El hip hop como campo de batalla – Parte II 

Analizamos a uno de los géneros musicales más populares del mundo. En esta segundo entrega: It’s morning in America, voto o balas.

Por Rodrigo López

Acá tenés la primera parte

 


El hip hop afrontó un pleno proceso de reafirmación de su identidad en los turbulentos años ‘80. Los choques entre la vieja y la nueva escuela, que darían forma a una nueva militancia nacionalista negra, tuvieron como marco a las brutales políticas de shock de Ronald Reagan, preludio de, nuevamente, un intento sistematizado de exterminio racial orquestado por las más altas esferas del poder político, social y económico.

La brutal recesión creada por las políticas de shock de Reagan llevaron la pobreza y el desempleo juvenil entre las minorías a un punto de no retorno. Su cínico “It’s morning in America” se convirtió en la sirena del apocalipsis, en ese golpe matutino que se encargaba diariamente de hacer añicos la euforia nocturna. Eso reflejaba, justamente, “The Message” de Grandmaster Flash & The Furious Five, primera canción del llamado “Rap Consciente” y una expresión reveladora de la furia que existía en las calles de la ciudad. Su diálogo con “Planet Rock” era claro: separatismo contra integración, balas contra votos. La lógica histórica de la lucha revolucionaria negra, con el ingrediente de encontrarse a disposición de las masas de todo el mundo. Todo ello mientras la brecha entre la policía y la comunidad se hacía cada vez más amplia, con el asesinato del grafitero Michael Stewart como punto nodal. Mientras, se terminaba la relación del progresismo blanco con el grafiti y todo lo que refiriese a la cultura marginal.

Run-DMC y LL Cool J llegaron como un torbellino y generaron un cambio muy importante: de la exuberancia al minimalismo, de las bases complejas a lo simple y potente. Chocaron de frente con la mayor luminosidad de la Old School y, así, inauguraron una nueva era en la que la supervivencia callejera seguía siendo el objetivo primordial. Si la heroína irrumpió en en los guetos post Vietnam, la Guerra Fría redobló una apuesta mortal con el crack de los mismos narcotraficantes que financiaban los golpes de estado y acciones de contra-guerrilla en los países del Tercer Mundo. El narco construyó un imperio que se expandió como parásito por las calles con la intención de exterminar una generación entera, ante la mirada de la CIA, del FBI y del gobierno de Reagan. El epítome de todo este desastre fue la “Operación Irán-Contras”, planificada y ejecutada por el gobierno luego de que el Congreso pusiese fin al financiamiento de los Contras en todo el mundo. La solución de los militares y de inteligencia, ante la negativa fue vender armas ilegalmente a Irán, fue darle vía libre a los narcotraficantes partidarios del Contra en suelo norteamericano y, de esa forma, instalar en los suburbios de Nueva York, Miami y Los Ángeles un clima de desestabilización y colapso permanentes.

Calles turbias, dominadas por zombis que mataban por una dosis, en las que se podía perder todo en cuestión de segundos y en la que la prostitución infantil y los robos eran una forma corriente de financiamiento. Si había un escenario para que el Gangsta Rap surgiese, era ese: con Ice-T como pionero, esta nueva mutación del hip hop llevó el centro de gravitación hacia Los Ángeles y estableció la impactante figura del anti-héroe negro del gueto. Significó una etapa de rebelión y también se materializó en un desprecio por parte de la nueva generación a los blancos y a la generación previa, como espejo de un mundo sumido en la violencia y la desesperación,.

Se había ganado impulso con las victorias obtenidas en la lucha global contra el Apartheid en Sudáfrica, pero el neoliberalismo se había terminado de enquistar en la sociedad. Era la época del individuo antes que la de comunidad y de la falaz “Teoría del Derrame”. Dos décadas de retroceso social, político y económico que también hicieron mella en el hip hop. Así se dio un brutal encasillamiento, sistematización y homogeneización de su sonido para virar de expresión cultural hacia el consumo masivo. Pero, como siempre, no todo era repetición basura: con la creación de Def Jam Records, Rick Rubin y Russell Simmons buscaron combatir el aburguesamiento de la música negra mainstream desde el también castigado, empobrecido y marginado cinturón negro de Long Island.

Desde una isla negra en medio de un mar blanco, Public Enemy, Run-DMC y esa anomalía en el sistema que constituían los Beastie Boys buscaron hablar de lo que todos los demás callaban. Así fue como Def Jam ayudó en un solo gesto a la integración de más barrios al movimiento y a la apertura de los grandes sellos discográficos al hip hop en un momento de radicalización absoluta. El disco debut de Public Enemy, Yo! Bum Rush The Show, editado en febrero de 1987, traía a los primeros planos el levantamiento armado contra la opresión blanca, recordando el mítico ingreso de las Panteras Negras con sus armas al Capitolio de California en 1967. La fundación del hip hop cien por cien político se terminó de edificar contra el gobierno nacional y tomando la calle como respuesta al Apartheid llevado adelante a nivel mundial. Una secuencia refrescante en la que se inserta el disruptivo y brillante Spike Lee con sus filmes llenos de crudeza, de representación y de un claro mensaje en contra de un Hollywood que había copiado y lavado al cine negro hasta el hartazgo.

La cultura había vuelto a ser un lugar de resistencia, pero la tarea de dominar a los medios masivos de comunicación no era para nada simple. Más allá de que el mensaje de guerrilla iba acompañado de gran música, las grandes estaciones de radio blancas ignoraron su existencia y las negras decidieron entregarse a la cooptación definitiva imitando esta actitud, dándole así un sentido muy contundente a la crítica generacional. Sin el minimalismo colonizador del rap entendido como paquete comercial, el hip hop recuperó a la banda completa y utilizó a la violencia como metáfora de la incomprensión y como un golpe a la quijada del tradicionalismo negro conservador servil que obraba en favor de la segregación. Llevando el discurso a un punto de quiebre tal que hacía dialogar a Mao Tse-Tung, Malcolm X, el Ayatolá Jomeini, Muamar Gaddafi, Nelson Mandela y Louis Farrakah, Public Enemy enfureció a la prensa masiva y a la clase política, convirtiéndose en uno de esos hechos irresistibles para cualquier militante de izquierda y enfrentándose a un lockout  total por parte de las distribuidoras.

En Long Island, el prodigioso Rakim emergía como una figura similar a la de Afrika Bambaataa, pero orientada hacia la visión interior: considerado el John Coltrane del rap por su pulsión experimental y su audacia para resignificar todo límite sonoro, Rakim buscó elevar la calle al plano espiritual y darle un sentido de trascendencia absoluta a la identidad negra. El agresivo e inteligente dope-a-rope al que se sometió Public Enemy con Rakim fue muy provechoso, ya que los corrió de la pose excesiva y les dio la posibilidad de conseguir una omnipresencia apabullante. Sin miramientos, esquivando los destrozos de la planificada demolición de Jesse Jackson como candidato presidencial en 1988, los neoyorquinos cerraron una década de la mano del brillante, provocador y tenebroso It Takes A Nation Of Millions To Hold Us Back (1988) y se preguntaron —a esto venían las siempre resonantes sirenas del apocalipsis— si habría para la comunidad algo más que terror y dolor en los años ’90.

Con Assata Shakur como símbolo, el regreso al radicalismo cultural nacionalista era una realidad y los raperos pasaron a ocupar —tal vez sin quererlo, algo que marcaría la década siguiente— el lugar de los nuevos revolucionarios. Mientras los históricos exigían compromiso, el sistema político volvía a poner en la mira al hip hop y el miedo a salir con las manos vacías se paliaba con los versos furiosos y festivos de “Fight The Power”. Votos o balas. La historia que se repite. La crisis de Public Enemy luego de las desafortunadas palabras de Professor Griff acerca de los judíos y el uso que hicieron de ellas desde el establishment. Ese caluroso verano del 89’ que inició con el linchamiento racista de Yusuf Hawkins en Benson Hurst. El miedo al planeta negro como futuro del hip hop y la metáfora del “domo del terror” como un lugar del que había que salir primero vivos y, luego, unidos y organizados.//∆z