El hip hop como campo de batalla – Parte IV

De la traición del “Bling-Bling” a las protestas por el asesinato de George Floyd en manos de la policía. La cultura hip hop moderna se encuentra ante una nueva e inminente mutación. El horizonte de lo posible se ha ampliado como nunca en los últimos veinte años. La única duda es cuál será el rol de los nuevos referentes en lo que se anticipa como una lucha encarnizada que todavía tiene un final abierto.

Por Rodrigo López

Primera parte
Segunda parte
Tercera parte 

La traición, “Bling-Bling”, el ascenso del Black Lives Matter y el horizonte de lo posible

Los primeros pasos del hip hop en el Siglo XXI lo encontraron con su identidad a la venta del mejor postor. El rap consciente y el universalismo comercial quedaron encerrados en un proceso dialéctico sin fin. Banalización como sinónimo de globalización y la intención de matar a una era en la que la resistencia y la conciencia habían sido los objetivos de una generación. Artistas como P. Diddy y Jay-Z, para mencionar a dos polos opuestos, se consolidaban como marcos alrededor de los cuales vender productos relacionados con una música cada vez más apegada al pop radial. La lírica lavada reproducía los estereotipos negros de la White America. Lo paradójico es que Jay-Z había sido muy político en sus comienzos, pero en la era de las autopistas de la información, ese camino llevaba a quedar apartado en un nicho muy pequeño. La esperanza parecía esfumarse de la mano de eventos como la extraña gira “Black August”, que llevó a los principales exponentes del rap combativo a Sudáfrica solamente para exponer las limitaciones lógicas del caso: todos ellos trataron a los artistas locales como choferes y guías turísticos, se rodearon de lujos fastuosos y quedó claro que no comprendían ni la propia influencia ni la dura realidad global de la comunidad negra.

Se vivía un nuevo momento de tensión entre el poder y el hip hop, mientras el rap se metía también en la conversación. Cynthia Delores Tucker, férrea y muy importante militante del Movimiento por los Derechos Civiles, agitó el avispero en uno de los ataques contra la propia cultura más espectaculares de la era moderna: se alió con el Partido Republicano, puso en la mira al gangsta rap de California (en especial al círculo de Death Row, como no podía ser de otra forma), se comparó con Martin Luther King y pidió que las tropas se movilizaran contra una juventud que consideraba desviada. Si bien el rap tenía elementos misóginos y por momentos un exceso de violencia en sus letras, lo cierto es que Tucker nunca pudo abrazarse a la verdadera lectura de esa lírica y puso un énfasis exagerado en las cuestiones que solo eran polémicas para quien oprime. Replicaba los argumentos del conservadurismo blanco. Más allá de su intención inicial de terminar con el contenido violento, su plan definitivo para regular la cultura joven implicaba contener las ideas y controlar los cuerpos. Así, quedaba por completo anclada en ideas que habían evolucionado hacía más de treinta años al compás de una realidad cada vez más compleja y oscura.

Mientras tanto, la Youth Task Force hacía converger el universo del hip hop con otras importantes esferas del arte. Buscaban generar mayor conciencia social y crear las bases para la revolución que terminaría de explotar en Atlanta entre finales de los ’90 y comienzos del nuevo siglo. Detrás de todos los sucesivos ataques sufridos por la nueva juventud negra desde la década de 1970 hasta el 2001, yacía la única verdad: la generación hip hop era igual o más activa que la de los Derechos Civiles. Pero también era vilipendiada, repudiada y marginalizada como ninguna otra a pesar del supuesto acceso igualitario cultural e informacional. La nefasta política de “Tolerancia Cero” del Alcalde Rudi Giuliani vino a replicar la antigua “Teoría de la Ventana Rota”. Hizo explotar a una Nueva York llena de miedo y angustia y elevó la cifra de arrestos por encima de los 45.000. La mayoría de los perjudicados fueron personas negras y latinas, claro.  Menos de 10.000 casos llegaron a ser detenciones oficiales. Como si fuese una repetición de la película de siempre, a medida que corrían las semanas las ejecuciones ilegales por color de piel y procedencia aumentaron de forma exponencial, siempre con el apoyo de un sistema judicial necrótico.

El ejemplo más claro estaba en Los Ángeles, de la mano de la Unidad Anti-Pandillas “C.R.A.S.H”: en Rampart, California, se descubrió un departamento en el que las autoridades hacían fiestas con prostitutas, consumían y revendían la droga confiscada y tenían un arsenal de armas y drogas para plantar y justificar los arrestos. Además, salieron a la luz muchísimos casos en los que la violencia utilizada en los arrestos había llevado a la muerte y a la incapacidad física. Pero como el fin siempre justifica los medios, esta política de exterminio fue ignorada: se tenían que inflar los números oficiales para dar pie a la “Proposición 21”, ley que bajó la edad de imputabilidad en un momento en el que los delitos juveniles prácticamente no existían. Bajo la idea de que las opciones falsas no eran verdaderamente opciones a futuro, la juventud negra y latina puso miras en lo que se avecinaba, unificó posturas, rompió los cercos informativos geográficos y demostró que rendirse no era una alternativa.

De una era en la que el concepto del “Bling-Bling”, es decir,  la alabanza hacia el neoliberalismo y su idea del “self-made man”, hacía metástasis en todo el mundo. Esto ponía a lo material por encima de la lucha y despojaba a la cultura de su esencia. Con cruces bizarros con el pop melódico, el R&B radial y el heavy metal, empezaron a emerger nombres que llevaron el concepto hacia mejores costas. Los mismísimos Dr. Dre y Snoop Dogg como padrinos, la explosión de Eminem —con el cambio de paradigma que ello implicaba en cuanto a los límites raciales— junto a Lil Wayne, 50 Cent y Young Jeezy, así como la consolidación de la escena de Atlanta de la mano de la brillantez radical y cada vez más compleja de OutKast y Goodie Mob, ayudaron a que se instale entre los jóvenes la idea de que el goce del lujo y la conciencia social bien podían ir de la mano. A mediados de la Era de George W. Bush hijo, con el fuego de las Torres Gemelas y las bombas sobre Afganistán e Irak aún frescas, el avance del rap alternativo de la mano de Kanye West, Mos Def, The Roots y Gnarls Barkley ayudó a la evolución del concepto sonoro e intentó adaptarse a las nuevas formas de lucha y de consumo. Pero más allá de algunos gestos políticos específicos en la lírica y fuera de ella, predominaba la sensación de que gracias al debate inerte entre los modelos empresariales encarnados en Dre y Jay-Z, algo se había perdido en el camino.

 

Lo que nadie se vio venir era el hecho de que la década siguiente iba a ser la que avivase la llama de forma definitiva. A la histórica elección de Barack Obama como el primer Presidente negro de los Estados Unidos en el año 2008, le siguió el cobarde y brutal asesinato de Oscar Grant en la madrugada del primero de enero de 2009. Lo que debía ser el triunfo de la esperanza bajo los ideales de la igualdad real, terminaría derivando en una gran desilusión para una comunidad negra que seguía con la guardia alta a pesar de la euforia. Mientras millones de afroamericanos todavía sonreían por el triunfo de la fórmula Obama-Biden, un agonizante joven negro de tan solo veintidós años trataba de sobrevivir a un disparo recibido en su columna por parte de un oficial de la Policía de B.A.R.T en la Estación de Fruitvale, Oakland. Casi como una metáfora, el regreso a las bases del Black Power comenzó a gestarse en la tierra de las Panteras Negras: Grant era un ex convicto por un delito menor que se encontraba en una situación personal muy delicada, pues había sido despedido de su trabajo por un problema superficial, tenía una pequeña hija que alimentar y veía en la venta de marihuana una de las pocas posibilidades de conseguir algo de dinero. Si había un ejemplo moderno de cómo el color de piel y la situación económica definían el destino de una persona, era el de Oscar Grant. Y si había un momento en el que el hip hop debía empezar a reconfigurarse, partiendo desde una dura auto-crítica que lo ayudase a retomar su rol central en la lucha, era sin dudas ese.

Los artistas buscaron nuevos horizontes sonoros a través de la innovación y la experimentación. Pero esta vez sin perder la esencia. La irrupción definitiva de los sintetizadores y del auto-tune dentro del género se dio a través de 808s & Heartbreaks (2008) de Kanye West, álbum que no fue comprendido en sus primeros pasos pero que se consolidaría a la vanguardia del hip hop en cuanto a texturas sonoras y estética post-romántica. De este impulso para explorar nuevos territorios, aún aquellos más incómodos, surgen artistas de la talla de Kendrick Lamar y J Cole, quienes conquistaron la década de la mano de un sonido ecléctico, una manera visceral de relatar las vivencias cotidianas de su comunidad y una apertura hacia lo más profundo de las emociones pocas veces vista en la escena. Un retorno a una lucha que lejos estaba de haber terminado y que encontró, tristemente, impulso en los nombres de Trayvon Martin, Michael Brown, Eric Garner, Dontre Hamilton, John Crawford III, Ezell Ford, Laquan McDonald, Akai Gurley, Tamir Rice, Antonio Martin, Jerame Reid, Renisha McBride, Breonna Taylor, Ahmaud Arbery, George Floyd y de decenas de víctimas más de la brutalidad tanto policíaca como civil por el solo hecho de ser negros. Todos ellos se suman a los más de 26.000 afroamericanos asesinados por motivos racistas entre 1980 y la actualidad, sin que haya siquiera leves señales de que la lista vaya a dejar de extenderse en algún momento.

Luego de un cierre decepcionante de la Era Obama, en lo que refiere a avances reales, no había mucho lugar para la verdadera esperanza. Una era signada por el asesinato de Trayvon Martin y por el ascenso imparable del Black Lives Matter a nivel mundial, en la que el Presidente encontró muchas dificultades a la hora de romper el tibio equilibrio que el ala negra del Partido Demócrata suele mantener con el mayoritario progresismo blanco. Pero como una pesadilla que no termina jamás, la insólita llegada de Donald Trump al Salón Oval destruyó las bases y, en un homenaje a Ronald Reagan, llevó el reloj varias décadas hacia atrás: explotó como nunca la siempre presente grieta política y racial de una sociedad sin punto de retorno en cuanto a su división ideológica y llegó al puesto más importante de su país derrotando a Hillary Clinton por muy pocos electores y perdiendo en el voto popular con amplitud. La instalación definitiva del supremacismo blanco y de la mediocridad administrativa intensificó al máximo posible la violencia social e institucional contra las minorías negras y latinas. El cuarto de pólvora estalló luego de los sucesivos asesinatos de Ahmaud Arbery, Breonna Taylor y George Floyd en los primeros meses de un 2020 marcado por el encierro, el odio al diferente y la paranoia total. Un panorama desolador precedido por el inentendible acercamiento de un referente como Kanye West al ideario racista del “Make America Great Again”. Tour que comenzó poco después de su meltdown en plena gira de presentación de Saint Pablo (2016)  y con una repentina conversión al catolicísimo tradicional, para luego continuar, como una espiral macabra, con el apoyo público incondicional hacia una de las figuras más racistas y machistas de la era moderna, con el ataque frontal al feminismo negro y a su lucha por la justicia social y la legalización del aborto, con una prédica anti-vacunas en plena crisis por el Coronavirus, con la validación de un sinfín de teorías conspirativas de dudosa procedencia, con el estreno de la políticamente ambivalente y brillante musicalmente “WASH US IN THE BLOOD” como anticipo de un nuevo disco, con un desactualizado pedido a la comunidad para abandonar lo que él considera “luchas del pasado” y, finalmente, con una ridícula postulación a la presidencia de los Estados Unidos que parece más una promoción del sucesor de Jesus Is King que una acción concreta. De acuerdo al estatus de Ye en la cultura hip hop, es muy triste que este pequeño párrafo sea una de las formas más claras de describir lo que han sido para la comunidad negra los olvidables y nefastos casi cuatro años de gobierno de Donald Trump.

Mientras históricos como Public Enemy, Ice Cube, DJ Yella, Dr. Dre, Eminem y Snoop Dogg vuelven a colocarse en el centro del ring para acompañar a una nueva generación de combatientes liderada por Kendrick Lamar, J Cole, Buddy, 6lack, Kehlani, Anderson Paak, Reason, Killer Mike y Tyler The Creator, poco a poco se reconfigura una nueva era en la que la justicia social, la condena de todos los asesinos racistas y el redireccionamiento de los fondos millonarios destinados a cada departamento de policía se establecen como una urgente prioridad. Mientras las ciudades ardían a lo largo y ancho de los Estados Unidos y el Black Lives Matter mostraba cómo había ampliado sus bases al abrazarse definitivamente con la Comunidad LGBTIQ, el cuestionamiento se movía hacia los artistas de trap, cuyo ascenso meteórico (a la par del parasitario reinado de las plataformas de streaming) e idolatría por parte de los jóvenes afortunadamente no los ha eximido —salvo pocas y honrosas excepciones— de duros reclamos por parte de la comunidad debido a su decepcionante tibieza a la hora de apoyar con hechos a las movilizaciones.

En las puertas de una nueva década, la cultura hip hop mainstream se encuentra ante una nueva encrucijada, ante una gran oportunidad  de cambiar sus actitudes: nunca fue ni debería ser  suficiente con subir a las redes sociales un polémico cuadrado negro ni realizar algunas acciones declamativas desde la (falsa) seguridad de una mansión cercada. La cuerda se ha vuelto a tensar al punto de ser imperdonable el hecho de no aprovechar una inédita influencia global sobre la juventud para generar un cambio real que lleve a la consecución de los objetivos de una lucha histórica. Estará en los grandes nombres el ayudar a las estrellas emergentes del trap y el hip hop a encontrar una tercera vía. Una vía que les permita evitar tanto el cliché absoluto del gangsta creado por el neoliberalismo (uno que se ha cobrado las vidas de bastantes artistas prometedores en estos últimos cinco años), así como la exagerada idea de que la música sí o sí debe tener una lírica enrevesada y sobrecargada de referencias políticas, sociales e ideológicas para ser militante y auténtica. En una era en la que los recursos parecen ser infinitos, en la que las plataformas de comunicación se multiplican continuamente y en la que las tenebrosas similitudes con las décadas anteriores ya han quedado al descubierto, empieza a configurarse una escena dentro de la cultura hip hop en la que no habrá lugar para los débiles.//∆z