Ian Curtis: Réquiem para un genio torturado

Hoy se cumplen 40 años de la muerte del líder de Joy Division. En ArteZeta recordamos a quien fue apodado, con justicia, el poeta maldito del rock.

Por Matías Roveta
Diseño de Martín Benavidez

Isolation

En algún momento del 1973, un chico de diecisiete años atraviesa a pie un complejo de viviendas sociales para la clase trabajadora de Macclesfield, ciudad inglesa del condado de Cheshire, a pocos kilómetros de Manchester. Durante su caminata se cruza con un grupo de niños que juegan al fútbol y le piden que les alcance la pelota, que rueda con velocidad a través del parque serpenteado por el angosto camino de asfalto por el que anda Ian: pero él no tiene ganas de interactuar con nadie, está decidido a llegar rápido a la casa en la que vive con sus padres para encerrarse en su cuarto y escuchar Aladdin Sane (1973), el vinilo de David Bowie editado ese año que recién compró y que lleva debajo de su brazo izquierdo. Una vez allí, se acuesta en la cama de una diminuta habitación decorada con pósters de Jim Morrison en las paredes y libros de J.G Ballard, Norman Mailer o William Burroughs en los estantes, enciende un cigarrillo y deja correr el disco.

La escena forma parte del inicio de Control (2007), la hermosa película en blanco y negro de Anton Corbijn que cuenta la historia de Ian Curtis, interpretado por un genial Sam Riley. En pocos segundos, Corbijn se las arregla para crear una poderosa descripción del futuro cantante y líder de Joy Division: ensimismado y algo retraído, un bicho raro para el que la música y los discos representaban una vía de escape y alimentaban la esperanza de convertirse algún día en una estrella de rock y abandonar así la aburrida y grisácea Manchester de comienzos de los ´70 para siempre.

Corbijn basó su película en el libro de memorias Touching From a Distance (Dobra Robota, 1995), escrito por Deborah Curtis, la esposa de Ian, una obra vital para comprender el derrotero de Ian Curtis. Pero, por momentos, se torna una lectura triste y difícil de asimilar: en definitiva, es el testimonio de la persona que mejor conoció a Curtis y que logró –como el crítico Jon Savage explica en el prólogo- humanizar al mito. Deborah cuenta la vida de Ian y su experiencia junto a él, desde su infancia y adolescencia en Macclesfield hasta el éxito de Joy Division y el suicidio de Curtis en mayo de 1980. La personalidad conflictiva del artista y la relación tormentosa entre ambos es puesta bajo la lupa y es imposible no sentir empatía con el dolor que tuvo que atravesar Deborah.

Al mismo tiempo ella también analiza muy bien el cúmulo de influencias de Curtis como artista en ciernes. Y esa escena del film de Corbijn es certera: Ian era un melómano empedernido que coleccionaba vinilos de sus referentes y recorría tiendas de discos usados en busca de algún tesoro oculto. Bowie, Velvet Underground y Lou Reed, Roxy Music o Iggy Pop solían ser sus elecciones. Pero también escuchaba reggae o soul. Su curiosidad era amplia y voraz. A veces, si no tenía dinero para pagar los discos, los robaba: su icónico sobretodo con el que se lo asocia a Joy Division primero le sirvió para esconder los vinilos que hurtaba de las bateas. Deborah incluso cuenta que, una vez que escuchado, a veces Ian volvía a esas disquerías para vender o canjear el disco que había robado la semana anterior.

Insight

Además de escuchar mucha música, Ian Curtis también leía y, sobre todo, escribía. Junto a la repisa abarrotada de libros, en esa escena de la película de Corbijn aparecen otros ítems especiales: un grupo de tres carpetas negras con etiquetas blancas en sus lomos con los títulos de “Novelas”, “Poesía” y “Letras”. Ian volcaba allí sus escritos y sus deseos de grandeza. Más adelante, la pareja se casó, compartió casa propia en Manchester y Deborah recuerda que una de las pocas exigencias que Ian tenía a la hora de buscar el hogar ideal era que la propiedad contara con una habitación destinada especialmente para la escritura. “La habitación azul”, por el color con el que Curtis decoró las paredes, los sillones y los almohadones, fue el espacio en donde Ian fumaba y escribía horas y horas con lapicera las potenciales letras para Joy Division en un cuaderno de hojas lisas. La música aparecía después y recaía en manos de la banda (Ian oficiaba como director, sugiriendo arreglos y sonidos puntuales), pero él siempre tenía a mano bolsas de plástico que guardaban cuadernos –a veces hojas sueltas- con cosas que había madurado en soledad y que encontraban lugar en las canciones.

Durante esos primeros años de romance con Debbie, Ian atravesaba su etapa de fascinación con sus héroes del glam rock: solía maquillarse e incluso pedirle prestadas prendas de ropa a su hermana menor y ensayaba frente a un espejo pasos de baile o cómo proyectar su voz con algún disco de fondo. Con esa estética andrógina buscaba escandalizar cuando salía con su novia por los bares de la ciudad y siempre había shows disponibles para ir a ver: en una larga trayectoria de recitales formativos, Deborah puntualiza la presentación de David Bowie y sus Spiders From Mars en el Hard Rock de Manchester a finales de 1972 o, más adelante, el show de Iggy Pop en esa misma ciudad a comienzos de 1977.

Love will tear us appart

Con la admiración hacia ciertas figuras del rock, también empezaban a evidenciarse ciertos pliegues no tan virtuosos de la personalidad de Curtis. “Cuando ‘All the Young Dudes’ de Moot the Hoople llegó a las listas, Ian adoptó su letra como credo personal”, cuenta Deborah. Esa canción de 1972 –originalmente escrita por Bowie- es considerada un himno glam: la letra es el grito generacional de chicos y chicas que se maquillaban y escuchaban un nuevo estilo de rock, que ya no creían en el sueño colectivo de la contracultura y preferían, por ejemplo, a T.Rex por sobre los Beatles y los Stones. Pero también esa letra incluía la frase de no querer llegar vivo a los veinticinco: Curtis desde hacía un tiempo venía romantizando la idea de una muerte joven, como varios de sus ídolos, entre ellos Jim Morrison, que habían brillado intensamente como supernovas para morir en su mejor momento. Lo que parecía ser el simple coqueteo adolescente con la idea de “live fast, die young” preocupó a Deborah. Años más tarde, esos enunciados fatalistas de Ian cobrarían otro sentido más dramático.

Además de romantizar a músicos o escritores que habían fallecido tempranamente, otras conductas de Ian se tornaron igual de enfermizas. Según el libro de su ex esposa, varios de los amigos y amigas que frecuentaban a Curtis en esos días pre Joy Division coinciden en que él tenía una conducta autodestructiva: fumaba una cantidad insalubre de cigarrillos, se drogaba con cualquier cosa que tuviera a mano. Sin trabajo ni ingresos estables, la mayoría de las veces solo conseguía pastillas que robaba del botiquín médico del colegio donde estudiaba o de los baños de personas mayores a quienes a veces cuidaba como complemento de sus obligaciones como estudiante secundario. En una ocasión, el frasco que encontró contenía píldoras para un tratamiento de esquizofrenia. Ian tomó varias y salvó su vida gracias a una internación en la que le aplicaron un lavado de estómago de urgencia. La posibilidad de una sobredosis volvería a aparecer en escena de un modo mucho más violento años más tarde.

Deborah intentaba confrontar a su novio y entender qué le pasaba, pero la mayoría de las veces no encontraba respuestas porque Ian apelaba al silencio y a su conducta retraída. Ya en esos tiempos, Curtis evidenciaba una personalidad bipolar: podía ser generoso con todo el mundo: regalarle algunos de sus discos a amigos que no tuvieran dinero, o bien ofrecerle su cena a una persona en situación de calle durante una cita nocturna con su pareja; podía ser cariñoso y dulce con Deborah y Natalie, la hija que tuvieron juntos cuando se casaron en 1975. Pero al mismo tiempo podía tener un estallido de celos o transformarse en un marido posesivo y controlador que supervisaba con qué ropa se vestía su esposa o a qué personas frecuentaba.

Heart and soul

A pesar de todo esto, en Curtis había determinación y, sobre todo, talento: las cosas empezaron a tomar un rumbo interesante en julio de 1976 cuando los Sex Pistols tocaron en el Free Trade Hall de Manchester, en un show que para Ian Curtis fue una epifanía y la certeza del camino elegido. “Ian estaba extático”, cuenta Deborah y completa: “Esa noche, las capacidades musicales de los Pistols fueron dudosas, lo que confirmó la creencia de Ian de que cualquiera podía convertirse en una estrella de rock”.

“Solo hay cuarenta y dos personas en el público, pero cada uno está alimentando poder, magia y energía. Inspirados, saldrán y harán cosas enormes”, dice Tony Wilson (interpretado por Steve Coogan) en la película de Michael Winterbottom 24 Hour Party People (2002), una ficción divertida sobre la escena musical de Manchester. Allí, el personaje de Wilson se refiere a un hecho real: la presencia en ese acotado público de Pete Shelley o Howard Devoto (ambos en The Buzzcocks en ese momento, Devoto formaría Magazine más tarde) y de los miembros de Warsaw, es decir Peter Hook, Bernard Sumner, Stephen Morris e Ian Curtis, quienes comenzarían a ensayar y tocar con ese nombre –elegido a partir de la canción “Warszawa” del disco Low (1977) de Bowie- poco tiempo después de presenciar ese show histórico de los Pistols. Warsaw parecía un desprendimiento del movimiento punk y su sonido tenía la urgencia característica de ese género, pero en poco tiempo experimentaron un giro radical: el primer paso en otra dirección fue el cambio de nombre a Joy Division que, como largamente se ha documentado, era el modo con el que los nazis denominaban a las mujeres judías convertidas en esclavas sexuales en los campos de concentración. Más allá de toda polémica, no había en los músicos de Joy Division ningún rastro de admiración por el régimen siniestro de Hitler, sino que se trataba de una vieja estrategia de Curtis: escandalizar y llamar la atención. La transformación definitiva llegó con el sonido: “La originalidad de Joy Division se fue haciendo cada vez más evidente a medida que las canciones se fueron volviendo más lentas. Deshaciéndose del sonido rápido y lleno de distorsión del punk”, explica el crítico Simon Reynolds en su libro Postpunk: romper todo y empezar de nuevo (Caja Negra, 2013).     

Joy Division firmó contrato con Factory Records, el sello independiente fundado por Wilson, y encaró la grabación de su memorable disco debut Unknown Pleasures (1979), que exhibía todavía algunos atisbos del punk en “Shadowplay” o “Interzone”, pero aún en esos casos era evidente que las canciones eran más oscuras y que se trataban de algo distinto. “El punk te permitía decir: ¡Váyanse a la mierda! Pero, de alguna manera, no podía avanzar. Solo era una simple frase de furia de sílabas venenosas que eran necesarias para volver a encender al rock and roll. Pero, tarde o temprano, alguien querría decir algo más que eso, alguien querría decir: ¡Estoy arruinado! Y fue Joy Division la primera banda en hacerlo: usar la energía y la simplicidad del punk para expresar emociones más complejas”, argumenta Tony Wilson en el documental Joy Division (2007), individualizando con ojo de crítico los atributos del postpunk.

Unknown pleasures

Es necesario tener en cuenta que lo que estaba arruinado a fines de los ’70 era Manchester: la cuna de la Revolución Industrial y el progreso se había convertido en una ciudad decadente. El esplendor económico del pasado había dado paso a lo que Simon Reynolds define como “la era post-industrial” y, así, Manchester era un espacio geográfico atestado por fábricas remodeladas o directamente abandonadas, canales de agua contaminada, “lotes vacíos regados de fragmentos de mampostería y basura” o imponentes edificios con “ladrillos rojo oscuro que parecen tragarse toda la poca luz que emana de los cielos, de color típicamente gris”. Para el autor de Postpunk, es evidente la relación entre esa ciudad lúgubre y el rock sombrío de Joy Division: “Había algo de la pesadumbre y de la decrepitud de la ciudad que parecía impregnarse persistentemente en la trama de sus sonidos”.  

De ese modo, “Disorder” tiene un ritmo rutero y suena como una travesía nocturna: “En tierra de nadie, las luces brillan y los autos chocan”, canta Curtis con un tono fantasmagórico y el productor Martin Hannett cuela ruidos futuristas con sus sintetizadores, como si la banda estuviera buscando un poco de diversión ante la monotonía de la ciudad. Pero todo eso es contrarrestado por “Day of the Lords”, que es lenta y claustrofóbica y tiene hachazos de guitarras corrosivas por parte de Sumner, que suenan como si el metal viejo de los talleres industriales crujiera por el óxido. El efecto es todavía más asfixiante con “I Remember Nothing”, que incluye sonidos de vidrios rotos o percusiones que suenan como chapas que caen al piso y chillan, en lo que parece la banda de sonido del derrumbe de una ciudad entera. Pero, siguiendo con la lógica de Wilson, había otro cúmulo de emociones complejas en torno a Unknown Pleasures y es imposible perder de vista otro derrumbe evidente: el del estado emocional de Ian Curtis. En “Candidate”, por ejemplo, sobre una base típica de Joy Division (la batería comprimida, la densa línea de bajo de Peter Hook como recurso melódico principal y la guitarra de Sumner creando texturas disonantes a la distancia), Curtis suena abatido cuando dice que perdió el placer dentro de su corazón y que va camino hacia “la última hora fatal”. Y en “Insight”, Hannett incluye el sampleo de un ascensor en la intro: pero no es un elevador que va hacia arriba, sino que baja hacia un agujero negro: “Supongo que los sueños terminaron / No se levantan, solo descienden (…) He perdido las ganas de querer más”, canta Curtis.

Esas son el tipo de letras que asustaron a Deborah Curtis cuando escuchó por primera vez el disco. Estaba convencida de que las conductas depresivas del pasado de Ian habían vuelto y que él escribía en modo autorreferencial. Confrontó a su marido pero, una vez más, encontró evasivas. Las cosas se ponen todavía más difíciles en “New Dawn Fades”, una de las mejores canciones de la banda, que avanza con un tempo aletargado y deja en claro que, lejos del punk, cuanto más lento mejor. La distinción estilística para Joy Division estaba en bajar la velocidad y “New Dawn Fades” funciona a partir de una hermosa contradicción: la línea de bajo de Hook es avasallante y se construye hacia abajo, mientras que los fraseos de la guitarra de Sumner son ascendentes y suenan como si el “Iron Man” de Black Sabbath fuera un monstruo hecho con fierros retorcidos que se arrastra hacia la puerta de un depósito clausurado. Paradójicamente, es una de las mejores interpretaciones vocales de Curtis, quien pasa de un registro frío a crecer en intensidad para lanzar frases desesperadas: “La tensión es demasiado fuerte, no puedo aguantar mucho más”.

La otra canción definitiva del disco es “She’s Lost Control”, la cumbre creativa de Joy Division junto a Martin Hannett: el productor aplicó un tratamiento de delay a la batería de Stephen Morris y lo hizo grabar cada cuerpo por separado -como si se tratara de una caja de ritmos humana-, lo que decantó en ese sonido mecanizado de los parches que es uno de los sellos distintivos de Unknown Pleasures; de nuevo, el riff lo toca Hook con su bajo y la guitarra de Sumner se dedica a ocupar espacios, mientras Curtis canta sobre una chica caída en desgracia (“Confusión en sus ojos que lo dice todo / Ella perdió el control”) en el contexto de una letra que aparentemente encierra una historia real: antes de poder dedicarse enteramente a la música, Ian trabajaba en una oficina de desempleo del municipio de Macclesfield que tenía como tarea principal conseguirles trabajo a personas que padecieran algún tipo de discapacidad. Un día atendió a una mujer joven a la que ayudó a concertar una entrevista laboral, pero ella murió al poco tiempo a causa de un ataque epiléptico. La noticia desbastó a un ya de por sí frágil Curtis y ese habría sido el disparador para escribir esa lírica desgarradora. Atrapado en sus propios tormentos, el cantante de Joy Division podía exhibir, no obstante, un nivel de empatía total, en otra muestra clara de esos vaivenes emocionales tan característicos en su personalidad.

Disorder

Había una razón fundamental para entender esa sensibilidad ante el sufrimiento de otra persona: el propio Curtis había sido diagnosticado con epilepsia a comienzos de 1979, pocos meses antes de que comenzara la grabación de Unknown Pleasures. El tratamiento para la enfermedad era feroz e incluía combos de pastillas diarios, con efectos secundarios nocivos como confusión, mareos, somnolencia o vómitos, que no parecían atemperar los ataques cada vez más frecuentes que Ian sufría. Ese tipo de dolor privado, sumado a su largo historial de depresión, generó una mezcla letal que es imposible perder de vista a la hora de analizar el tono angustiante de su escritura. Y hay situaciones sumamente extrañas: Ian había desarrollado una forma de baile icónica arriba del escenario, que incluía sacudidas frenéticas y el movimiento de sus brazos de forma espástica. Ese estilo había comenzado mucho antes de su primer ataque (que tuvo lugar en diciembre de 1978 luego del debut en Londres de Joy Division), pero se parecía bastante un episodio epiléptico. Las cosas empeoraron aún más cuando su matrimonio entró en crisis, luego de que Curtis conociera a una mujer belga llamada Annik Honoré, con quien comenzó un romance en secreto. La situación se fue tornando insostenible y Deborah comenzó a sospechar hasta que finalmente descubrió la verdad: su esposo ya no la amaba y entre ellos había un témpano de hielo que anulaba el diálogo. Sumergido en el remordimiento y en su propia incapacidad para afrontar la situación, el deterioro anímico de Ian fue cada vez más pronunciado. “Atmosphere”, editada como simple a comienzos de 1980, trae un poco de luz. Es uno de los momentos de mayor belleza en la obra de Joy Division y parece captar ese estado de vulnerabilidad de Curtis: sobre una batería marcial y ráfagas de campanitas sintetizadas, el cantante hace uso de su voz de barítono cavernoso y emotivo para esbozar un pedido de ayuda cuando repite “no te alejes en silencio”.

Closer

Ian Curtis entró a los estudios Britannia Row de Londres en marzo de 1980 para grabar Closer, el segundo y último disco de Joy Division, con esa mochila pesada. Desde el aspecto sonoro, el álbum marcaba un claro proceso de evolución para la banda y ampliaba la paleta de sonidos: “Atrocity Exhibition” es una abrasiva marcha de rock industrial, con ritmo tribal y guitarras que suenan como taladros; “Isolation” podría encuadrar en el synthpop a partir de sus melodías de teclados bailables y “Passover” se adentra en el terreno del rock gótico de la mano de guitarras eléctricas con tonalidades menores. “Heart and Soul” es toda una novedad, con una batería robótica y el aura elegante de los sintetizadores que se fusionan muy bien con la voz misteriosa de Curtis, que canta con un inquietante efecto espectral, como si sobrevolara la mezcla. A lo largo de todo el disco, Ian suena vencido, resignado y como decidido a dejar de oponer resistencia: esta vez fue Annik Honoré quien se desesperó cuando escuchó el impacto de una serie de letras desoladoras. “Una nube negra cuelga sobre mí y me marca cada movimiento”, dice Curtis en “Twenty Four Hours”, y en la citada “Isolation” reconoce que está intentado dar lo mejor de él pero, envuelto en la culpa, anuncia: “Me avergüenzo de la persona que soy”.

Esa parece ser una de las referencias a su infidelidad y al matrimonio con Debbie en proceso de desintegración. Pero había más: en “Colony” directamente habla del “sonido de hogares rotos”. De este modo, Closer se convirtió en el testamento de un genio torturado, que exhibía en carne viva todo su dolor y era capaz de conmover: en ese sentido, el cierre del disco con el maravilloso tándem “The Eternal”/ “Decades” incomoda, porque la música es hermosa pero Curtis suena como una persona que ya no puede con su vida. “The Eternal” es una balada triste pero majestuosa en su clima melancólico hilvanado por un piano: la música se apaga de a poco y una batería gélida parece ser el único sostén de donde agarrarse, como si la banda se fuera consumiendo al haber captado el estado emocional perturbado de Curtis (“No hay palabras que puedan explicar o acciones que puedan determinar / Solo miro los árboles y las ojas que caen”, dice en la letra quien parece estar esperando el final). En “Decades” se da el efecto contrario: hay alguna cuota de esperanza en el clima celestial del colchón de teclados que suenan como un coro etéreo, pero el sonido no logra contrarrestar otra letra tremenda de Ian: “Abatidos por dentro, nuestros corazones se perdieron para siempre”.

New Dawn Fades

En todo caso, su traición a Deborah y la encrucijada ante el nuevo amor a Annik aceleraron las cosas que ya venían mal desde hacía tiempo: los ataques epilépticos eran cada vez peores y le impedían dormir, pero sobre todo cantar arriba del escenario sin tener que ser retirado cada vez que se desplomaba. Luego de un nuevo intento de sobredosis, Ian Curtis finalmente se suicidó en su casa de Manchester el 18 de mayo de 1980: tenía apenas 23 años. Joy Division estaba preparado para iniciar su primera gira por Estados Unidos, lo que seguramente le hubiera valido una consagración definitiva, pero no pudo ser. De todos modos, el legado recién había arrancado: Peter Hook, Bernard Sumner y Stephen Morris armaron New Order y tras ellos llegarían otras bandas como Happy Mondays, The Smiths, The Stone Roses y hasta Oasis. Todas surgidas de Manchester, la ciudad que había sido moderna en el pasado y que volvía a brillar gracias a la música.