Entradas oscuras

Peter Murphy vino, vio y venció en Niceto: su tercera visita al país fue una sólida muestra de vigencia del héroe ex Bauhaus para presentar su Lion, su último disco.

Por Matías Roveta
Fotos de Lucas Paiva

En esto que de un tiempo a esta parte se ha ido convirtiendo en una sana costumbre para el público de rock local, Peter Murphy volvió a visitar Argentina por tercera vez consecutiva (cuarta en total, si se suma el show debut de 2009): luego de la presentación de Ninth en 2012 y de la selección orgiástica de clásicos de Bauhaus del año pasado (ambas en el Teatro Vorterix), en este caso la cita en Niceto tuvo como excusa tocar en vivo el material de su más reciente trabajo discográfico: el flamante Lion, editado en junio, que continúa la línea de excelencia de Ninth y consolida de lleno a Murphy en un nuevo pico creativo en su extensa carrera de casi cuatro décadas. En cualquiera de los casos, el efecto deseado es siempre el mismo: apreciar una vez más la potencia sombría de la gola de Peter Murphy, voz definitiva del rock gótico y mentor principal –primero como líder de Bauhaus y luego como solista- de esa subcultura que nació del pos punk y regaló discos memorables a partir de sus arpegios oscuros de guitarra, líneas de bajo llenas de gravedad y climas siniestros.

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Un poco de ruido blanco de sintetizadores y enseguida la guitarra sobresaturada para hilvanar una marcha densa: la gran “Hang Up” abrió la noche y así, también, empieza Lion: un álbum que gira hacia el rock industrial y la electrónica luego del sonido energizado y crudo del genial Ninth, pero que mantiene cuotas altas de inspiración creativa. Luego, una perla del catálogo solista de Murphy, “Low Room” de Holy Smoke (1992), que bien podría haber sido un clásico de Bauhaus: una genial interpretación vocal, guitarras con tonalidades menores y una atmósfera ominosa. “Low Tar Stars”, con su pulso de electro rock y sus guitarras mecánicas, define bastante bien el espíritu de Lion y puso al público en movimiento; “Memory Go” y “Peace to Each”, con sus guitarras filosas en un primer plano, en cambio, son buenas cartas de presentación de Ninth. Son ejemplos, también, de cómo Murphy es capaz de teñir cualquier género que toque –en este caso el rock clásico- con una pátina de hipnótica lobreguez: los riffs remiten mucho más a Black Sabbath que a Led Zeppelin y eso ya es mucho que decir.

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Buena parte de la clave del éxito show está en la gente que rodea a Murphy: para esta nueva gira el cantante decidió rodearse de un grupo de músicos jóvenes y talentosos capaces de crear el escenario musical adecuado para que él pueda lucirse con su imponente voz. El bajista Zef Noise es un elemento vital: dispara líneas de bajo con slap en “Low Tar Stars”, hace coros y toca un excelente solo de violín eléctrico en “Gaslit”, apoya las voces de Murphy y construye junto a él armonías vocales en cada una de las canciones, y hace sonar a su bajo como una guitarra con fuzz en “Silent Hedges”: himno dark que inició el breve momento Bauhaus de la noche que, también, incluyó a la genial “She’s in Parties”: allí el que se lució fue el guitarrista Andee Blacksugar, que copió con maestría el característico estilo sucio y disonante del gran Daniel Ash, mientras el propio Murphy hacía lo suyo con la melódica al lado de la batería de Nick Lucero. Con esa base de apoyo, el ex cantante de Bauhaus da rienda suelta a todo su amplio arsenal de recursos vocales: esgrimiendo como un crooner de las tinieblas en “Deep Ocean Vast Sea” a partir de un registro cavernoso alla Tom Waits (algo que repitió con una cuota de dramatismo en “Holy Clown”) y linkeó influencias directas con Scott Walker (“A Strange Kind of Love”), Iggy Pop (“Memory Go”) y David Bowie (“Velocity Bird” y “The Prince & Old Lady Shade”).

Luego de una pequeña pausa y la presentación de rigor de la banda por parte de Murphy, llegaron los bises: “Cuts You Up” y ese gran hit de Deep (1989) -su mejor disco solista-, “Lion” con su cuota de sinfonismo y gran riqueza de texturas, más el final con “Uneven & Brittle” que incluye una de las mejores performances vocales de Murphy en toda su carrera. La canción, además, resumió muy bien de qué se trató todo esto: con su estructura convencional de estrofas versus estribillos, lo que arremete con una furia asesina después del puente no es un solo de guitarra sino un grito descomunal por parte del profundo registro barítono de Murphy: un cierre perfecto que reivindicó con justicia a esa voz por encima de todo.//z

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