Hater: ascenso hacia la destrucción

En esta película el protagonista es un villano. ¿Qué la diferencia y qué la acerca a otras obras de esta tradición?

Por Malena Saenz

Entrar por la puerta del antagonista de ficción nos permite entender sus razones. Lo sabemos víctima de violencias anteriores o le encontramos el lado sensible y brillante que todo buen villano debe tener, como en Joker o la serie You.

Hater (2020),de Jan Komasa, se inscribe en esta tradición y entra a lo grande, con un protagonista muy original. Tomek, un estudiante de Derecho expulsado de la universidad por plagio, aprende el arte del boicot virtual en su trabajo para una agencia de Relaciones Públicas mientras intenta por todos los medios enamorar a Gabi, una chica de clase alta tan rota como el mundo. Tomek es un personaje triste, vulnerable, maquiavélico y empático con la hostilidad que lo rodea. Esta mezcla atípica de cualidades lo hace distinto.

Gris sobre gris

Tomek llora mucho. Por supuesto, sabe llorar a propósito y usa sus lágrimas para escapar de situaciones comprometedoras. Pero también lo vemos sufrir de verdad. Al comienzo, después de cenar en casa de Gabi y sus padres Zofia y Robert Krasucki, Tomek deja su celular grabando para escuchar la conversación íntima de la familia. En una escena difícil de olvidar, recupera su aparato y escucha cómo los Krasucki se ríen de él, lo ridiculizan, descreen de lo que dijo, lo tratan de bruto y de stalker, y desprecian el regalo que les hizo.

Tomek escucha y llora, llora en la calle y llora en su cuarto. Algo en este villano triste nos hace acordar al Joker: querer agradar y recibir un trato brutal a cambio. A Tomek la gente lo trata mal. Nadie perdona sus errores ni le da el beneficio de la duda. Si es sincero, si muestra sus debilidades, el mundo le clava los dientes donde más duele.

La película empieza con la expulsión del paraíso: va a tener que dejar la universidad por haber plagiado su respuesta en un examen. La mención al plagio resulta divertida porque es el gesto opuesto a lo que hará después en el mundo exterior: si el plagio supone usar la voz de otro como si fuera la propia, lo que hacen los perfiles falsos de las redes sociales es disfrazar la propia voz como si fuera la de muchos otros. Tomek se justifica, llora (¿de verdad?) pero los profesores no lo dudan: no es una cuestión de perspectiva, dicen, ni de interpretación: “En la Facultad de Derecho rompiste la ley”. Y así lo expulsan de ese mundo donde hay reglas, donde es claro lo que está bien y lo que está mal y el que delinque las paga.

Afuera es el reino de Beata, su nueva jefa, y el fin justifica cualquier medio. Se puede trabajar a la vez para dos bandos políticos irreconciliables. Se puede destruir una carrera a base de mentiras. “La mejor defensa es el ataque” le dice Beata cuando busca ser contratado. Para manejarse en un mundo así, para atacar sin morir en el intento, Tomek necesita explotar su costado maquiavélico.

El villano de las mil caras

Ni los maltratos ni el mar de lágrimas pueden tapar lo evidente: Tomek no es y nunca fue un corderito. Apenas entramos en su historia lo vemos hacer plagio en un examen, negarlo, grabar a la familia de Gabi sin su consentimiento. Aunque el medio sea duro con él, su maldad no es solo una consecuencia del medio. Hay millones de ejemplos de su frialdad, de su forma de lanzarse hacia el objetivo sin considerar la vida o los sentimientos de nadie.

Por ejemplo, cuando despliega un baile sensual (sin duda imitando a Gabi) para lograr que el político Pawel Rudnicki también baile en el boliche gay y quede manifiesta su homosexualidad. Pawel cae en la trampa que el villano teje con precisión. El beso que le da para terminar de ponerlo a tono parece sincero y espontáneo porque Tomek es un gran actor. aprende a ser lo que la gente quiere que sea, se pone máscaras de lo más disímiles que cambia como de ropa.

En este punto se aleja del Joker. Arthur Fleck no planea con frialdad, no usa a la gente ni simula ser quien no es. No puede hacerlo: queda envuelto en un torbellino de emociones que lo consume. Cada centímetro que el Joker le gana a Arthur es irreversible y, una vez liberado, el monstruo está a la vista de cualquiera.

Tomek maneja a la gente como a sus perfiles falsos y los descarta con la misma liviandad. No deja que nada se interponga entre él y su objetivo. ¿Cuál es ese objetivo? ¿Enamorar a Gabi? ¿Vengarse de sus padres? ¿Plata? ¿Poder? Sin duda, Gabi es lo que más desea, pero no todas sus acciones se reducen a ser medios para ese fin.

El desamor desencadena la matanza. Gabi encuentra a un hombre que sí aprueban sus padres y se va a vivir con él a Nueva York. A Tomek lo consume la pulsión de muerte. A partir de ese momento va a hacer lo imposible para que esa masacre suceda. Porque no sólo es una venganza contra Zofia y Robert por alejar a su hija: el mundo entero es un lugar horrible y nadie merece sobrevivir. En la calle hay racistas que atacan a la gente, en las redes sociales hay seres llenos de odio que piden la cabeza de cualquiera, en los sectores más progresistas hay familias despiadadas que humillan al diferente. Beata, su mentora, se ríe a carcajadas mientras mira llorar a una influencer cuya carrera acaba de destrozar con una mentira. Aunque es autor de esa mentira, Tomek observa a su jefa sin sonreír. El mundo es un lugar horrible y la tenacidad con la que consigue todos los recursos para el atentado nos muestra que este pobre villano maquiavélico ya tuvo suficiente.

Escaleras al vacío

Hacia el final, Tomek sufre una transformación física: la piel blanca y la ropa negra le dan un aire de vampiro que combina muy bien con el festín de sangre de la masacre. Este es el último punto de comparación con Joker, que supone a la vez una similitud y una diferencia: diferencia, porque mientras uno es un estallido de color, el otro elije la sobriedad. Similitud, porque este nuevo look no es un disfraz sino lo contrario, una representación honesta de una nueva identidad.

La película termina como empieza: Tomek ante un tribunal y Tomek junto los Krasucki. El tribunal ya no son los profesores de la Facultad de Derecho sino la Policía Antiterrorista, que está buscando al cómplice de Guzek. De este tribunal, al menos en principio, sale bien parado. La reunión con los Krasucki es opuesta a la cena del comienzo: Gabi lo recibe con un beso, Zofia y Robert aprietan su mano con afecto. Los tres sufren enormemente por la muerte de la hermana de Gabi pero a la vez agradecen a Tomek, el salvador, por seguir con vida. El villano no sólo logró ser parte de la familia: se invirtieron los roles y ahora es el benefactor.

Así llega Tomek a su final feliz, triunfando en el trabajo y en el amor. Pero es probable que esa felicidad dure poco. La oficial antiterrorista lo mira fijo cuando Tomek sufre un ataque de llanto que interrumpe el interrogatorio. No le hace ninguna pregunta, ninguna expresión delata sus pensamientos. Es por la manera de mirarlo, serena y alejada, que podemos pensar que está atando cabos y que en su cabeza se empieza a gestar una historia bien distinta a la que repiten los medios.

Maciej Szozda, el líder del partido opositor a Pawel, es quien organiza el agradecimiento colectivo en las redes sociales hacia Tomek. Maciej y Tomek ya se conocen: este último ha ido a su casa a pedirle plata a cambio de discreción, y el político le dejó muy en claro que si volvía a molestarlo, lo mataría. Maciej sabe que él no es un héroe y tiene los recursos para eliminarlo si quisiera hacerlo. Por último, si bien Tomek chantajea a Beata y toma el control de la agencia, ella es un personaje poderoso que sabe moverse y maneja la información como nadie. No es muy difícil imaginar un contexto en el que se vuelvan a invertir los roles.

En las tragedias históricas de Shakespeare, los reyes siempre llegan sucios al poder. Para subir la escalera tienen que cometer tantas atrocidades, que cuando llegan arriba ya tienen a alguien mordiéndole los talones, alguien que busca poder o venganza por los muertos con los que carga. El camino del ascenso es a la vez el camino de la propia destrucción.//∆z