Martín Caparrós: “Me interesa contar cosas para ver qué significan”

Repasamos con el escritor algunos de los tópicos más importantes de su carrera: la crónica, el periodismo, el lenguaje, la religión, la muerte, la política, el cine, la militancia revolucionaria y el fútbol. 

Por Pablo Díaz Marenghi

A Martín Caparrós (1957), uno de los escritores más destacados de habla hispana y referente dentro del periodismo narrativo, se le mezclan algunos términos argentinos y españoles. Su castellano se vuelve híbrido y esto, en parte, habla de su identidad: “Ser argentino es dejarse embeber por una cantidad de distintas tradiciones. Es una ventaja que tenemos, si es que tenemos alguna. No pertenecemos, en el sentido fuerte de la palabra pertenecer, a una tradición única y podemos escondernos en la que nos de la gana a cada rato”. Trabajó con Jorge Lanata y con Rodolfo Walsh. Ganador del Premio Herralde (Los Living, 2011) y de la Beca Guggenheim, ha construido una obra en más de cuarenta años de trayectoria con notables piezas de ficción y no ficción. Escribió sobre la militancia revolucionaria, historia, política, fútbol y sobre la muerte, tema que retorna una y otra vez en su obra.  Hace poco publicó Sinfín (Literatura Random House) novela en donde se plantea la posibilidad de prolongar la existencia a partir de la tecnología y los dilemas que ello conlleva. En una sintonía que podría remitir a otra novela argentina: Los cuerpos del verano, de Martín F. Castagnet (Factotum).

Se licenció en historia en París y es considerado, junto con Leila Guerriero y Juan Villoro, un maestro de la crónica, aunque no se resigna ante dicha consagración y continúa pensando sus límites y tensiones. Escribe, en gran parte, para entender mejor lo que está a su alrededor.

AZ: En tus crónicas se observa una preocupación por entender además de por narrar. ¿Coincidís?

Martín Caparrós: Sí, y no solamente. Una novela como Echeverría (2016) o Ansai o los infortunios de la gloria (1984), novelas más argentinas, pero claro, también El interior (2006), u otros textos por el estilo. Últimamente, como objeto de comprensión, me interesa América Latina: qué es y en qué consisten, si acaso, sus rasgos comunes. Me parece que vale la pena ahondar en cuales son esos rasgos comunes. Creo que hace muchos años que no pensamos América Latina, que no intentamos armar alguna síntesis de qué sería esa región, esa cultura y esa forma de vida.

AZ: Ezequiel Martínez Estrada fue un ensayista e intelectual notable interesado en comprender su realidad. ¿Encontrás una relación con su obra?

MC: No es un referente demasiado presente para mí. El trabajo del intelectual, con el perdón de esa palabra tan denostada, es tratar de entender el tiempo y el lugar donde vive y algunos otros, eventualmente también, o que elige como materia de su interés. No vivo en Argentina en este momento y, sin embargo, está claro que sigue siendo mi objeto principal. Ese es el viejo trabajo del intelectual. No estoy de acuerdo con abandonarlo, como algunos suponen que se debería hacer.

AZ: ¿Creés que se fue perdiendo la figura del escritor como intelectual?

MC: La palabra intelectual, como casi todas, acepta muchas definiciones. Creo que la última definición fuerte tuvo que ver con una época en la que había un proyecto político fuerte, el último proyecto político fuerte, donde muchas veces el intelectual funcionaba como un portavoz, no como un crítico sino como un reproductor de ciertas ideas recibidas. Por suerte, eso prescribe. Por un lado porque no hay un proyecto político hegemónico y, por otro lado, porque ha quedado bastante clara la inutilidad de esa función. Ha quedado muy desprestigiada. Me interesa el intelectual como el pensamiento crítico. Aquel que no cree en lo que ve, no cree en lo que le cuentan y trata de entender un poco más allá usando para eso, también, las herramientas de la crítica. Cuando se habla hoy de intelectual todavía se piensa en alguien que ha tomado un partido férreo y que busca la manera de adelantar los intereses de ese partido que ha tomado.

AZ: En toda su obra se evidencia una preocupación eximia por el lenguaje.

MC: ¿Cómo no me voy a preocupar por el lenguaje si trabajo con él? Es mi herramienta, mi manera de ver el mundo y de pensarlo. Es lo único que tengo. Si no me preocupara por encontrar las mejores formas posibles de usarlo o de no ser tan usado por él, bueno, ¿qué estaría haciendo? A veces me sorprende que a alguien lo sorprenda. Me desconsuela un poco con respecto al uso del instrumento que predomina en esta época. Sería raro que se le dijera a un pintor que presta mucha atención a los colores, que se preocupa por la combinación y las formas. ¿Cómo se puede alguien sorprender porque un escritor se preocupa por lo que escribe? Y sin embargo, hay como una idea de que quizás deberíamos resignarnos a una prosa funcional. Supongo que es otro signo de la época.

AZ: En una entrevista reciente te preguntaron por el lenguaje inclusivo y dijiste que no lo veías como algo malo ya que veías al lenguaje como algo mutante, en constante cambio.

MC: Sí. El lenguaje es puro cambio y, al mismo tiempo, es pura costumbre, puro conservadurismo. Uno se acostumbra a que cuando dice mamá está refiriéndose a una señora que lo parió y lo cuida . Se acostumbra que cuando dice comer está refiriéndose a llevarse alimento a la boca. El lenguaje es, antes que nada, un conjunto de costumbres. Pero, quizás más notoriamente que todas, es una costumbre de cambio permanente. Entonces, sentirse ultrajado, indignado por uno de esos cambios me parece tonto y, al mismo tiempo, me parece válido discutir cualquiera de esos cambios. Pero no porque sean cambios sino porque pueden no parecerte correctos, interesantes o inteligentes.

AZ: ¿Cómo te condicionó el viajar a la hora de escribir?

MC: Trato de pensar que no escribo sobre el viaje, o lo hago muy pocas veces, pero que, a veces, las cosas que quiero contar suceden en otras partes. Mis viajes no me parecen una parte significativa de ese relato. Lo que creo que aprendí mirando lugares muy distintos es, justamente, que hay lugares muy distintos. Así como hay tiempos muy distintos. Vivimos en una especie de disminución a-histórica y a-geográfica. Nos parece que lo que sucede en nuestro momento es lo que siempre sucederá y que lo que sucede a nuestro alrededor es lo que sucede en todas partes. Y ni la una ni la otra son ciertas. Pero nos cuesta entenderlo. Eso muchas veces nos paraliza. Al entender que las cosas han sido muy distintas uno sabe que las cosas van a seguir cambiando. Y al entender que en otros lugares las cosas no son como en el lugar donde uno esta, uno entiende que lo que sucede a tu alrededor es relativo, modificable; parte de un todo mucho más complejo. Para eso me sirve viajar como me sirve haber estudiado historia.

AZ: Y ante estas diferencias, ¿te has encontrado con situaciones que te han desafiado a la hora de comprenderlas o narrarlas?

MC: No me encuentro con cosas: encuentro cosas que voy a buscar. Muchas veces me pasó estar frente a situaciones que quizás no había imaginado o suponía que no podrían suceder. Pero trato de encontrar la forma de contarlas y de entenderlas. Esa es un poco, también, mi pelea con cierta forma de la crónica tras que se limita a lo narrativo sin hacer un esfuerzo de comprensión. A mí me interesa contar cosas para ver qué significan, cómo se inscriben dentro de un conjunto, qué perspectivas producen. Hay como cierta crónica que quiere delimitarse a narrar. Eso no me conforma.

AZ: También sería pensar en las bases del buen periodismo, o para qué sirve el periodismo en una sociedad.

MC: Bueno, supongamos que sirve para algo (risas). Creo que cuando vale la pena y está bien hecho, sirve para que te preguntes un poco más por qué pasan las cosas y encuentres, acaso alguna respuesta que no imaginabas. O, por lo menos, te quedes con la duda, que siempre es un excelente primer paso, ¿no?

AZ: Respecto al periodismo, has criticado la idea tan remanida de “la gente ya no lee” o de que, a veces, los medios piensan en lectores que no leen.

MC: Ahí hay varias cuestiones. Uno no sólo hablaría de cambio en las formas de lectura y escritura sino, sobre todo, cambio en las formas de contar, que pueden pasar por la escritura y la lectura o por otras formas de relatos. No me parece que haya que condenar algunas en favor de otras. Me parece que estamos en un momento en que los cambios técnicos notables que ha habido en este campo hacen que se abran muchas formas nuevas de contar. Vale la pena estudiarlas y trabajarlas pero con el propósito de contar mejor cosas que valen la pena de ser contadas. No es lo que hacen muchos escritores que piensan en una especie de monstruo imaginario que han inventado que es el “lector que no lee”. Un lector se define por leer. En el sentido más amplio. No sólo texto escrito, sino todo tipo de relatos (imágenes/videos). Trabajan para ese lector al que desprecian y hacen lo posible con ese trabajo voluntaria o involuntariamente por producir lectores despreciables porque le dan basura y los acostumbran a la basura. Ahora, encima, tienen esta justificación nueva que consiste en el alivio de la cantidad. Los medios gráficos han accedido hace muy poco a la lógica del rating, como la televisión o la radio. A partir de la web hay formas hiper precisas de medir la respuesta del público. Con lo cual, estos editores timoratos tienen la mejor justificación para ofrecerle a su supuesto público lo que supuestamente quiere. Que, muchas veces, es basura. Por eso digo que, últimamente, habría que pensar si hacer periodismo ya no es, como decían hace un tiempo, contar una cosa que alguien no quiere que se sepa sino contar una cosa que muchos no quieren saber. O sea, no guiarse por la supuesta cantidad de esos medios web y demás sino guiarse por la idea que uno tiene de lo que vale la pena de ser contado. Para eso nos pasamos años y años trabajando. Para saber qué es lo que vale la pena ser contado más allá de que si ponés cuatro rubias en tetas haya cien mil personas que te den like en una hora.

AZ: Hace poco se reeditó tu novela La Historia. ¿Cómo fue el proceso de escribirla, y cuál es tu relación con esa novela?

MC: No es que tenga una relación particular, creo que es lo mejor (por no decir lo único) que escribí en mi vida. Simplemente eso. Es más interesante que todo el resto de lo que he escrito. A veces me sorprende un poco que a nadie más le parezca pero bueno, estaré equivocado yo o estarán equivocados todos ustedes, vaya uno a saber. Es un libro de unas mil páginas que recrea una civilización imaginaria que no puede haber existido en ninguna parte, recrea el raro castellano que se podría atribuir a esa civilización, por medio de unos textos, una enorme cantidad de notas y, a veces, esas notas son libros enteros de esa civilización. Me pasé como diez años escribiéndolo pero no es solo por eso que me interesa sino porque creo que es, como te digo, lo mejor que hice en estos cuarenta años que llevo escribiendo. Me parece que debe ser una lectura relativamente difícil. Demanda esfuerzo, incluso. Está escrito con una prosa rara. No se sabe bien del todo en qué orden hay que leerlo. Hay que dejar de lado una cantidad de prejuicios. No te cuenta ninguna historia particularmente intrigante. Quizás todos esos sean problemas. Yo creo que al contrario, son virtudes.

AZ: Otra novela muy interesante tuya es Los Living en donde aparecen temáticas recurrentes en tu obra como la muerte y la religión.

MC: Yo pensaba, en algún momento riéndome de mí, que Los Living es una nota al pie de La Historia. Es una de las cuatroscientas notas que tiene La Historia (o quizás más, nunca las conté). Porque en muchas cosas tiene esa estructura, esa característica y ese tema. La Historia también habla de una civilización que está tratando de conseguir la vida eterna. Hay como una revolución para tratar de conseguir la vida después de la muerte y Los Living, de algún modo, tratan de lo mismo. Es uno de mis temas recurrentes y también, como decís, el tema religioso. Me parece uno de los relatos más interesantes que nuestra cultura ha creado. Me interesa mucho pensar sobre ella, recrearla, mofarla eventualmente, como en mi novela Un día en la vida de Dios (2001). Hay poca literatura que haya tenido el éxito y influencia que tuvo la religión en nuestra cultura. Poca no, ninguna. De tanto en tanto nos creemos que la religión está en declive y después descubrimos que lo que estaba en declive era una religión pero hay otras que, de algún modo, ocupan su lugar. Cuando parecía que cierto fanatismo católico cedía el paso apareció, por un lado, cierto fanatismo islámico y por otro lado, en América Latina ciertas formas de poder que tienen que ver con los cristianos y los pentecostales que cada vez tienen más influencia en la política. La religión sigue siendo, mal que nos pese, uno de los datos fundamentales de nuestra civilización.

AZ: Has escrito mucho sobre la militancia política revolucionaria de los setenta. ¿Creés que ya has escrito todo lo que podrías escribir sobre eso?

MC: Diría que sí pero también lo creí en 1981 cuando terminé No velas a tus muertos y con mucha más razón lo creí en 1998 cuando terminamos La voluntad y, sin embargo, diez años después escribí A quien corresponda. Espero no volver. Es un tema sobre el que, efectivamente, ya publiqué cinco o seis volúmenes. Está bien. Y, además, no tengo mucho más que decir. Es un tema que para mí fue decisivo, básicamente porque fue mi experiencia en esos años decisivos que suceden cuando uno es un jovencito, un adolescente. Después, por supuesto uno siguió pensando sobre la cuestión, pero creo que lo que tenía para contar sobre el asunto ya lo he contado.

AZ: En los ochentas, cuando te tocó volver a la Argentina, participaste de experiencias que hoy en día vuelven a analizarse (la revista El Porteño, los comienzos de Página 12, el “destape”, Radio Belgrano). ¿Cómo la recordás esa época?

MC: Es curioso porque ahora, con el tiempo, me he ido construyendo un relato de inocencia original para esa época. A la distancia la leo así. Como una época en la que confiábamos en toda una cantidad de cosas. Pero también recuerdo que cuando estábamos viviendo eso me parecía, más bien, una época blanda, un poco ambiciosa comparada, justamente, con los años setenta, cuando había habido todos estos movimientos disque revolucionarios, ¿no? Entonces, digo, es curioso como uno se elabora a posteriori relatos sobre ciertos periodos de su vida que, en general, no coinciden con la forma en que los vivía.

AZ: ¿Cómo es tu relación con el cine y los relatos audiovisuales?

MC: Veo bastantes series. Me hizo mucha gracia descubrir cómo las series cambiaron mi idea sobre las películas. Uno se pasó años pensando a las películas como el equivalente audiovisual de una novela. Y las series nos han mostrado que, en realidad, las películas eran cuentos y la novela es la serie. Uno tiene, con una serie, el mismo tipo de relación que con una novela: la ves de a poco, te vas dejando llevar, vas conociendo los personajes, que entran, que salen, regula los tiempos en que la ves. Me interesan mucho las series. El otro día me reía pensando que probablemente ya hayamos llegado a esa época triste en que uno puede empezar a pensar que las mejores ya se hicieron, que buenas series eran las de antes y establecer una especie de corpus clásico al cual mira con cierta nostalgia. De hecho, las últimas series que vi fueron Deadwood y Los Soprano, que las estoy volviendo a ver. O sea, estoy releyendo.

AZ: En algunos filmes te tocó actuar (Quién mató a Mariano Ferreyra, de Alejandro Rath y Julián Morcillo, 2013, Tiempo después, de José Luis Cuerda, 2018). ¿Cómo te sentiste en ese rol?

MC: La paso muy bien. Es un terreno en el que no me juego nada. Simplemente me divierto, me entretiene. Creo que no lo hago del todo mal pero no me estoy jugando nada. Es puro placer. Además es genial, en un punto, esto de ser todo lo contrario de un escritor: el escritor es un tipo que está radicalmente solo, en su casa, y tiene que inventar absolutamente todo aquello que va a ofrecer. En cambio, un actor trabaja con mucha gente que te dice todo lo qué tenés que hacer (cómo tenés que vestirte, pintarte, moverte, qué decir, qué gestos hacer y dónde pararte). Sos un instrumento. Eso es genial, de vez en cuando si, en general, tu vida es todo lo contrario. No lo soportaría mucho tiempo. Es un verdadero gusto ser una marioneta que otros manejan y tratar de dejarte manejar con la mayor gracia posible.

AZ: ¿Qué análisis haces de la coyuntura política argentina actual?

MC: Suelo hablar de lo que en argentino llamaría el país calesita, en otros castellanos se podría llamar el país carrousel o el país tiovivo; uno que parece que se moviera pero, en definitiva, está siempre dando vueltas sobre sí mismo y no va a ninguna parte. Esa es un poco la sensación que me da, lamentablemente, la Argentina en las últimas décadas. Los problemas que se producen son siempre los mismos, siempre un poquito peores que antes y cada vez aparece menos la esperanza de que haya soluciones radicales. Creo que estas elecciones lo muestran muy claro. Una cantidad de gente vota con la esperanza de que las cosas estén un poco mejor, conducidas por un sector que ya gobernó durante doce años y que había sido rechazado por la mayoría de la población. Ante el hecho de que otros que gobernaron y lo hicieron incluso aún peor que los anteriores, algunos que habían rechazado a los anteriores ahora dicen: “bueno, quizás no eran tan malos”. Pero eso no es un gesto de esperanza. Es un gesto de resignación. Parece que lo central de la Argentina últimamente es esa resignación, muy bien disimulada, porque somos un país gritón, protestón, aparentemente indomable. Pero, al fin y al cabo, me parece que llevamos varias décadas resignados a que no encontramos la manera de salir de esta calesita.

AZ: Sos hincha confeso del club Boca Juniors, sueles prestarle mucha atención al fútbol y has escrito mucho sobre el tema. ¿Qué vínculo tenés hoy en día con este deporte?

MC: Sigo escribiendo de fútbol para el New York Times en algunos partidos importantes. Me interesa. También intento entender en qué se está transformando el fútbol globalizado. En ese sentido, lo último que me impresionó mucho fue la malhadada final entre Boca y River que Argentina fue incapaz de organizar y que, por lo tanto, entregó a la ciudad de Madrid. Al día siguiente de esa final yo estaba bastante molesto por el hecho de haber aceptado que no somos ni siquiera capaces de organizar un partido de fútbol. Lo cual me parece, hablando de resignación, un grado de resignación extraordinario. Fui al partido, escribí sobre él. Por supuesto, no me gustó que Boca perdiera pero eso cada vez me importa menos. Lo que me impresionó fue que al día siguiente vi en un programa de televisión aquí, en España, a un hincha de Boca que después del partido estaba sentado en un cordón de la vereda, desconsolado, con el rostro lloroso entre las manos, la cámara se le acercaba, le preguntaba qué le pasaba y él decía que era el peor día de su vida. Que el año pasado, decía él, se había muerto su mejor amigo pero eso no era nada comparado con el dolor de esta derrota. A mí me agarró una especie de ataque. Me pareció, de pronto, que si un espectáculo puede crear semejante equívoco, semejante confusión, hay algo en ese espectáculo que se fue al carajo. A partir de eso, empecé a pensar un poco esta idea tan difundida por los hinchas argentinos del amor por los colores, desde el cielo te voy a alentar y me parece que hay algo terriblemente equivocado en todo eso. El fútbol es un juego súper atractivo, que vale la pena disfrutar de vez en cuando pero hay unas pocas cosas en la vida por las que vale la pena morir y el fútbol, ciertamente, no es una de ellas. //∆z