Después del malón #2

A dos años de la cumbre del G20 en Argentina, la autora del newsletter Cartas del malón recuerda un viaje familiar. La geografía bonaerense se confunde con los vínculos y los antepasados.

Por Julieta Correa

Es jueves a la tarde. A pedido de la Ministra de Seguridad dejamos la ciudad, su temblor y su G20, con destino a la Provincia. Las salidas están cerradas y avanzamos por Independencia hasta que deja de llamarse así y cruza el barrio de Mataderos. En el camino, las calles que cortan la Avenida tienen nombres de ciudades de Buenos Aires: Dolores, San Pedro, Saladillo, Guaminí. Aparece Estonia y una incógnita. Es la primera vez que tomamos este camino. Cruzamos la General Paz. Del otro lado, partido de La Matanza, entendemos hacia qué dirección seguir y subimos a la autopista. La Matanza es un río que también se llama Riachuelo.

Nosotros somos mi mamá, mi papá y yo. El auto está cubierto de tierra y casi vacío. Llevamos el mate, pocos cds (esto probará ser un error), algo de comida, caramelos, un mapa desplegable y datos en el celular. Primera parada, por un camino a la derecha en el km 89 de la ruta 205, Zapiola. Un pueblo diminuto en donde Madonna filmó la escena del tren de la película sobre Evita. La estación no muestra ninguna evidencia pero sigue en pie. Pero eso es otra historia.

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En el año 1887, Ramón López Lecube recorre el campo a caballo con Eduardo Graham. El sur de la provincia de Buenos Aires era más parecido a lo que evoca la palabra Patagonia. Viento, piedra, espacio. El correntino y el inglés van haciendo camino hasta que oyen, por los gritos y el golpe de los vasos retumbando entre los espinillos, que se acerca un malón. El inglés le dice a Ramón que se esconda en una vizcachera. Las vizcachas hacen unas cuevas secretas que llegan a tener hasta tres metros de profundidad. Ramón, que tenía unas 50 mil hectáreas y poco más de 20 años, le hace caso, se baja del caballo y se esconde. Hay lugar para uno. El inglés se va al galope. Nunca más se sabe de él.

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Sobre mis piernas, un cuaderno de viaje, un mapa de Buenos Aires doblado y una lapicera. Entre ellas, el termo. Le cebo un mate a Sari, mi mamá, que se ríe porque leyó Arroyo Salgado en un cartel. Un accidente geográfico con nombre de actualidad. Conversamos. Es el día siguiente, es viernes a primera hora de la mañana y ya estamos en la ruta. Mi papá quedó en Zapiola y la historia nos sigue a nosotras. Dos mujeres con 400 kilómetros de futuro. Mientras avanzamos, decimos en voz alta las palabras que en un rato van a ser ciudades por la ventana y alguna parada para comer: Lobos, Saladillo, Alvear, Bolívar, Daireaux, Guaminí, Pigüé. Eso es todo lo de hoy. Lobosaladilloalvearbolívarderóguaminípigüé

Estamos en cualquier lugar de Buenos Aires. Adelante hay campo, al costado hay campo, también cuando miro para atrás. No hay lomadas, ni bosques, no hay mar y no se ve ninguna ciudad. El pasto está verde, el girasol, que a veces es trigo pero casi siempre soja, está crecido. Muy a lo lejos un monte grueso, más cerca un bajo. No existe el cualquier lugar, estamos en la ruta 205. No existe el cualquier lugar, aunque a primera vista esta enorme provincia parezca una masa uniforme de hectáreas chatas. Bolívar, Daireaux, Guaminí, Pigüé. Avanzamos.

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Ramón, en la oscuridad de la madriguera, tiene miedo y frío. Finalmente, oye los gritos del grupo de indios, de salvajes, el peligro. Escondido, reza y pide por su vida. Le habla directamente a la Virgen del Carmen, es joven pero ya es todo un hombre de negocios. Los ruidos se acercan, sacuden la tierra. Ramón tiene todo para perder y es fuerte, se arrepiente de sus pecados y promete mandar a construir una iglesia en ese mismo lugar. Da resultado. No sabemos si es gracias a la virgen o a la vizcacha, pero el correntino pasa la noche a salvo y sobrevive. A la mañana siguiente sale de su escondite sucio y vivo. Vuelve a la casa decidido a cumplir la promesa.

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Termina la 205, la 67 y en la rotonda de Guaminí agarramos para el sur por la 33: Ruta Nacional de los Camiones y los Pozos. Queda poco para llegar y lo llamo a Jorge para que nos abra el departamentito donde vamos a pasar la noche. No aparece, pone contra las cuerdas al malhumor de mi madre. Aparece, todo está ok, nos dejó las llaves. Del otro lado de la puerta, un gato gris nos da la bienvenida. Son dos cuartos diminutos y de muebles blandos, claros y cortos. En la esquina superior izquierda del cuarto, cuelga un televisor chico pero flaco. Están transmitiendo la ceremonia del Colón para el G20. El televisor tiene un defecto en la imagen, una barra vertical azul que atraviesa indistintamente a los bailarines agitados, los planos generales de ese teatro magnífico, la cara acongojada del presidente. Sari me pregunta si la barra es una marca de seguridad puesta a propósito por las transmisión de la cumbre. Salgo a comprar cerveza y algo para comer.

Pigüé, como Deró, es una ciudad de influencia francesa. Banderas tricolores a 500 kilómetros de la capital argentina, que está a 11 mil kilómetros de París. En unos días va a ocurrir el festival del omelette. Un grupo de cocineros vestidos con trajes tradicionales romperá 20 mil huevos para hacer un omelette gigante en la plaza del pueblo. También habrá bandas, artesanos, gente de todos los pueblos de la zona. Esto me lo cuenta la mujer que me vende cerezas en su casa a 80 pesos el kilo. Tiene un árbol enorme y lleno de frutas rojas que quedan tan lindas entre las hojas oscuras. Me cuenta del festival, del árbol de cerezas, de las bondades de la zona. ¿Qué hago por acá si no sabía del omelette? le cuento que vine a ver la iglesia. Me dice que a ella no le gusta nada pero que tiene una historia especial, ¿la conozco? La conozco. Al rato llega su marido que es de Hanguelén, me dice, como José Larralde, me dice y le gusta el festival porque vienen bandas de folklore. ¿Me gusta el folklore? me gusta, le digo, pero no me voy a quedar porque seguimos camino a la iglesia. La pusieron linda, me dice, pero lo más lindo es la historia de la vizcachera, ¿la conozco?

Le pido que me la cuente. Es la misma que me contaron a mí.

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El 31 de agosto de 1913, 26 años después, Ramón López Lecube, el papá del papá del papá de mi mamá, inaugura la iglesia. La construcción duró unos veinte años. Altar de mármol, esculturas de santos, vitrales, campanas. Hizo traer los materiales de Italia que llegaban a este rincón de la provincia en carreta. Ramón donó esas tierras que había hecho suyas para que pasara el tren. La estación se hizo en 1906. La construcción de la iglesia atrajo a futuros pobladores, a cada familia se le dio un pedazo de tierra. Las casas, de a poco, fueron rodeando la iglesia. Cuando estuvo terminada, llevó docentes y fundó la primera escuela del pueblo. Llegó a tener 1000 habitantes, hoteles, peluquerías, cancha de tenis y bares. Hoy son 30. Ramón López Lecube murió en 1920. En una placa, una inscripción recuerda sus palabras: “confortado en la fe cristiana, llegué a estos campos el 8 de noviembre de 1880, en los que labré mi felicidad”.

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A la mañana siguiente la oración se renueva. Ahora repetimos Puan, Azopardo, Bordenave, Felipe Solá, 17 de agosto, López Lecube.

En Bordenave levantamos a una chica que hace dedo. Lucía tiene 20 años y trabaja todos los días limpiando el geriátrico. Quiere ser trabajadora social. Le gusta porque es tranquilo, pero ahora le gusta un poco menos porque tuvo una beba y lo que le gustaría de verdad es quedarse con ella. Se la deja todo el día a la mamá mientras trabaja, viven las tres juntas. Ahora, además, la levantan menos por miedo de que el seguro no les cubra si hay un accidente. Así que piensa en comprarse una moto, tener más libertad y quizás estudiar. O pensaba eso, ahora piensa más que nada en su hija. Nos muestra fotos. Es una bola preciosa de cachetes y rulos.

La dejamos. Parece feliz. En lo que tarda en entrar a la casita de paredes blancas donde funciona el geriátrico, decido un cambio de vida. ¿Y si conociera a alguien acá y me dedicara a enseñar en la escuela? Un disparate. ¿Y si viniera una temporada sola a escribir, poco, unos meses nomás, hiciera una huerta, me levantara temprano? Tendría que aprender a manejar, conseguirme un trabajo. Aprender a hacer una huerta, aprender a levantarme temprano. Avanzamos en línea recta, a los costados se ve el pasto cada vez más seco.

Un grupo de moscas se sube en silencio al auto en la estación de servicio de 17 de agosto. Unos kilómetros después, la distancia entre los pueblos es muy corta, empiezan a volar agitadas de un lado a otro. Bajamos las ventanas del auto y salen. Transporte público.

Llegamos a López Lecube. Prendo la cámara del celular, mis hermanos nunca vinieron tan abajo. Se ven unas pocas casas, una placita con juegos despintados, algunos carteles. Después un potrero, un busto con flores y de pie, magistral, el imponente rectángulo levantado por una promesa hace más de 100 años. Una iglesia enorme en el medio del campo se parece un barco encallado.

Sari toca bocina, estaciona, bajamos del auto. Tengo una sensación entre familiar y alucinada, de estar viendo un fantasma. La construcción es impresionante. Aplaudimos. No hay nadie. Las rejas están cerradas con un candado. Hay bastante viento.

-Bueno, ¿qué hacemos? ¿nos vamos? -me dice.

-No sé. Digamos unas palabras, ¿cantamos algo?

-Tengo un poco de hambre.

Voy a donde está el busto de mi tatarabuelo, que tiene la placa con la inscripción. Cuando veo que Sari está mirando para el lado del auto, me acerco y le digo algo al oído.

Los 660 km de vuelta a casa los hacemos en silencio.//∆z