El hip hop como campo de batalla – Parte I

Analizamos a uno de los géneros musicales más populares del mundo. En esta primera entrega: los incendios del progreso, la decadencia del Black Power y la invitación universal.

Por Rodrigo López 

Nacida al calor de los “incendios del progreso”, la cultura hip hop se instaló a finales de los ’70 como un movimiento político y social tan rico como impredecible. El hip hop recuperó las nociones de comunidad y representatividad  y les permitió a los habitantes de los márgenes encontrar una base identitaria y la posibilidad concreta de futuro.

El asesinato brutal de George Floyd en manos de los policías Derek Chauvin, J. Alexander Kueng, Thomas Lane y Tou Thao en Minnesota y las protestas que se extendieron a lo largo y ancho del mundo, volvieron a poner en los primeros planos una realidad dolorosa: desde los comienzos de la esclavitud en el siglo XIX hasta un presente complejo signado por la hiperconectividad, la desigualdad estructural y la falta de oportunidades reales para las minorías, la comunidad afroamericana de los Estados Unidos ha sido sistemáticamente segregada, oprimida, reprimida y exterminada por una alianza conformada por el poder político, el poder militar, los más grandes empresarios del país y un mayoritario sector poblacional blanco que siempre oscila ideológica y políticamente entre el republicanismo rancio de la vieja escuela y el supremacismo blanco en su forma más pura.

¿Por qué hablar del hip hop en este contexto tan complicado? La respuesta no es tan lineal como se puede llegar a creer. Pero lo cierto es que como uno de los movimientos culturales más importantes de nuestra era, el hip hop fue uno de los territorios centrales para el desarrollo de la lucha política, social e ideológica de la comunidad negra. El hip hop se constituyó históricamente como uno de los pocos ecosistemas cien por cien fértiles para albergar todos los debates y combates de las viejas y nuevas camadas revolucionarias afroamericanas, como la voz de una generación criada entre las balas y el voto.  Nacido al calor de los infames “Incendios del Progreso” en el South Bronx y en Kingston (Jamaica), el hip hop llegó para revolucionar cada uno de los cimientos de una generación necesitada de una plataforma lo suficientemente amplia, creativa y libre como para canalizar a través de ella todo su odio y frustración con el objeto de convertirlos en el combustible que motorizase la lucha. Un movimiento que recibió con los brazos abiertos a todos los miembros de una comunidad presionada para cortar todo tipo de lazo social y afectivo y que le dio a cientos de miles de jóvenes abandonados por el sistema una forma de comprender lo que vivían día a día en los barrios marginales.

Tomando como lema la idea de “HACER LO CORRECTO”, el hip hop comenzó a gestarse mientras el integracionismo y el nacionalismo negro chocaban puertas hacia adentro. Entre las marchas y la represión en Harlem luego del histórico discurso de Martin Luther King en 1963 y los incendios en el Bronx del año 1977, el hilo conductor era muy claro: a partir del proyecto de exclusión urbana creado por Robert Moses en 1953, la integración comunitaria quedó destruida por completo, dando comienzo a una de las catástrofes modernistas más graves de la historia. Lo que siguió fueron ríos de escombros y basura a lo largo del South Bronx, quedando los esqueletos de las viviendas de la clase media baja como símbolo del supuesto progreso y como punto de partida del éxodo blanco del barrio. El “Cross Bronx Expressway” fue un elefante blanco de proporciones infames, que quitó del camino a más de sesenta mil personas y superpobló a los de por sí repletos Brooklyn y al Bronx cuando lo que no brillaba por su presencia era el empleo.

Barrios completos demolidos para ser reemplazados por bloques interminables de cemento llamados “Viviendas Sociales”. ¿Qué recibieron los blancos? Suburbios prolijos y cercados, alejados de “lo feo”, pero con una vista privilegiada a la miseria y la inseguridad sufrida cotidianamente por las minorías negras y latinas. No tardaron en aparecer las pandillas, motorizadas por las ilusiones del Black Power, aunque también dueñas de una furia que no podían canalizar de la forma correcta debido a la indignante falta de oportunidades. El caos absoluto, producto de un desplazamiento racista y asesino. Un caldo de cultivo de toxicidad nuclear: 600.000 puestos de trabajo perdidos, el 40% del sector laboral desaparecido, un PBI per cápita inferior en casi la mitad al nacional y un nivel de desempleo juvenil superior al 80%. El hip hop nace de la falta de trabajo, con la comunidad negra esquivando los incendios intencionales orquestados por los arrendadores para cobrar los seguros e intentando sobrevivir en medio de manzanas vacías que simbolizaban lo que el poder político (con Nixon y su “negligencia beningna” a la cabeza, excusa para recortar la inversión por completo en el South Bronx) y la mayoría de la sociedad pensaba de ella.

Al compás doloroso de los incendios del abandono (se contabilizaron más de 43.000 viviendas destruidas) y del asesinato de Malcolm X, la cultura hip hop empezó a mostrar los dientes: los saqueos de la venganza y redistribución del 13 de julio de 1977 fueron un claro mensaje a un gobierno que no tuvo más opción que bajar a la calle. La escena de Jimmy Carter en el South Bronx, observando los restos de la necrópolis, del sur profundo del planeta, no alcanzaron para frenar una nueva embestida contra la comunidad recortando todo servicio básico con la intención de vaciar un lugar que alguna vez había sido próspero. En paralelo, las calles de Kingston, Jamaica, se movían al ritmo del reggae y de su nueva religión, el Rastafarismo, democratizando la fiesta y llevándola a su esencia carnavalesca, popular, de la mano de la oscuridad introspectiva del Dub y del espíritu más festivo del  Soundsystem. Mientras Bob Marley inspiraba a millones en su país y llevaba adelante un sinfín de luchas internas a las que sobrevivía milagrosamente, un intrépido artista llamado DJ Cool Herc sería quien materializase la estrecha unión entre dos polos marginales olvidados por el mal llamado Primer Mundo.

Mientras la música esperaba su momento, las pandillas juveniles surgieron al calor del ascenso del Partido de las Panteras Negras, pero su permanencia fue mucho más allá del progresivo y visceral desmantelamiento de dicho partido revolucionario por parte del FBI y la CIA. Si bien habían abrazado inicialmente con esperanza el nacionalismo negro, los pandilleros eran ante todo hijos de la furia, el hambre y la pobreza: luego del nefasto y caricaturesco juicio a los veintiún líderes pantera, no quedaría lugar para el idealismo. El hip hop emerge de forma definitiva en ese momento: los hijos del South Bronx no tenían ni educación ni sentido de comunidad y respondían al principio de segregación sin ideología, confirmando el triunfo de la anti-política. A pesar de todo, siempre había una mínima posibilidad de escapar al destino signado por el sistema: los Ghetto Brothers plantearon desde el corazón de Puerto Rico la posibilidad de tener paz y de unificar a un barrio destruido, estableciendo a la educación como prioridad y tratando de apaciguar las aguas en un momento en el que la artillería pesada —nada es casual— corría por las calles como un río turbio.

El grafiti se instaló en paralelo como la manera de vencer la invisibilidad, como promesa de posteridad y, cuando no, como blanco de la clase política. La huida de los desplazados por los incendios al West Bronx al compás de las leyes anti-grafiti. Las latas de aerosol se agitaban y crecía la revalorización por parte del underground de un James Brown que había llegado a ser símbolo del Black Power y que en ese momento se encontraba en decadencia debido a la apropiación cultural de la música negra. Elementos que confluían para crear el escenario perfecto para que DJ Cool Herc llevase la crudeza primitiva de Jamaica al Bronx, poniendo la mirada en el break antes que en las letras y dándole la posibilidad a cientos de miles de jóvenes de hacerse de un nombre con su talento. A partir de esta revelación, la energía creativa explotaría al máximo, quedando todo bajo una visión de mundo basada en el ritmo, la voz y el renombre. Flash, Afrika Bambaataa (con su colectivo espiritual y afrocentrista, Zulu Nation) y Herc pasaron a dividirse un territorio en el que los bordes dejaron de existir, donde se recuperó la noción del barrio como algo propio y en el que los pandilleros parecieron comprender que su existencia era una creación externa con el único objetivo de lograr que negros y latinos se exterminasen entre sí.

Mientras tanto, en las más altas esferas todos tomaban nota: la recesión de 1975 llevó a una mayor superpoblación de los suburbios, limitándose las insurrecciones y volviendo la violencia y el delito a tomar la calle. El hip hop se desarrollaba como cultura al mismo tiempo que la juventud enfrentaba su propia posibilidad de decadencia e intentaba no quedar acoplada a una tradición esencialmente racista que siempre estaba al acecho para dinamitar cada una de las oportunidades que cada tanto surgían en un camino todavía bloqueado por los escombros de fines de los ’60. De aquí que “Rapper’s Delight” de The Sugarhill Gang haya sido visto con desconfianza: a pesar de ser un avance significativo y de abrir la puerta a la ganancia concreta, también hizo masivo al género reduciendo su amplio significado comunitario —todas sus significaciones populares— a quince prolijos y clínicos minutos. Si bien con ello se inauguró oficialmente la era de los MCs, lo cierto es que las radios y sellos se apresuraron a explotar al hip hop, con una sobreoferta que quitó calidad al producto final, banalizó su contenido y terminó por despojar parcialmente a la música de su ADN originario. La tensión entre la cultura y lo comercial llevó a que la política local presionase al hip hop utilizando al grafiti como el perfecto chivo expiatorio para tapar la propia ineficacia administrativa; el grafitero promedio pasó a ser identificado como “negro o puertorriqueño, estudiante y pobre”, habilitándose así un sinfín de procedimientos ilícitos por parte de la policía que detenía y torturaba sin motivo más que el color de piel y la edad. Los medios masivos acompañaron y hablaron de una Nueva York cercada por los “delincuentes de piel oscura” y la dudosa “Teoría de las Ventanas Rotas” hizo el resto: en esa guerra racial, no fueron pocos ciudadanos que realizaron ejecuciones de negros y latinos inocentes en la vía pública y que, en lugar de ser castigados por la ley, fueron recibidos como héroes por la gente.

Mientras la Era de Ronald Reagan asomaba con un semblante amenazante por el horizonte, Nueva York llegaba a niveles de desigualdad y segregación históricos luego de tres décadas de renovación urbana elitista y racista. Con el Bronx y Brooklyn convertidos en foco de la miseria estructural, el hip hop se consolidaba con sus cuatro elementos a la cabeza, el grafiti, los b-boys, los MC y los DJs, y se preguntaba cómo seguir adelante sin perder la esencia. El avance del progresismo cool —mitad apropiación, mitad culpa blanca— generó nuevos espacios para los artistas negros, pero a su vez marcaba los límites de una cultura que aún era víctima del uso oportunista que se anclaba en la “Teoría del Zoologico” y su desigual intercambio cultural y económico. Un clima tan extremo como extraño, donde las divisiones sociales y raciales quedaban de lado solamente en la discoteca y del que emergió Planet Rock (1986) de Afrika Bambaataa. Su visión hipnótica y seductora de un mundo unido por el groove no tardó en ganar adeptos y fue la primera invitación verdaderamente universal del hip hop.//∆z