoso por teléfono y pedidos de violencia (“vaciame y pateame fuerte/susurrá secretos para mí/tratá de irte de mambo”), cantados con la nasal voz de Billy en su tono más dulce, suenan cada vez más siniestros, a tal punto que el tema te deja una coda para derretirse lentamente. Las apariencias engañan.

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“1979”, de Mellon Collie and the Infinite Sadness, (1995).

Un himno a la melancolía por la adolescencia —si bien en el año del título Corgan tenía doce años—, “1979” es el núcleo emocional de Mellon Collie, un hit instantáneo que se filtra al cerebro y al corazón por igual. Este tema, que pese a todo estuvo a punto de quedar afuera del disco, evoca momentos de despreocupación y alegría juvenil, reforzado por otro video genial. Pero también es una visión del futuro: su loop de batería, guitarras discretas y la nostalgia de la letra muestran una conexión directa con el amor perturbado de Adore. El año podrá ser otro, pero es difícil encontrar a quien no tenga su 1979 en la memoria; siempre que quiero viajar al mío, ahí tengo el tema.

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“Galapogos”, de Mellon Collie and the Infinite Sadness (1995).

El drama del amor adolescente (no se sabe bien por qué, pero así es), la conexión con otro, el pasado que condena, el también clásico ardor púber de “no estar a la altura”. Sería un mensaje trillado si no fuera por el riff precioso que abre el tema, el ritmo de terciopelo que pone toda la banda y la nobleza de no hacer la más fácil: en los estribillos y sobre todo en el final, aumentan la intensidad, pero nunca caen en la erupción guitarrera que muestra buena parte del primer disco de Mellon Collie. Toda una proeza, una de tantas en esa obra maestra.

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“Thirty-Three”, de Mellon Collie and the Infinite Sadness (1995).

Supuestamente letra y título son una referencia a Jesús, lo que podría dar lugar a extensas elucubraciones y dejó un par de frases que nunca salieron de mi mente (“pero siempre encuentro a mis amigos en las mismas viejas guaridas”, “mañana es tan sólo una excusa”). Pero lo más interesante de este clásico es con qué detiene la andanada metalera que arranca el disco dos: una máquina de percusión, una acústica y unas guitarras bañadas en phaser que chillan aleatoriamente. Esta bizarra combinación crea un tema único, primo lejano de Adore pero hasta ahí, extrañamente positivo, nunca retomado en la discografía de las calabazas. Y tentador para cantar a los gritos, para desgracia de mis vecinos.

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“Geek U.S.A”, de Siamese Dream (1993).

Lo primero que salta a la vista en este temazo es el espectacular tanque rítmico que descarga Jimmy Chamberlin desde su batería, el otro componente clave del sonido Pumpkin junto a las violas; acá muestra su impecable técnica, ya que logra sonar fuera de sí sin perder el control ni un segundo. Corgan toma esa potencia y la empareja con riffs hipnóticos, casi como mantras distorsionados, yeites que entran y salen por todas partes y la generosidad de poner un intermezzo tranquilo donde toma carrera para la embestida del solo principal. Mención de honor para el riff final, una alegre marcha de la muerte en cámara lenta.

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“The Tale of Dusty and Pistol Pete”, de Adore (1998).

Enterrada en el último tercio de Adore, esta balada es una de las menos ornamentadas del disco. Capas de arpeggios en acústicas, una sección de ritmo discreta y efectiva, ese pulso tan particular en el arranque  y un par de cosas más bastan para darle forma. Pero menos resulta más en un disco que agita esa bandera sin necesariamente adoptarla gracias a una melodía inexpugnable, trabajada por Corgan con cuidado artesanal en esta historia de una pareja. El estribillo logra sonar épico e intimista a la vez, y queda comprobado: había vida después de Mellon Collie.

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“For Martha”, de Adore (1998).

Casi todos los discos de los Pumpkins cuentan con un tema “épico”, esto es, largo, donde Billy consiente todas sus ínfulas progresivas. El de Adore es una elegía a su por entonces recientemente fallecida madre, pero es una épica inusual. Extendido por casi nueve minutos, “For Martha” sorprende con riffs de piano tan simples como delicados, un ambiente de dolor intimista, con una frases agudas (“sombras mantenidas con vida”), y la naturalidad con la que el tema avanza despacito hacia la pseudoexplosión guitarrera del ¿clímax?, amagando constantemente entre lo grandioso y lo mínimo. Como todo clásico en la memoria de cualquiera, ya tuvo su oportunidad para consolarme a mí ante una triste pérdida.

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“Bullet With Butterfly Wings”, de Mellon Collie and the Infinite Sadness  (1995).

La otra marcha de la bronca promediando el primer disco de Mellon Collie, “Bullet With Butterfly Wings” se la agarra con la industria musical y la ardua vida de una megaestrella de rock con millones de dólares. Sí, la letra no es gran cosa, pero musicalmente es un triunfo visceral, desde el ritmo tribal de tambores de Chamberlin que pone las cosas en marcha hasta ese momento épico alrededor de los dos minutos y medio donde la distorsión revienta los parlantes. A partir de ahí, el tema te agarra de la yugular: nunca Corgan sonó tan poderoso como cuando canta alegorías religiosas sobre un riff montado por una cordillera de violas en el puente. Mención de honor para la guitarra con wah wah que parece reírse de él sobre el final.

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“Landslide”, de Pisces Iscariot (1994).

Trampa en todos los sentidos: ni siquiera es un tema Pumpkin, sino un cover de Fleetwood Mac. Pero no es nada nuevo decir que muchos artistas suelen adueñarse de los temas a los que rinden tributo (pregúntenle a Trent Reznor qué opina de la versión de “Hurt” hecha por Johnny Cash), y es lo que sucede acá. Billy lo canta con tanta pasión que el alud emocional del título cobra vida, y entre esa metáfora y “hasta los chicos envejecen / y yo también estoy envejeciendo”, se llevan puesta toda resistencia. La mejor definición la da el adolescentísimo post de un usuario en un sitio de letras que leí alguna vez: “el tema te da ganas de ponerte un suéter y llorar”.

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