La música es mi salvación: las memorias de Jeff Tweedy

Un repaso por las memorias del líder de Wilco quien expone su caída y posterior ascenso gracias a la música. Algunos fragmentos del renacer de un songwriter emblema del country/rock alternativo.

Por Matías Roveta

“La música es mi salvación”, canta Jeff Tweedy sobre el final de “Sunken Treasure”, una balada llena de nostalgia incluida en Being There (1996), el segundo disco de Wilco. La canción sirve como ejemplo para analizar algunas cuestiones fundamentales de la banda: su capacidad para partir desde los géneros de raíz norteamericanos (en este caso el folk) para luego desvirtuarlos y deformarlos con arrebatos experimentales y ruido. Así, la canción descansa sobre un rasgueo de guitarra acústica, pero va ganando en intensidad hasta desembocar en un filtro psicodélico. Pero igual de importante es esa frase que cierra la letra: Tweedy declara su amor a la música y la importancia que tuvo y tiene en su vida.

Justamente, el principal hilo conductor de su libro de memorias Vámonos (Para poder volver). Acordes y discordias con Wilco, etc. (Sexto Piso Realidades). Bien avanzado el libro, el propio Tweedy parece resumir la idea: “La música me ayudó a sobrevivir a la muerte de mi madre y me ayudó a sobrevivir a todo lo demás. La música me mantuvo a flote emocionalmente durante esos primeros años inciertos de paternidad, incluso cuando dudaba de si quería volver a tocar música. La música me mantuvo vivo cuando pensé que las pastillas podrían ser lo que finalmente me mataría. Y la música es lo que me mantuvo cuerdo cuando el cáncer volvió a por Susie” [su esposa].    

En esa cita, Tweedy abarca varias de las cuestiones que desarrolla en su autobiografía: la figura de su madre como compinche y compañera (Nació varios años después que sus hermanos por lo que su mamá se tomó varias licencias con él. Le permitía quedarse despierto con ella hasta tarde para ver películas y siempre apoyó incondicionalmente su vocación artística —le compró su primera guitarra y lo alentó a no seguir la vida de rutina laboral de sus progenitores—) los miedos que lo invadieron como padre al no haber tenido él una figura paterna emocionalmente abierta como ejemplo durante su infancia, su adicción a los calmantes (que casi se cobran su sanidad mental e, incluso, su vida) y el sostén de su fiel esposa en cada etapa oscura y tormentosa que atravesaron juntos. Y, claro, la música. La sustancia vital que une cada historia y anécdota. Tweedy habla y habla de música, sonidos, discos, bandas que lo formaron y artistas que admira. Su relato es sincero, directo y fiel al propósito que él mismo se traza en el prólogo: “A nadie le sobra dinero como para derrocharlo en las memorias de un ‘incondicional’ del indie rock que alcanzó un éxito moderado si éste no va a ofrecerle algo lo bastante entretenido”.

Esa capacidad para sacarse a él mismo del altar (después de todo y más allá de todo chiste, Wilco es una banda fundamental pero nunca masiva), reírse de lo propio y hacer reír a quienes lo leen, es notable a lo largo del libro. Fantaseando con su conocimiento enciclopédico sobre la historia del rock, Tweedy filtra historias hilarantes y con altas cuotas de humor. Por ejemplo cuando compara risueñamente el famoso accidente de moto de Dylan (que lo impulsó al retiro público en 1966 y a hacer vida hogareña alejada de las giras y los excesos) con un golpazo que él mismo se pegó andando en bici durante un verano cuando era chico; las vacaciones truncas lo llevaron a encerrarse en un altillo durante meses para, ahora sí, aprender a tocar la guitarra que le había regalado su madre. Fue el primer paso hacia su conversión como músico.

Pero Tweedy cuenta otros hitos. Era un niño tímido y marginal, a quienes sus compañeros “populares” en el colegio destrataban. Cuando escuchó “Thunder Road” de Bruce Sprinsgteen en la radio, grabó la canción en un cassette y buscó —en plan vengativo musical— hacerle creer a esos matones colegas de grado que era él mismo quien cantaba esa letra sobre abandonar un pueblo aburrido para lanzarse a la ruta detrás de un sueño rockero de triunfo y realización. Su fantasía era dejar para siempre la depresiva Belleville, ciudad del Medio Oeste de Estados Unidos en donde nació y se crió, pero obviamente nadie le creyó. No obstante, Tweedy dice que la estrategia le funcionó. Simplemente necesitaba sentir lo que era ponerse en la piel de un músico consagrado. 

Tiempos de Uncle Tupelo

Tweedy se define, con pudor y humildad, como un sobreviviente de una generación que sentía devoción por la música. Una época analógica en la que recorrer disquerías era como estar a la búsqueda de tesoros ocultos y conocimientos: “Estar muy familiarizados con una pieza a la vez, o incluso una canción o dos a la vez”, dice sobre sus tempranas aventuras peinando bateas y hablando con disqueros, algo que puede perderse hoy ante la posibilidad de poder acceder a discografías enteras a un click de distancia. No es nostalgia ni una bajada de línea retrógrada (“Obviamente, hay algo muy bonito en esa democratización: todos pueden encontrarlo todo”, aclara), simplemente es el racconto de cómo él se formó como fanático del rock y melómano: “Para nosotros, algunos álbumes tenían unas ediciones iniciales tan pequeñas y eran tan escasas que la única forma de saber de ellos era leyendo sobre ellos”, escribe. Porque, para Tweedy, el oficio de la crítica de rock fue decisivo. A lo largo de las páginas de su libro, reivindica el rol del crítico como curador de la cultura y recuerda, por ejemplo, reseñas de Lester Bangs o críticas que leyó sobre London Calling (1979) de los Clash que lo incentivaron a querer comprar el álbum y formar parte de la contracultura punk. 

Él mismo se convierte en un analista musical cuando habla de su propia carrera. Define a Uncle Tupelo, la banda de culto que formó con Jay Farrar, como un “híbrido de country-punk”. Efectivamente, Uncle Tupelo fue la banda pionera que sentó las bases del alt-country (o country alternativo): un grupo capaz de aproximarse a ese género clásico pero con una sensibilidad más rockera y bañando a las canciones con un barniz más moderno. En su primer disco, No Depression (1990), tomaron el nombre de una canción de The Carter Family (clásico total del country) y lo mezclaron con una impronta guitarrera que podía remitir a The Replacements, una de las bandas adoradas por Tweedy y Farrar.

También editaron March 16-20, 1992 (1992): tercero de la cosecha de la banda y producido por Peter Buck, guitarrista de R.E.M., quien fue el primero en darle confianza a Tweedy y decirle que era bueno en lo que hacía. De algún modo, lo que Tweedy intenta decir es que Farrar no hacía eso con él. No era un tipo de trato fácil, siempre estaba mirando al resto por encima del hombro y se creía mejor que los demás. Esa relación explosiva entre ambos finalmente llevó a la banda a su disolución. Luego del genial Anodyne (1993), Uncle Tupelo estaba en su mejor momento, habían tenido apariciones en televisión, tocaban por todo el país y sonido del disco había sido definido por la crítica como una mezcla perfecta de Hank Williams, los Flying Burrito Brothers y los Stones de Exile on Main Steet (1972), según Tweedy. Pero Farrar, contra todo pronóstico, decidió dejar la banda sin dar demasiadas explicaciones.     

“No sentí que nada de lo que había escrito para A.M [1995] abriera un nuevo camino (…) Solo estaba perfeccionando el tipo de canciones que sabía componer, y eso ya era suficiente logro”, dice Tweedy sobre el debut de Wilco, que todavía tenía un pie anclado en el sonido de Uncle Tupelo. Simples “canciones pop con un toque country que eran potentes y memorables”, se explaya el músico sobre mini clásicos como “Casino Queen” o “Box Full of Letters”. Pero luego se incorporó Jay Bennett a la banda, quien aportó sus guitarras, pianos y órganos, y el sonido de Wilco creció y empezó a despegar: “La paleta de sonidos, a partir de ese momento, podía enriquecerse con cualquier cosa que hubiera escuchado”, dice Tweedy sobre Being There, un álbum en el que Wilco desnudaba influencias de hard rock con toques glam (“Monday”), blues y funk (“Kingpin”), referencias a los Stones (“Dreamer in My Dreams”) o los Byrds (“Outtaside (Outta Mind))”. Pero también había lugar para pasajes más aventureros, como por ejemplo “Misunderstood”, otra canción que muta desde el folk hacia una outro con olas de guitarras ruidosas que acercan a Wilco a Sonic Youth. 

Después, Wilco tuvo la oportunidad de convertir en canciones viejos poemas inéditos de Woody Guthrie (junto a Billy Bragg, en Mermaid Avenue de 1998) y —cansando de que todavía se asociara a su banda al “alt-country” o el “roots rock”, según sus palabras— Tweedy impulsó a Wilco a editar Summerteeth (1999), un intento de alejarse de esas etiquetas y trabajar sobre la base de canciones “fragmentadas” con “collages” sonoros: allí brilla “Via Chicago”, otra balada acústica en apariencia sencilla pero que va sobrecargando su ambiente con guitarras eléctricas que sueltan ráfagas de feedback y distorsión. “Nos esforzamos al máximo para encontrar maneras de socavar canciones que son, en su esencia, sencillas canciones de folk de dos o tres acordes”, dice Tweedy sobre este álbum, que también viraba a la electrónica (“A Shot in the Arm”), al pop y a los arreglos orquestales (“She’s a Jar”), y al sonido de los Beatles y Beach Boys (“Candyfloss” o “My Darling”).

Pero la experimentación definitiva llegó con Yankee Hotel Foxtrot (2002), la gran obra maestra de Wilco. Las canciones ya eran el resultado de extensas incursiones de laboratorio en el estudio y podían exhibir complejos mosaicos de sonidos (la intro de guitarras pasadas al revés, pianos, xilófonos y hasta efectos de despertadores en “I’m Trying To Break Your Heart”, que lograba la sensación como de levantarse luego de un sueño lisérgico), mientras Wilco sonaba como si los Flaming Lips actualizaran el sonido de Sgt. Pepper de los Beatles y filtraba también referencias que podían ir de Radiohead (el cierre de guitarras abrasivas en “Ashes of American Flags”) a Sonic Youth (la descarga de noise rock en “Poor Places”). 

El otro Jay en la vida de Tweedy (Bennett, ya no Farrar) tuvo que abandonar el barco por su adicción a las pastillas y el hecho fue una triste premonición de los traumas por venir. El propio Tweedy tuvo que internarse luego en una clínica dual (es decir, que trataba problemas de adicciones y desórdenes psiquiátricos) por su consumo incesante de calmantes y sus constantes ataques de pánico. Acá es donde ya no hay lugar para el humor que caracteriza al libro pero sí para mantener un registro honesto e incluso vulnerable. Tweedy baja la guardia y expone todos sus dolores y miserias. Por ejemplo, robarle las dosis de morfina a su suegra, que estaba en las etapas finales de un cáncer terminal. A la vez, cuenta la pesada tradición de alcoholismo que atormentó a toda el ala masculina de su familia y que él logró evitar a medias, ya que a los 23 años dejó el alcohol para remplazarlo, primero, con la marihuana y luego con las pastillas.

Tweedy explica que siempre sufrió migrañas y ataques de pánico y que no sabe qué vino primero. Pero lo que sí tiene claro es que lo único que atenuaba esos demonios era el consumo de Vicodin. Con toda esa carga a cuestas, Wilco encaró la grabación de su siguiente disco que, paradójicamente, es también excelente: A Ghost is Born (2004), un álbum en el que Tweedy se hizo cargo de todas las guitarras y tiene momentos memorables, como los solos crudos en plan Neil Young and Crazy Horse en “At Least That’s What You Said” o la epopeya krautrockera “Spiders (Kidsmoke)”, pero también raptos de fragilidad como “Hell Is Chrome” o gestos vanguardistas como “Less Than You Think”, con su larguísimo pasaje instrumental hecho de drones electrónicos y glaciales que puede remitir desde lo sonoro —según Tweedy— a lo que es sufrir un terrible dolor de cabeza.

Al borde del colapso nervioso, su cuerpo —y sobre todo su mente— dijo basta y Tweedy se internó. Salió recuperado luego de unos meses y Wilco volvió al ruedo con otro disco maravilloso, Sky Blue Sky (2007), que fue grabado en vivo adentro del estudio con toda la banda tocando junta al mismo tiempo. “Canciones simples con arreglos muy calculados”, explica Tweedy, y profundiza en el concepto: “Mantener todo lo más simple y directo parecía ser el modo perfecto para comenzar de nuevo y liberarse de los viejos hábitos como persona y como compositor”.

Wilco decidió evitar las laboriosas texturas musicales del pasado y, desde el arte de tapa —un fondo blanco de pájaros volando— y el título —un cielo azul—, estaba claro el mensaje: el sol había salido de nuevo, la tormenta había quedado atrás y Tweedy se sentía libre al romper las cadenas de su adicción. Hay muchos puntos altos en esa obra orgánica y llena de sutilezas, desde canciones como “Sky Blue Sky” o “Either Way” y sus reminiscencias al costado más suave de Neil Young, hasta recuerdos de los Beatles de 1969 (“Hate It Here”); pero donde la cosa se pone más interesante es en temas que tienen a Nels Cline (recién sumado a la banda como guitarrista) en rol protagónico: vestido con las ropas de Tom Verlaine de Television en “Impossible Germany” o rematando con un solo lírico una especie de soul deforme en “Side With the Seeds”. 

La carrera de Wilco seguiría, pero Tweedy decide hacer un corte y sumar pocas referencias a los discos que siguieron a Sky Blue Sky. Quizá porque es consciente de que todo lo que vino después fue gracias a haber tocado fondo y experimentar un verdadero renacimiento personal y musical con esa obra. Una suerte de reconocimiento indirecto. O quizá es porque no quería extenderse demasiado y así poder encontrar espacio para hablar, también, de sus ídolos. Esos y esas a quienes mira con los mismos ojos iluminados y siempre con la devoción del fanático que ama la música. Primero la mención a Johnny Cash, quien cantó escondido detrás del escenario durante un show de Uncle Tupelo; luego la anécdota sobre Rick Danko de The Band (quien elogió su voz) o su experiencia grabando discos con Mavis Staples.

Pero más que nada Bob Dylan, quien aparece todo el tiempo en el libro como una suerte de faro moral. Si Dylan acepta hacer videoclips, entonces está bien hacerlos; si Dylan considera que su obra no es sagrada, entonces no hay que darle cabida a quien critica una de tus canciones. “Escribo canciones, y Dylan es la cima hacia la que voy a seguir escalando”, concluye Tweedy. Y, sobre escribir canciones, Tweedy menciona que eso es lo único que importa. “Creo que ése es el secreto de esta línea de trabajo: tienes que estar de acuerdo con que la música sea una gran cosa para hacer, y no confiar en que sea lo que te haga rico o incluso lo que te pague todas las facturas”. El arte de escribir canciones, de buscar nuevas maneras de afrontar un disco, de levantarse todas las mañanas con ganas de ir al estudio: “Esa parte de belleza ha existido y seguirá existiendo”, resume Tweedy.//∆z