El placer del texto: The Crown

En una nueva columna, la escritora uruguaya analiza la tercera temporada de The Crown y responde por qué la serie sobre la realeza británica es literatura. 

Por Carolina Bello

En el sentido histórico me importaba muy poco la realeza británica, hasta que un día vi The Crown, una serie que no es sobre la realeza británica, sino sobre un período de la historia: una ficha del puzzle en el entendimiento, una cosmovisión de dinastías y pueblo que dura hasta hoy. Verla es sospechar, aprender, querer buscar, dejarse llevar por el placer del texto en el cine. Porque en esta serie hay películas y hay literatura.

Le cuento a la gente los capítulos con afán generoso o me hago la sabia histórica evocando la gran niebla, la tragedia de Aberfan o el apagón previo a la huelga de los mineros. Hablo de Winston Churchill a quien le leí las etiquetas y prometo ir por más, me indigno con el anacronismo: es 2019 y aún prosperan los sistemas monárquicos, aunque este incluya un parlamento votado por la gente.

Pienso en los simbolismos: en las banderitas del Reino Unido que flamean en las puntillosas manos inglesas cuando hay motivo de celebración. Porque en esa idiosincrasia tan lejana a las costumbres rioplatenses, tan ajena a nuestros cariños y a nuestras hazañas siempre criollas, la realeza opera con la lógica de la celebridad. Porque admirar, en parte, es añorar desde la carencia. A esta familia no se le perdonó -quizás uno de los primeros antecedentes del formato reality que la serie muestra desde el backstage de la BBC irrumpiendo en Buckingham- filmar un documental donde pretendieron mostrarse como la gente de verdad -no real, reales son ellos-. Nadie quería ver al duque de Edimburgo, esposo de la reina, haciendo un asado británico, nadie quería ver a la reina aflojar los hombros. El pueblo lo reprobó. Era tarde para ser de verdad: los iconos no pueden permitirse el lujo de parecer lo que no son.

Van tres temporadas. El arco temporal comienza cuando abdica Eduardo VIII -tío de Isabel II la reina que todavía vive y cuya existencia contemporánea a la emisión de la serie resulta inquietante- y en ese punto se reconfigura el devenir de la dinastía. Todo se corre de lugar: un rey abdica por amor -simpatía asegurada hacia ese personaje- y su hermano menor debe hacerse cargo de la corona, ese instrumento en el que parece acurrucarse la semiótica de la historia del mundo.

Este nuevo rey tiene dos hijas: la mayor, Isabel, mansa, respetuosa, con escueta sabiduría familiar; y Margarita, la menor, la rebelde que se escapaba con los artistas, las que fuma, la que justo andaba por Estados Unidos cuando tuvo que improvisar a pedido de su hermana una reunión protocolar para convencer a Lyndon Johnson de que ayude al Reino Unido con un préstamo para palear la crisis de 1965. Nadie le tenía fe a la hermana menor, pero según la serie hubo fiesta, alcohol y humor inglés y Johnson quedó subyugado por una picardía palaciega que creía nula. Entre lo que realmente ocurrió -el dato histórico- y lo que muestra, reside el componente deslumbrante de la serie.

Googleo a Peter Morgan. Espero que Wikipedia diga “creador”, pero no, dice “escritor y dramaturgo inglés” y ahí entiendo todo -ese todo es en mayúsculas-.

Además de cine, porque cada plano, cada gesto, cada toma, cada momento-magia importa, The Crown es literatura y los ingleses han sabido algunas cosas sobre contar historias. Hay una intención narrativa en la que no solo existe una preocupación absoluta por la cohesión, porque no sobre ni falte una palabra en diálogos que obligan a retroceder no por poco entendibles, sino porque es humano querer volver a disfrutar. La recreación de época ni siquiera es percibida como ornato, sino que siempre dialoga con la escena, crea atmósfera, determina acciones, da placer. Ver The Crown es leer.

Personajes, diálogos, escenografías, bajo la dirección de alguien que sabe lo que hace cuando cuenta y créanme: son demasiados aspectos a considerar para que cada escena resulte en sí misma una experiencia de lo bello, como querían los románticos del siglo XIX. Una vez que se alcanza la contemplación de la belleza, la tarea de renunciar a ella es titánica.

La luna no es lo que parece

Hay episodios que se destacan por el momento histórico que plasman -la visita de Kennedy al Palacio en 1961-; otros por la curiosa intimidad revelada -Churchill quemando su propio retrato tras meses de interacción con su pintor. El primer ministro no pudo soportar que lo haya inmortalizado sentado, tal cual el artista lo vio, y no parado con el aura imponente de los próceres.  Otros episodios porque parecen películas en sí mismas y no se puede creer que haya sido real lo recreado, como el de la gran niebla, fenómeno climático que asoló a Londres durante días y ocasionó caos y muertes; otros por su componente trágico como el desastre de Aberfan cuando una mina de carbón se deslizó y arrasó literalmente a un pueblo. Están también los capítulos introspectivos, como cuando un escritor desvía para para poner foco ya no en la peripecia, sino en el ser o estar de un personaje. Es el caso del enorme capítulo “Polvo Lunar”. En él vemos cómo Felipe, esposo de la reina y duque de Edimburgo -quien ya venía de un capítulo existencial en el que se encuentra con su madre, una monja desterrada en Grecia con intenciones rupturistas que está de vuelta de la vida y, por ello, se le cree un poco- se deja atrapar  por lo que entonces fue el mayor golpe de efecto de la historia: unos tipos llegando a la luna. Lo que, dicho distinto, es decir que vio en tiempo real a tres hombres arrasando fe y creencias como un tsunami de la ciencia ficción. Se trataba del espacio y estaban ahí.

Felipe pasa días atribulado, pensativo, pendiente del blanco y negro de la televisión -porque el espacio es en blanco y negro incluso después del color- y de los diarios que narraban la aventura. Vemos junto a él su pequeñez, que es la de todos, aunque la suya sea demasiado enorme porque vive en un palacio. Felipe, que fue piloto, de pronto tiene ídolos. Esos tres que lograron la hazaña de la historia lo visitarían. Está nervioso, ha anotado preguntas que adivino: ¿cómo es la inmensidad?

Pero entonces llegan los tres héroes. Personas tan reales que duele tanto hueso junto. Ellos, los que vienen de la luna, la luna, miran las paredes interminables del palacio con éxtasis y bocas abiertas mientras el duque los mira a ellos y la mueca de dicha comienza a transformarse. Duele lo verdadero, la simpleza de lo que creíamos magnánimo. La luna no es lo que parece. Una lección de filosofía camuflada en una escena cargada de decepción y de sentido -una vez más- y solo es una serie de televisión.

The Crown es lenta, se toma su tiempo para contar y mantiene una calidad férrea durante las tres temporadas, incluso con un cambio de actores y actrices para interpretar a los mismos personajes. Si lo de Claire Foy había sido fuera de concurso, lo que logra Olivia Colman interpretando a la reina es tan creíble e intenso que hasta con el temblor de una mejilla ejerce el poderío de las entidades que convencen.

Acá no hay superhéroes, ni los ochenta recordando infancias; tampoco hay dragones y batallas épicas; acá no hay espectáculo expresamente hecho para la demanda de Netflix -aunque se emita en esa plataforma-, acá hay una obra completa e integral, donde habitan los monstruos que somos todos: los verdaderos y los reales.

Una serie cuya ambición trasciende lo estético y el timing y se esmera con creces para mostrarnos qué tan humanos somos cuando sentimos miedo por del fin de las cosas, amor por la sabiduría y la sagrada noción de no perder el tiempo.

Lean The Crown.//∆z

 

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