Lo mejor 2019: Discos internacionales

Estos son los diez discos internacionales más destacados de 2019.

Por Pablo Díaz Marenghi, Rodrigo López, Juan Martín Nacinovich,
Matías Roveta y Joel Vargas.

Ilustración de Julieta Heredia

10) Anima – Thom Yorke – (Unsustainabubble Ltd – XL Recordings Ltd)

El alma matter de Radiohead confesó a la prensa que sufrió de ataques de pánico y que padeció de un bloqueo compositivo severo. Durante casi dos años le costó componer canciones. El fruto de ese complejo letargo fue Anima, su tercer álbum solista, compuesto de nueve tracks que exploran una paleta de sonoridades propia de la música electrónica. Sintetizadores, programaciones, beats percusivos en loop se despliegan a la vez que la voz de Yorke se despedaza y vuelve a reagruparse. Como de costumbre, la producción estuvo a cargo del siempre excelso Nigel Godrich, quien también participó de la composición. Hay paranoia y repetición que enfatiza lo rítmico en “Twist”, hay un dance maquínico en “Traffic” acompañado de palmas y sinthes, dance robótico en “Not The News” y hasta mid tempos de balada minimalista que remite a The Postal Service en “Dawn Chorus”. ¿Los temas que recorren este álbum? Hay algo del amor, como siempre. También la soledad, la alienación y el oprobio aplastante de la sociedad postcapitalista contemporánea. Algo que se potencia en el corto homónimo, dirigido por Paul Thomas Anderson y lanzado a través de la plataforma Netflix en donde se lo ve al mismísimo Yorke vestido con un mameluco gris en una suerte de distopía urbana corriendo, saltando y representando mediante coreografías (que remiten a la atmósfera pergeñada en Buenos Aires por La Organización Negra y su obra U.O.R.C), la opresión de la sociedad de consumo y la hiper industrialización de la vida cotidiana. Una experiencia audiovisual que enriquece al álbum y propone un visionado ambicioso: invita a la introspección, a la duda y abre paso a la incertidumbre. La música de Yorke invita a no seguir indemne ante el ritmo frenético que se le propone al ser humano promedio. Pablo Díaz Marenghi

9) Thanks for the Dance – Leonard Cohen (Sony Music)

En octubre de 2016 el cantautor y escritor canadiense Leonard Cohen lanzaría You want it darker, lo que terminaría siendo su último álbum editado en vida (fallecería un mes después). El autor, siempre emparentado con la soledad y la melancolía, se preguntaba si “¿lo querías más oscuro?”. Lo que pocos escuchas atentos pudieron detectar es que siempre Cohen dejaba abierto un hálito de esperanza. Un poco de luz al final del túnel. Cohen gustaba de resaltar aquellos aspectos lúgubres de la existencia, como las noches que describe en su ya célebre “Chelsea Hotel #2”, pero también reflexionaba sobre Dios, la espiritualidad y el misticismo. Prueba de ello son las canciones inéditas que salen a la luz en Thanks for the Dance, un muy buen álbum producido por su hijo Adam y que cuenta con la colaboración de músicos de la talla de Beck, Damien Rice y Feist, entre otros. Cuentan que, a petición de su padre, Adam Cohen terminó de editar estas canciones que se produjeron durante la grabación de su último álbum. Aquí aparece, de nuevo, la voz cavernosa (más que nunca) de Cohen al frente acompañada de sutiles arreglos de guitarra clásica (“The night of Santiago”) o sutiles arreglos de viento y coros eclesiásticos que remiten a “Shine on you crazy diamond” (“The hills”). Cohen alumbra con una pequeña linterna el lado ominoso de la vida. Emociona, a los 81 años, escucharlo cantar, con la ternura de un niño: “Escucha al colibrí / cuyas alas no puedes ver (…) / No me escuches a mí / Escucha a la mente de Dios”. En una entrevista dijo una vez: ”La mayoría del tiempo estoy trabajando activamente en canciones. Razón por la cual mi vida personal colapsó. Más que nada, trabajo en canciones”. Su legado está en buenas manos. Pablo Díaz Marenghi

8) Norman Fucking Rockwell! – Lana del Rey – (Polydor – Interscope Records)

¿Cuántos discos más tiene que hacer Lana del Rey para que todos se den cuentan que la etiqueta de estrella pop le queda chica? Ella trasciende el género, una de las probables explicaciones es que es una narradora, una songwriter posmoderna que le rinde tributo a los clásicos. En Norman Fucking Rockwell! va un paso más allá en nivel sonoro. Es un disco despojado e intimista. Por momentos suenan pianos y la voz de Lana estalla frágil, invencible.Cada canción es una historia: de desamor, odas a California y golpes al american dream. La perla del álbum es la versión de la canción de Sublime “Doin’ Time”, Lana desplega su magia y nos hace creer que el estandar “Summertime”, resignificado por la banda de Bradley Nowell, es una composición de ella. ¿Cómo no quererla? Si es una máquina de resignificar. Joel Vargas

7) Why Me? Why Not. – Liam Gallagher – (Warner Music UK)

La voz belicosa del brit pop ahora pide perdón y baja la guardia. Lejos del ego a prueba de balas del pasado, al frente de sus propias canciones Liam Gallagher se muestra honesto y vulnerable como pocas veces, tal vez como consciente de que, para poder dar con algo verdadero que saliera de él, tenía que cantar desde las entrañas y el corazón. Porque, más de diez años después desde el final de Oasis, Liam no parece haber superado el duelo del todo. Y en eso se concentra justamente lo mejor de Why Me? Why Not. Sin entrar en comparaciones odiosas, es lo que alguna vez intentó Bob Dylan en Blood On The Tracks (1975): poner arriba de la mesa todos los sentimientos (a veces contradictorios) que lo invadieron luego de su divorcio con su esposa Sara (amor, odio, resentimiento, nostalgia, rencor, cariño).

A lo largo del disco, Liam habla de cosas que se terminaron y cosas que aún pueden continuar, de amigos o amores lejanos que se van y vuelven, de superar el peso del pasado o de seguir atado a él. Puede estar hablándole a una ex pareja o a una amistad perdida, pero es tentador pensar en su hermano Noel y en un futuro posible (o no) para Oasis. En ese sentido, las primeras tres canciones son fundamentales: sobre un riff abierto que podría pertenecer a Keith Richards, Liam comanda en “Shockwave” un rock and roll con furia vengativa (dice que lo atacaron en la oscuridad, pero que ahora está llegando como una “fuerza de choque” para volarte la cabeza), pero enseguida baja un par de cambios e insiste con alguna chance más en “One Of Us”, que combina la fórmula bitpopera conocida de rasgueo de guitarra acústica + colchón de cuerdas y en donde el cantante habla de algo que parece terminado pero en realidad no tanto (“Vamos, yo sé que querés más / Vamos, abrí la puerta (…) Vos dijiste que íbamos a vivir para siempre”). Y el sentimiento perdura en “Once”, una sentida balada que es puro Lennon, cuando Liam canta “oh, yo recuerdo cómo solías brillar en ese momento”, pero la nostalgia se corta en seco en el estribillo: “Solo podés hacerlo una vez”, dice el mancuniano, como dejando en claro que el tren pasa solo una vez y que mejor mirar para adelante. Así, en solo tres canciones Liam condensa lo mejor de la obra y desnuda sus batallas entre atesorar o soltar algo. El disco cierra con la brillante “Gone”, que suena como la banda de sonido ideal para un posible western dirigido por Guy Ritchie. Allí, Liam canta confiado y seguro de sí mismo y le habla a un amor que terminó: “Antes de irme quiero decirte cómo me siento / Te di la oportunidad de vivir una vida que valiera la pena vivir”. Porque ese ego desmesurado aparece cada tanto y es tentador pensar que está hablando del valor de sus canciones. Matías Roveta

6) Help Us Stranger – The Raconteurs – (Third Man Records)

Dentro de todas las existentes y posibles caras de Jack White, The Raconteurs es aquella más centrada en la potencia originaria del rock más sucio y clásico. Sin darle tanto lugar a la experimentación como en sus otros tres proyectos (su recorrido como solista, The Dead Weather y los extintos The White Stripes), el oriundo de Detroit, Michigan, ha elegido al rock de garage y al blues rock originarios como los pilares sonoros y conceptuales desde donde corporizar la fusión absoluta entre el hombre y la guitarra.

Titulado Help Us Stranger (2019), el tercer disco de estudio de The Raconteurs llegó para confirmar lo que ya era vox populi: si hay alguien que representa en cuerpo y alma al viejo sonido guitarrero del rock and roll, es sin dudas –y por decisión unánime– Jack White. Si el viejo género (elemental y fundador, aunque a muchos les cueste reconocerlo) está en problemas en los tiempos que corren, este versátil artista conoce la mejor manera de atacar esos males: echar mano a los principios de antaño y, a partir de allí, construir una estructura muy versátil y embebida en una precisa esencia clásica como hace rato no se ve en el mainstream global. Alejado del rescate emotivo comercial y banal tan común en estos días, Help Us Stranger es una obra puramente artesanal –muy agradable y por demás movilizante– que pivotea sobre la ya mencionada base de blues rock y rock de garage (“Bored And Razed”, “What’s Yours Is Mine”y “Live A Lie”), pero agregando a la mezcla elementos hermanados como el jazz (su cover de “Hey Gip (Dig The Slowness)”de Donovan), el góspel clásico (“Shine The Light On Me”), el rock alternativo (“Sunday Driver” y “Don’t Bother Me), el country rock (“Only Child” y “Somedays (I Don’t Feel Like Trying)”) y hasta una interesante incursión en la vieja música western de salón (“Thoughts And Prayers”). Cuando el streaming y la cantidad de reproducciones marcan el acelerado paso contemporáneo, Jack White y The Raconteurs nos recuerdan que nada supera a la vieja y confiable solución analógica. Rodrigo López

5) Remind Me Tomorrow – Sharon Van Etten – (Jagjaguwar)

Un embarazo, un cameo en Twin Peaks y un posgrado en psicología bastaron para que Sharon Van Etten desdibuje su característico folk guitarrero para sumergirse en una paleta sintética de sonidos atmosféricos, casi cinematográficos. Luego de cinco años de impasse, con Are We There (2014) como antecedente consagratorio, vuelve a la carga con seguridad renovada, una caja de ritmos y nuevos miedos. Dice en “Hands”: “I’m feeling the changes/ I know it’s just like me to say/ I wanna make sense of it all/ We could handle anything when we were young”. Alejada de la tradición norteamericana de cantautores, Van Etten se mimetiza con Alan Vega en la industrial “No one’s easy to love” y luego en “Jupiter 4”, una canción de aire calmo que de a poco se vuelve corrosiva entre beats sincopados. “Comeback kid” es el track más luminoso, con una electrónica retro bailable sin la predominancia sobria que reina en el resto del álbum. Enseguida la cadencia se desacelera otra vez. Si “Comeback kid” sirvió como un hipotético nuevo horizonte arraigado a una faceta más dance –fue el primer corte de difusión–, Van Etten se encarga de cortar de raíz el asunto. La nostálgica “Seventeen” se posiciona como su nuevo hit absoluto. En “You shadow” se eleva la figura de Annie Clark (St. Vincent), en una canción que mezcla esa melancolía tan dulce y anquilosada. Remind Me Tomorrow es un disco de teclados y sintetizadores, de una vitalidad abrasadora donde Van Etten se toma a pecho ese postulado que aconseja salir de la zona de confort. Juan Martín Nacinovich

4) Colorado – Neil Young & Crazy Horse – (Reprise Records)

Neil Young es un artista inquieto que siempre evitó los lugares comunes a lo largo de su carrera y aún durante los últimos años de su discografía (basta con recordar el extraño experimento de folk lo-fi en A Letter Home o las derivas de swing sinfónico en Storytone, ambos discos de 2014), pero cada vez que decide reunir a los Crazy Horse elige ir a lo seguro. Y esto, lejos de ser algo negativo, es una bendición: con ciertas bandas es un placer ver cómo mantienen vivo su legado y el modo de hacer rock que ellos patentaron a lo largo de los años. El propio Neil Young parece ser consciente de esto en Colorado, un disco en el que recuerda a amigos del pasado y cosas que se perdieron en el camino, mientras el poder de fuego de los Crazy Horse sigue sonando con la misma magia después de tantas batallas. “Olden Days”, por ejemplo, es un hermoso mid tempo de guitarras resplandecientes en donde Young canta emocionado: “¿A dónde va toda la gente?, ¿por qué se me esfuman? / Ellos significan mucho para mí y ahora sé que están para quedarse en mi corazón”. La letra parece estar dirigida al histórico manager del músico, Elliot Roberts, que falleció hace unos meses, pero es también posible trazar un paralelismo con Tonight’s the Night, el disco de 1975 en el que Young homenajeó al primer guitarrista de los Crazy Horse, Danny Whitten, que había muerto de sobredosis de heroína tiempo antes.

La gente y las amistades van pasando, pero Neil Young y su banda siguen estoicos y dispuestos a seguir cantando sus verdades a bordo de ese mismo rock valvular y furioso: “She Showed Me Love” remite a Ragged Glory (1990) y es una epopeya de 13 minutos en donde los Crazy Horse (con Nils Lofgren en remplazo de Frank “Poncho” Sampedro) sostienen el clima abrasivo para que Young convierta su vieja guitarra Old Black en una usina de distorsión, y “Milky Way” es una construcción lenta y un viaje largo de guitarras voladoras que van encontrando su lugar de a poco, en sintonía con clásicos como “Down by the River” o “Cortez the Killer”. Y a 50 años del debut con Everbody This Is Nowhere (1969), en Colorado hay algunas sorpresas (la balada de piano sentido en la despojada “Eternity”), pero bastante del mismo enojo visceral (“hay que tirar todo el sistema abajo”, dice la letra de “Shut It Down”), las mismas obsesiones (“vimos las especies morir y los océanos crecer”, canta Young en una de sus varias defensas por el medio ambiente que es “Green is Blue”) y los mismos enemigos (el ataque a la administración Trump en “Rainbow of Colors”). Tal vez en su última entrega, otro disco genial de Neil Young and Crazy Horse para ubicar alto en su catálogo. Matías Roveta

3) Western Stars – Bruce Springsteen – (Columbia Records)

Muchas veces Bruce Springsteen desbandó a la E Street Band a lo largo de su carrera para intentar proyectos solistas más personales o simplemente experimentar un poco. En ese sentido, Western Stars es un ejemplo de esto al dejar de lado el rock brioso y épico para abrazar la intimidad o la delicadeza y así alinearse claramente con álbumes como Nebraska (1982), The Ghost of Tom Joad (1995) o Devils & Dust (2005). Pero, en esa suerte de discografía paralela, Western Stars se posiciona muy alto y no se parece a nada –el primer mérito aquí- que Springsteen haya hecho antes: es un disco influenciado por la música pop del sur de California en los ’70 –según el propio autor-, el country sinfónico y los arreglos orquestales. Y además está basado en distintos personajes que pueblan las letras y ahí se podría trazar un hilo temático común que tiene que ver con una de las viejas obsesiones del Jefe: la ruta. Pero ese salir al camino, que en clásicos como “Born to Run” o “Thunder Road” se traducía en abandonar el lugar de origen para anhelar algo mejor y perseguir los sueños, acá adquiere ribetes más complejos.

Los protagonistas de Western Stars son, en su mayoría, vagabundos errantes, personas que extrañan a algo (o alguien) a la distancia, que escapan de alguna situación, que no saben a dónde están yendo pero siguen, a pesar de todo, y que tienen el corazón roto o el alma destrozada en búsqueda de sanación. Sobre un sutil arreglo de percusiones con mucho de cajita musical y cuerdas que inflan el pecho, Bruce canta que “los mapas no sirven de mucho, yo sigo al clima y el viento”, para dar voz al hombre que hace autostop en “Hitch Hikin’”; “Soy un viajero, amor, me desplazo de pueblo en pueblo”, dice el personaje de “The Wayfarer” con cuerdas de musical de fondo, mientras sufre por no tener un lugar fijo donde echar raíces y por un amor perdido; en “Tucson Train” el viajero de la canción se mudó de ciudad para olvidar a una ex, en “Western Stars” –una joya country con clima nocturno y pedal steel guitar- un actor caído en desgracia y adicto sueña con agarrar su viejo Chevrolet El Camino para ir a las rutas del desierto en busca de un poco de luz, en el folk con orquesta “Stones” el protagonista del tema arrastra mentiras y traiciones como piedras pesadas en un bolso mientras camina por la ruta “bañado por el sol” y en “Somewhere North of Nashville” un cantante de country deambula por los bares de distintos pueblos para tocar su número, al tiempo que sigue pagando el precio de un amor fallido y decide continuar su marcha. Sobre el final del recorrido con “Hello Sunshine” Springsteen canta que siempre le gustaron “las rutas vacías, ningún lugar al que ir y millas por recorrer”, y suelta un poco de optimismo como síntesis de tanto trajín al contar la historia de un hombre que parece tener suerte después de mucho tiempo y lucha por conservar ese presente: “Hola, rayos del sol, ¿no quieren quedarse?”. Matías Roveta

2)  – Billie Eilish – (Darkroom/Interscope Records)

Billie Eilish Pirate Baird O’Connell es uno de los últimos grandes fenómenos de la música pop contemporánea. Simpleza melódica, ritmos urbanos y letras testimoniales con altas dosis de trastornos juveniles parecerían ser la fórmula para que esta piba esquive el cliché del pop más edulcorado y forje su propia historia, convirtiéndose en la portavoz corrosiva de los centennials.

Seis signos de exclamación. “!!!!!!” es el primer track y adelanta una clave del disco: existe un juego con la gramática. En un análisis que tienda a unificar la importancia de forma y contenido, retomando aquel mandato enunciado por Susan Sontag en su ensayo Contra la interpretación, es posible observar un trabajo hecho por Eilish en torno a la ortografía. Todas sus canciones están escritas en minúsculas, tal vez jugando con una escritura más bien del chat y propia de los jóvenes de su generación. El nombre del disco, escrito en mayúsculas, quizás aluda a la intensidad propia de escribir de este modo en las redes sociales (algo que suele querer emular el grito). En Eilish hay oscuridad. Está en el síndrome de Tourette que padece desde pequeña, en su fanatismo por las películas de terror y en la estética lúgubre y esquizoide que forjó en el arte de tapa de su álbum. Allí se la ve vestida de blanco, emulando a un paciente de un neuropsiquiátrico, con un fondo negro absoluto y los ojos blancos, como poseída. El mismo look que la acompaña en el video de “bury a friend”, en donde adopta la voz del monstruo que habita debajo de su cama. Allí aparece la segunda razón de su éxito: cientos de miles de adolescentes se identifican con sus melodías simples y letras directas, ya que se anima a componer a partir de sus propios miedos y paranoias. Algo que tampoco es nuevo –hay un eco a la música emo o a la movida alterna/neogótica– pero que aparece bajo una nueva vuelta de tuerca. En parte, solventada en la producción sonora del rapero Croock y el coqueteo con ritmos urbanos como el trap, el rhythm and blues y el hip hop (ama a Tyler The Creator y Childish Gambino). En hits como “bad guy” –tal vez su máximo manifiesto, en donde se personifica como una villana en torno a una melodía producida con bajos densos, trapeados, y un beat electrónico que abriga su voz susurrada in crescendo– Eilish menciona tener un “alma cínica” y arroja: “soy de ese mal tipo, hago que tu madre se ponga triste, que tu novia se vuelva loca, podría seducir a tu papá, soy el chico malo”. Ella es la villana, la oveja negra. Nunca será una dulce niña popera color rosa chicle. Más bien, elegiría el negro. Pablo Díaz Marenghi

1) Ghosteen – Nick Cave & The Bad Seeds – (Bad Seed Ltd)

Los Bad Seeds ya tenían bastante avanzado Skeleton Tree (2016) cuando uno de los hijos de Nick Cave, Arthur, falleció luego de saltar al vació desde un acantilado durante un viaje de ácido en la ciudad costera de Brighton. El propio Cave ya había escrito buena parte de las letras del disco antes de esa tragedia desgarradora, pero –como explicó en el documental One More Time With Feeling de 2016- es probable que su estado de ánimo destrozado haya decantado en el sonido oscuro y frío del álbum, con la voz del cantante quebrada y al borde del llanto y esa portada de fondo negro que remite al duelo. Tres años más tarde, el dolor persiste pero la manera de procesarlo es distinta: si Skeleton Tree era un testimonio inmediato sobre la pérdida, Ghosteen es la búsqueda de Cave por superar el duelo y encontrar algún tipo de sanación. Hay continuidad entre ambos discos –otra vez el sonido está definido por ese mar de ambient digital y electrónica etérea creada por Warren Ellis con sus teclados y sintetizadores analógicos-, pero ahora Cave canta su voz amplia, soberbia y en el punto justo, y las canciones respiran algún tipo de brillo y esperanza.

“La paz llegará a tiempo”, canta Cave con un falsete que eriza la piel al final de “Spinning Song”, la apertura del disco definida por los loops electrónicos y los teclados de Ellis; “Sun Forest” es otra maravillosa creación de texturas con teclados (con algo de Pink Floyd y Rick Wright) en donde todo suena a purga de la tristeza y hasta las canciones de amor son sensibles y dulces, como “Bright Horses” –una hermosa balada de piano con arreglos de cuerdas y coros fantasmales en donde el cantante dice “mi amor está volviendo en el próximo tren”- o “Waiting for you”, una de esas típicas declaraciones de amor visceral del australiano. Pero la gran perla del disco es “Hollywood”: una marcha densa de catorce minutos con un bajo reptante y sintetizadores que cruzan el espectro sonoro como aves de presa, con una letra inspirada en la historia de una mujer que pierde a su hijo e intenta buscar ayuda para revivirlo. Frente a esto, Cave vuelve al falsete y responde casi a modo de plegaria que “todos pierden a alguien” y que es “un camino largo para encontrar la paz mental”. Matías Roveta