Gambito de dama: ampliación del campo de batalla

Analizamos a fondo la serie que puso al ajedrez en primera plana desde una óptica peculiar que involucra un relato de iniciación, los feminismos, las adicciones, la obsesión, la emancipación, el individualismo y el triunfo colectivo

Por Julieta Pastorino

 

La madre de Beth Harmon ha muerto manejando su auto. Beth, entonces, termina viviendo en un orfanato de señoritas. En realidad, sobrevive: lo hace gracias a la amistad de Jolene, una chica negra un poco más grande, y a las píldoras tranquilizantes que les dan, sin excepción, a todas las huérfanas. Estamos en Kentucky y son los años 50. 

Un día, una profesora le pide que baje a sacudir los borradores al sótano. Como Alicia cayendo por el pozo, Beth baja las escaleras para llegar a ese cuarto sucio y oscuro. Allí, en el subsuelo, conoce al conserje del orfanato, un tal señor Shaibel, que, mientras ella cumple el recado, se dedica a jugar contra sí mismo al ajedrez.

La niña se interesa de inmediato por el juego pero Shaibel, amargo, se niega a enseñarle. Así hasta que, después de varios días de desempolvar borradores, el viejo encargado se asombra de la habilidad de Beth para haber comprendido las reglas sólo mirándolo jugar. La protagonista se gana, por fin, su llave a un mundo desquiciado. 

La diferencia con Alicia: para Beth Harmon, protagonista de Gambito de dama, no hay salida de ese mundo.

Glamour y gestos microscópicos amplificados

En esta Miniserie, la aventura no estará montada sobre un dulce escapismo sino que incluirá, advierte Netflix en su cartelito +16, drogas. Drogas quiere decir: los tranquilizantes que le dan a Beth en el orfanato, a los que se vuelve adicta y de los que dependerá durante su atribulada pero brillante carrera en el ajedrez —el alcohol, la otra droga, hará equipo con las pastillas más adelante. 

Una Beth niña (Isla Johnston) se guarda por consejo de Jolene (Moses Ingram) las píldoras para tomarlas por la noche. Desde su cama del orfanato y bajo el efecto de los fármacos, nuestra prodigio ve el techo e imagina infinitas partidas: las piezas se deslizan fantasmagóricas mientras ella analiza aperturas, finales. Luego se hace jaque y, en un trance de atención absoluta, empieza de nuevo. 

“El ajedrez es todo un mundo en 64 casillas. Me siento segura ahí adentro: puedo controlarlo, dominarlo. Y es predecible. Si me lastimo, yo soy la única que tiene la culpa”, dice, más tarde, cuando la entrevistan para Life. La pregunta no es si las píldoras la hacen jugar bien al ajedrez, sino: ¿Su adicción es a las píldoras, al ajedrez o a ambas?  

Pasar la noche en vela moviendo piezas en su mente: esto también lo hará Beth cuando sea una adolescente—bicho raro en la secundaria y, más tarde, una ajedrecista adulta, independiente —¿o simplemente solitaria?— y glamorosa interpretada por, bombos y platillos, Anya Taylor-Joy.

La Miniserie despliega una gama apabullante de virtudes estéticas: según el crítico Diego Brodersen, una de ellas es mezclar el melodrama clásico —muerte, golpes bajos, romance y música sentimental de violines—, con la historia deportiva —juegos ganados, juegos perdidos, suspenso y acción— y la historia de crecimiento, la madurez que va ganando Beth tanto en el ajedrez como en la vida. Todo eso, sin caer en un pastiche. 

A la hora de narrar este híbrido, se actualiza el desafío de construir partidas de ajedrez con un montaje que contemple, por un lado, el dinamismo competitivo y, a la vez, la introspección psicológica. Varias apuestas se suceden a lo largo de los capítulos para mostrar los enfrentamientos entre jugadores pero es una la que se la juega por lo simbólico. En el quinto episodio los planos de cada ajedrecista aparecen enmarcados en pequeños cuadraditos que son, por supuesto, casillas de un tablero. Los jugadores mimetizados con las piezas.

Además, en Gambito brilla la composición de Taylor-Joy. La actriz mitad argentina mitad británica ya se ha lucido en The Witch (2015), película ambientada en Nueva Inglaterra durante la caza de brujas donde Joy interpreta a la protagonista, Thomasin. Fue esta ópera prima de Robert Eggers la que la instaló en un nicho que ama: el cine de terror. Así se volvió una actriz fetiche del género, actuando en films como Morgan (2016), Split (2016) y Glass (2019). Ahora, juega en las ligas dramáticas de Netflix. Lo que se puede esperar de una industria donde el terror y otros géneros freaks todavía miran desde abajo —aunque cada vez menos— a todo lo demás.

Taylor-Joy se encarga de utilizar todo su cuerpo —en especial su rostro y ojos enormes— como un campo de gestos microscópicos amplificados por la cámara de Scott Frank. Parece como si hubiera diseñado ademanes para cada pieza que mueve. Su paleta expresiva es el tablero. Los colores son las piezas. Un peón y una sonrisita, un alfil y una caída de la mirada; una reina y un ABC para el actor o actriz de cámara.

Por otro lado, los encargados del arte se dedicaron a interpretar un aspecto clave del guion: Beth es glamorosa y es glamorosa en los años 60. Había que tener mucho cuidado al momento de vestir y diseñar a Beth Harmon. Porque al tratarse de una protagonista con especial interés en que su ropa hable, un vestuario fallido suponía una personaje fallido. Ahora los looks de Harmon son el fetiche de Vogue. En una serie con los mismos tapados y vestidos pero sin la coordinación armónica de los colores, texturas y formas con la trama, esas prendas habrían perdido toda fuerza narrativa y glamour posibles. ¿Qué es ser glamorosa? Allí, Taylor-Joy también hizo su trabajo.  

Tableros, feminismos y emancipación

El 23 de noviembre, a un mes del estreno, Netflix reveló en Twitter que “un récord de 62 millones de hogares eligieron ver The Queen’s Gambit en sus primeros 28 días, convirtiéndola en la mayor miniserie con guion de Netflix hasta la fecha”. Sí, un futuro clásico que salió directo de esta plataforma de streaming. Jaque mate. También reveló que con Gambito de dama “las búsquedas en Google de «Cómo jugar al ajedrez» han alcanzado un récord de nueve años”. Y eso no es todo: Goliath Games, un fabricante de juguetes, afirmó a The New York Times que las ventas de tableros de ajedrez han aumentado un 1000% en comparación con 2019. Mil por ciento. Todos queremos ser Beth Harmon y estamos encerrados por un virus que hace juego con evadirse.

Algunos ya lo sospechaban: la serie se planta como un verdadero fenómeno de masas que, además de sus numerosos capitales estéticos, trasciende lo audiovisual. En primer lugar, Gambito pone sobre la mesa el tablero e infunde un deseo de ver, como mínimo, de qué se trata el ajedrez. Todo esto, teniendo en cuenta cuál es el público potencial: consumidores y consumidoras de una plataforma de streaming donde lo más visto se prostituye sin que casi nadie vaya a buscarlo por interés previo.

No hay nicho posible de ajedrecistas que se regodeen con un lanzamiento como Gambito de Dama. El producto es popular, eso lo entiende cualquiera. Esto no significa que los productores hayan querido que esos consumidores se encuentren con el juego —quizás, sí, tengamos esperanzas—, pero el resultado fue positivo: nos encontramos con algo distinto al efectismo, la violencia y el sexo de siempre. 

Con su destreza narrativa, Scott Frank acomodó atractivamente las piezas capítulo tras capítulo y no se dejó intimidar por esa confusión que despierta llamar deporte a un juego de mesa, como tampoco lo hicieron Andrew Bujalski ni John Leguizamo con sus películas Computer Chess (2013) y Critical thinking (2020), por nombrar ejemplos del siglo XXI; o Jan Pinkava con El juego de Geri, ese adorable e ingenioso corto pixariano de 1997 que cautivó a los infantes mediante el tablero, si nos vamos un poquito más atrás.

Pero ese archivo no es, ni de lejos, suficiente. El relato de ajedrez tiene su propia historia como subgénero para narrar al freaky sufriente. El freaky sufriente por excelencia: Bobby Fischer, uno de los dos ajedrecistas americanos de la historia en alcanzar el título de campeón mundial. Walter Tevis, autor de The Queen’s Gambit, novela de 1983 en la que se basó la serie —y que ahora es, claro, best seller—, confesó que el personaje de Beth está, en parte, basado en Fisher. Se puede juntar un racimo de películas sobre esta personalidad peculiar del ajedrez, cuya insania inspiró la de Harmon: Searching for Bobby Fischer (1993) y Pawn Sacrifice (2014), sin incluir el sinfín de documentales al respecto.

En este caso, Tevis eligió hacerlo con una protagonista femenina y Frank, con una serie de siete horas. Y para Netflix. Las referencias técnicas son generosas y uno termina sabiendo —o al menos, conociendo el nombre— de la defensa siciliana abierta y cerrada, los enroques; sabiendo que hay torneos importantísimos de ajedrez, competencias mundiales con relatores que cuentan el partido movimiento a movimiento como si fuera fútbol. Perdón: como si fuera ajedrez. Si Dr. House nos enseñó de qué se trata un aneurisma plano, con Gambito aprendimos qué significa peón cuatro rey. Guionistas incluyendo sin asco lenguaje de gueto para todas y todos. 

Otro logro: a la hora de hablar del don de Harmon, no se remarca lo biológico. No nos ponen en pantalla a un neurólogo que cablea al personaje para explicárnoslo: en el juego de Beth no todo es un milagroso talento innato sino también estudio, trabajo, conceptualización. Cada título de cada episodio tiene su carga interpretativa siguiendo la secuencia de un partido: Aperturas, Peones doblados, Ataque doble. El título Gambito de Dama, por su parte, alude al sacrificio de piezas para obtener una ventaja posterior y no puede ser más acertado. Gambito por el sacrificio. En este caso, el que hace Beth al entregar su vida y su salud al juego —las drogas para aumentar la concentración, el no sentirse intimidada, aplacar la desdicha. A su adicción por los tranquilizantes se le suma su enfurecido alcoholismo, el cual ayuda a construir uno de los símbolos más sugerentes de la serie: en el sexto capítulo, sumida en una crisis, Beth comienza a llenar su cuerpo de alcohol hasta vomitar en una copa que es… un trofeo de ajedrez.  

Dama por lo de dama. Ahí está otro de los capitales, recurrente —y a veces abusado hasta el colmo marketinesco— en las producciones progresistas de Netflix: la perspectiva de género. “No dijeron nada del señor Shaibel ni de cómo juego la defensa siciliana. Solo hablan de que soy una chica”, se queja Beth una vez que publican la entrevista en Life. Y se lo dice a otra mujer más que oprimida: Alma Wheatley (Marielle Heller), su madre adoptiva desde el segundo capítulo, una pianista frustrada, también alcohólica, abandonada a su suerte por un marido que la despreciaba y no le dejó más opción que usar el dinero ganado por su hija en los torneos para pagar las cuentas. 

Las  mujeres generalmente han estado excluidas del ajedrez, mucho más en los años 50 y 60, época bisagra del siglo XX en la que transcurre la serie. Sin embargo, para Beth, nada de esto es un impedimento durante el desarrollo de su exitosa carrera. Más que reivindicarse como feminista, opta por la indiferencia como mecanismo de naturalización:

—¿Qué les dice a los de la Federación de Ajedrez que la acusan de ser demasiado glamorosa para ser una ajedrecista seria?—le pregunta un reportero en París, a lo que Beth responde:

—Diría que es más fácil jugar al ajedrez sin la carga de una nuez de adán.  

Harmon no hace alusión directa a su consumo de ropa cara como feminismo (o lo que es equivalente hoy, en esta época políticamente desolada: soy una mujer libre y segura de sí misma porque soy coqueta); sin embargo, la lente, cuando insiste en mostrarla como una fémina glamorosa que antes de los torneos de hombres se va a comprar vestidos, sí deja en claro esta idea: no basta con su irrupción en el mundo machista del ajedrez para emanciparse.

Su habilidad para el juego tiene que legitimar su consumismo, ya que estamos. Le celebran a Beth que es ajedrecista y glamorosa, como si el consumo de marcas prime la liberara de la obligación nerd de llevar un corte sin onda. Pero los que celebran ignoran que, para ser glamorosa en el sentido convencional, Beth necesariamente tiene que estar atrapada en un sistema que le exige comprarse el último grito de la moda. ¿Atrapada? Privilegiada en ese sistema, el capitalismo, donde cualquier feminismo que no se le oponga va a terminar siendo un feminismo de ricas, ajedrecistas  o modelos —a Netflix le da igual. 

Nadie habla de negarle a Beth su derecho al placer estético o sexual, sentirse bien consigo misma. No la queremos ver todo el día moviendo alfiles. Pero su logro sigue siendo, por más que nos pese, sólo el de una mujer individual.   

Sacrificios bellos, lugares comunes, trabajo en equipo

El período histórico de la serie también adquiere relevancia por una segunda cuestión: la Guerra Fría. Aquí, lector, lo despedimos anticipando futuros spoilers. Usted, cual ajedrecista experimentado, puede tumbar su rey y renunciar a esta partida honradamente en vez de seguir avanzando. 

El final de la serie transcurre en 1968 en la Rusia Soviética, cuando Beth viaja a Moscú para intentar destronar al ruso Vasily Borgov (Marcin Dorocinski) y quedarse con su campeonato del mundo. La protagonista viaja, por supuesto, acompañada por un guarda de su país. La animosidad entre los bloques comunista y capitalista obliga a los Estados Unidos a no dejarla a ella, una americana, suelta en Moscú. Tampoco está de más llevar a alguien que le sugiera, durante las entrevistas, hablar sobre lo afortunada que se siente en Rusia de ser estadounidenseSin embargo, Beth no se ofrece como canal de propaganda. Para ella, la batalla en el tablero es entre inteligencias, no entre géneros o sistemas políticos y económicos. 

Aunque, para entender mejor la serie, es útil tener a mano lo siguiente: el ajedrez fue el deporte que, tras la Revolución, eligió el Partido Bolchevique para darle un nuevo prestigio intelectual a la Unión Soviética. Un juego austero y barato que no requería de estadios de fútbol ni pistas de atletismo, lujos con los que la Rusia rural y empobrecida de aquel entonces no podía ni soñar. El impulso que se le dio al juego, que pasó a ser el deporte nacional, fue inmenso, con una formación intensiva en las escuelas. Esto explica en términos históricos que de la Unión Soviética hayan salido tantos campeones mundiales de ajedrez. ¿Cuántos exactamente? Desde el 48’ al 93’, todos menos Bobby Fischer.

Es aquí donde resuenan, entonces, las palabras de Benny Watts, primero contrincante y luego entrenador de Beth: “¿Sabés por qué los rusos son los mejores jugadores de ajedrez del mundo? Porque ellos juegan juntos, como equipo. Se ayudan entre ellos, sobre todo cuando se aplazan los partidos. Nosotros, los americanos, trabajamos solos porque somos muy individualistas”.

Finalmente, Harmon juega contra Borgov sin tranquilizantes —los tira por el inodoro—, sin nada. Puro talento, práctica y talento. 

La partida se desarrolla en un salón de monumentalidad estalinista. Mientras corren los relojes, los jugadores van comiendo las piezas del otro y el tablero es tomado por una maraña lógica cada vez más intrincada. Afuera, el público escucha la radio y replica en sus tableros los movimientos de Harmon y Borgov.  Así hasta que, para sorpresa de muchos, el contrincante de Beth pide un aplazo.   

Fotógrafos, periodistas, fanáticos. En vísperas de la continuación de la partida y firmando autógrafos por doquier, Beth se encuentra con Townes (Jacob Fortune-Lloyd), un reportero y ajedrecista que ha conocido en sus primeros torneos en Kentucky y que, entre todos los jugadores que están locos por ella, era el único que perfilaba como romance auténtico. Pero Townes resultó ser gay. Él ha viajado a Rusia para cubrir el campeonato y —alerta melodramática— para ver a esa jugadora a la que estima. Entonces, como quien diría se besan, Townes y Beth se encuentran y abrazan apasionadamente. Una pasión amistosa reemplaza a la romántica. Un giro sano que se planta en el campo minado del melodrama y que hay que festejar. 

Al día siguiente, cuando Beth despierta, es el día de la verdad. Recién levantada en su habitación del hotel, la espera una llamada desde Estados Unidos. Del otro lado están todos sus compañeros ajedrecistas, entre ellos Watts, reunidos para ayudarla en la segunda mitad de la partida contra Borgov. Quieren que gane la final. Un self-made man americano no aceptaría esta cooperación ni estaría dispuesto a ofrecer la suya. O, mejor dicho, su orgullo patriarcal y espíritu capitalista no se lo permitirían. Pero Beth Harmon sí se deja ayudar, y gana.  

En los últimos minutos del capítulo, la ahora campeona del mundo y su guarda viajan en taxi hacia el aeropuerto. De repente, Beth decide bajar del auto: chau, me voy. Quiero caminar. Si Twones no fuera gay— estamos retrocediendo sobre los pasos progresistas de la serie— , el reflejo de un espectador meloso sería: se va a ir con Townes, se van a besar y todo va a terminar en un fundido en negro de ellos dos jugando al ajedrez en la cama, entre risitas y picos. Pero no. Beth sigue su marcha hasta que da con su verdadero objetivo, eso que la cautivó desde que pisó la URSS: decenas de ancianos soviéticos, abrigados hasta la nariz y jugando ajedrez sobre mesitas en la nieve.  

La escena representa una suerte de cierre circular hacia sus orígenes, como si Beth se encontrara con varios Mr. Shaibel, su maestro inaugural. A Beth no le interesa hablar de por qué juega tan bien si es mujer o por qué se viste tan bien si es ajedrecista. Le interesa el ajedrez de los jugadores, su nicho, no el del mercado mediático. Le gustan los ajedrecistas que son peones, no por su humildad fingida — ella no la tiene— , sino por el sacrificio noble, estético —”el ajedrez puede ser bello”, sacude Beth a la periodista de Life—  de romperse la cabeza en el tablero. Pero, ¿Hasta qué punto? ¿El de vomitar las derrotas en un trofeo? ¿O hasta que los amigos nos llamen para ayudarnos a ganar la final del mundo?//∆z