Cicco (Abdul Wakil): “El rock es nieto del islam”

Hablamos con Cicco por mail sobre la cuarentena, su trayectoria, el periodismo, su conversión y su último libro publicado, Rock and roll Islam (Tusquets, 2020).

Por Julián Berenguel
Fotos gentileza de Emilio Fernández Cicco

Emilio Fernández Cicco (Buenos Aires, 1976) hizo todos los oficios necesarios para cumplir con su trabajo como cronista. Desde hace años, publica una columna semanal todos los miércoles en la sección “Crónicas + Desinformadas” de Hipercrítico. “El cronista debe vivir todo lo humanamente posible. La experiencia directa es la mejor fuente de información”, decía Cicco en una entrevista a fines del 2007. Esa convicción lo llevó a fundar el periodismo border, una técnica que implica la participación del periodista como protagonista de la nota, similar al gonzo de Hunter Thompson. Cuando entrevistaba a alguien, buscaba el “detalle llave”: algún rasgo que revelara la singularidad del personaje retratado. Según Cicco, la vivencia en carne propia le permitía narrar los hechos desde una mirada auténtica y personal. Tal vez fue esa misma convicción la que lo llevó a convertirse al sufismo, la rama mística del islam, en noviembre de 2009. Todo empezó cuando le hizo una nota al fotógrafo converso Walter Suleyman en 2008 para la revista Noticias, donde era editor de Cultura. El entrevistado le dijo: “Estás lleno de palabras, necesitás vaciarte”. Hacía años que meditaba y practicaba el budismo zen, pero en el sufismo encontró un camino a seguir.

Este año publicó Rock and roll Islam (Tusquets, 2020). En el medio aprendió árabe, se bautizó como Abdul Wakil, se mudó a Lobos, construyó una mezquita en el fondo de su casa, hizo la seclusión (retiro espiritual de cuarenta días) y peregrinó dos veces a La Meca. Poco queda del Emilio Fernández Cicco que en 2006 publicó Yo fui un porno star y otras crónicas de lujuria y demencia. Pero quizás lo que perdura es lo más importante: su fuerza narrativa como escritor.

En Rock and roll Islam se cuentan dos historias: una colectiva, la de los orígenes del sufismo en la Argentina, con menciones a algunas de las principales figuras del rock nacional, y otra personal, la de la conversión de Cicco. Este es su sexto libro. Antes, publicó una investigación sobre los años de juventud de Julio Cortázar, una biografía del cuartetero Rodrigo Bueno, una antología de sus mejores artículos como periodista border y dos libros ilustrados para principiantes, uno sobre el místico armenio George Ivanovitch Gurdjieff y otro sobre budismo zen.

Una referencia inadvertida al sufismo en nuestra música: una nota aclaratoria en la contratapa del disco Et Nada (1973) de Miguel Abuelo, indica que los últimos dos versos de la canción “El muelle” son una cita del poeta oriental Rumi, del siglo XIII. Aunque no esté aclarado en el disco, Rumi fue un importante poeta sufí persa.

Cicco acepta hacer esta entrevista con amabilidad y sin vueltas. Quizás por sugestión, pero algo en el tono de sus mensajes transmite cierta paz y tranquilidad.

Pandemia

AZ: ¿Cómo estás viviendo la cuarentena en Lobos?

Cicco: El 99% de mi vida sigue igual. ¡Al parecer vivía en cuarentena y no me daba cuenta! Pero esa es la verdad: cambió poco. Desde hace años, trabajo desde casa dando clases virtuales, escribiendo artículos y asistiendo gente en sus libros. En paralelo, arreglo mi jardín, podo, acomodo plantas. Todas tareas domésticas.

AZ: ¿Cómo observás el tratamiento que le están dando los medios de comunicación a la pandemia del coronavirus? ¿Qué rol deberían cumplir en este contexto?

C: Hacen lo que pueden. Me preocupa, eso sí, cuando suman más paranoia a la que ya existe. Algo habitual en los medios para llamar la atención y que la gente los consuma. Es también una oportunidad única para narrar historias donde el drama pone en evidencia heroísmos y cobardías, hermandades y mezquindades. Nunca el teatro humano tuvo tanto guión para abordar por el periodismo.

Periodismo

AZ: En una nota reciente para la Revista Ñ decías que tenés “una mirada bastante conservadora” sobre el periodismo actual. ¿Cómo cambió tu relación con el periodismo desde que te convertiste al islam?

C: Por lo general, el periodismo en occidente aborda el islam desde la ignorancia. Ni siquiera escribe bien el nombre de nuestro profeta. Lo llama Mahoma. Y es Muhammad. De ahí, para abajo, imaginate. Asocia conceptos que encierran mucha sabiduría –como yihad y sharia– con ideas retrógradas y hasta violentas. En síntesis: no es solo que los medios abordan el islam con errores groseros. También los musulmanes tenemos un gran problema para comunicarnos con el mundo occidental.

AZ: ¿A qué llamás “periodismo místico”?

C: Es un género que fundé a partir de una premisa: no se puede abordar un fenómeno espiritual con las herramientas tradicionales del periodismo, es decir, recoger testimonios, reconstruir escenas y compilar información. Uno se va a perder la esencia de lo que hay que contar. Es como entrar a una perfumería con tapones en la nariz.

El periodismo místico propone entre otras cosas que, para narrar un camino espiritual, el reportero se debe involucrar también con el corazón. Sin perder la objetividad, pero pasando la historia por el cuerpo. De lo contrario, es como hacer la crítica de un restorán sin haber probado la carta.

Los libros de autoayuda nunca se meten en el barro. Y los libros periodísticos no suelen tener luz ni fe ni se escriben con el corazón. El periodismo místico busca unir esos dos géneros, hasta ahora, lejanos. En esa línea, Rock and roll Islam es el primer libro de periodismo místico.

AZ: ¿Cómo analizás en retrospectiva el concepto de “periodismo border”?

C: Fue un género que fundé tiempo atrás y ayudó a muchos nuevos cronistas a encontrar su propia voz. El border permitió expandir el campo de acción narrativo. Logró que los cronistas no sólo tomaran elementos del nuevo periodismo que ya tiene décadas y décadas de existencia, sino que descubrieran métodos actuales más frescos, auténticos y disponibles. Desde el nuevo periodismo pasó mucha agua bajo el puente. Pero los profesores lo siguen enseñando como si fuera el último iPhone. Y no lo es: ¡es el fucking telégrafo!

 

AZ: Si el periodismo border definía a una persona según su heladera, su cama y su baño, ¿cómo lo haría el periodismo místico?

C: Gran pregunta. El periodismo místico lo definiría en base a lo mucho o poco que buscó la persona para descubrir el propósito de su vida. Y esto no se encuentra ni en la profesión. Ni en los hijos. Ni en tu casa. Es ese tesoro enterrado más allá de tu biografía.

AZ: Como docente que forma cronistas, ¿cuál es tu impresión frente a sus búsquedas narrativas? ¿Hay patrones similares o temas repetidos entre las voces que llegan a tu taller?

C: Hay de todo. Lo que me preocupa es cuando los periodistas tienen una búsqueda de mirada de autor y, en paralelo, suscriben a algún “colectivo”, ponele el nombre que quieras. Yo les digo a mis alumnos: ¡no se suban a ningún colectivo! Anden a pie. Apenas se suben a un colectivo su mirada, su originalidad y su autenticidad están fritas.

AZ: ¿A quién te gustaría entrevistar y por qué?

C: Hay un sheikh, un sabio del islam, que me encanta: se llama Hamza Yusuf. Fundó una universidad de estudios islámicos en Estados Unidos, es un orador didáctico, erudito y conmovedor y, además, es un reflejo amoroso de cómo te transforma este camino.

AZ: Si te entrevistaras a vos mismo, ¿cuál creés que sería tu detalle llave?

C: Una osadía para exponerme hasta el límite y, por otra parte, una vergüenza y timidez casi patológica.

Lectura y literatura

AZ: Después de tu investigación para escribir El secreto de Cortázar, ¿qué cambió en tu imagen del autor?

C: Lo humanizó muchísimo. Entendí quién era Cortázar antes de ser Cortázar. Conocí a sus alumnos en escuelas del interior donde daba clases. Y hasta a dos profesoras que eran sus colegas. Y tuve la oportunidad de entrevistar a alguien de muy bajo perfil: su hermana.

AZ: ¿Cómo recordás a Juan-Jacobo Bajarlía?

C: Un capo y un amigo. Tenía una desfachatez juvenil a pesar de su avanzada edad. Escribía sobre punk, vampiros y Alejandra Pizarnik con más de ochenta años. Dos o tres veces al mes lo iba a visitar a su estudio frente al obelisco y nos tomábamos un café en un bar de abajo. Todo lo que me contó en esos encuentros lo atesoro en mi memoria. Desde cómo murió –según él– Pizarnik hasta por qué decía que Jack El Destripador era argentino.

AZ: Has dicho que te aburren las extensas descripciones de Saer y que preferís la acción o el humor en las narraciones de periodistas como Robert Fisk, P. J. O’Rourke o Dave Barry. ¿Qué encontrás en ellos y en qué otros autores lo encontrás?

C: Tienen más velocidad. Más brillo. Más sagacidad. No escriben para sus colegas. Son gente que hizo de su mirada un estilo. De los argentinos encuentro ese mismo espíritu en Fogwill, un tipo genial.

AZ: ¿Qué estás leyendo ahora y qué leíste últimamente?

C: Poco periodismo y nada de ficción. Y mucho texto islámico. Estoy ahora con el Imam Al Ghazali. Leo “La alquimia de la felicidad”. Son cuatro tomos. Estoy por terminar el primero.

AZ: Se puede decir que lo que hacés es literatura de no ficción. ¿Alguna vez pensaste en publicar ficción?

C: Nunca pude. Siempre me sentí incómodo escribiendo ficción. Y por otro lado, encuentro que la realidad es más fascinante. Me dan más ganas de encontrar nuevos métodos de abordar la realidad y los personajes que de ponerme a inventar una historia de la nada.

AZ: ¿Estás trabajando en algún proyecto en este momento?

C: Sí, tengo un proyecto, aún en pañales, de narrar una historia que sucede en el desierto, en el Sahara, en territorio de Mauritania. Para eso, tengo que viajar allá. Y perfeccionar mi conversación en árabe. Me falta un poco.

Espiritualidad

AZ: ¿Sergio Aisenstein te introdujo a Gurdjieff?

C: Así es. Un gran amigo al que le debo ese legado.

AZ: ¿Qué te enseñó la lectura de Osho?

C: Osho me enseñó que podías ser un místico sin ser ni un estafador, ni un idiota, ni un pedófilo.

AZ: ¿Cómo fue el proceso de aprender árabe y empezar a estudiar el Corán?

C: Un proceso largo, con muchos maestros y que aún continúo. Son conocimientos infinitos, sin límites, y que cada día que pasa se vuelven estudios más apasionantes.

AZ: ¿Cómo recordás tus peregrinaciones a La Meca? En el 2015 sobreviviste a una estampida trágica en la que murieron más de 700 personas.

C: Hice dos peregrinaciones a Meca. En el 2015, sucedió ese episodio donde murió mucha gente. Cada tanto sucede. Son muchas personas haciendo lo mismo. Y por más precauciones que toma el reino saudita, son millones de personas, siempre algo puede salir mal. En mi caso, estábamos cerca del lugar de los hechos. Pero es tanta la gente que nos enteramos por las noticias.

AZ: En abril de 2016 hiciste la seclusión: un retiro espiritual de 40 días. ¿Cómo definirías esa experiencia?

C: Es la experiencia más radical y transformadora que hice en mi vida. Cualquier cosa que narre me quedaría corto.

AZ: ¿Qué revelación creés que tuviste con el sufismo y no con el budismo zen o las enseñanzas de Gurdjieff?

C: Básicamente, el zen o Gurdjieff son prácticas espirituales, pero que, en general, te dejan el resto de las áreas de tu vida sin guía.El sufismo, y el islam en sí, no es una religión: es un din. Un camino holístico que lo incluye todo: desde cómo limpiás tu alma, hasta cómo te llevás comida a la boca. No deja nada afuera. Y eso me encanta.

AZ: El título de tu último libro, Rock and roll Islam, hace una conexión entre los orígenes del rock y el islam. Es interesante tu hipótesis. ¿En qué se parecían el canto de los primeros blues con el de los musulmanes?

C: Eso es algo que cuento allí en el libro. Muchos de los primeros bluseros eran esclavos que venían de países islámicos en África. Las coincidencias entre el llamado a la oración en las mezquitas o la recitación del Corán y esos bluseros fundacionales son abrumadoramente idénticas.Por eso digo: el rock es nieto del islam.

AZ: ¿Qué significó para vos tu cambio de nombre por Abdul Wakil? ¿Lo podés usar como nombre legal?

C: En todo camino espiritual te ponen nombre nuevo. Es una forma de que uno se despegue de su vieja identidad y resuene con algo distinto. Abdul Wakil tiene un significado: se trata del Servidor del Guardián. Y es algo sobre lo cual tengo que trabajar en mi día a día. En cuanto al nombre legal, ni idea. Tampoco me propuse hacer el trámite. Lo importante es llevarlo en el corazón.

AZ: En marzo escribiste en Hipercrítico: “Este coronavirus no es todo temor y pandemia. Tiene, en secreto, lecciones que deberíamos tomar si queremos lograr que las cosas cambien”. ¿Qué lecciones pensás que deberíamos tomar?

C: La cuarentena es una oportunidad única para no distraernos y mirar eso que todos los místicos nos vinieron a advertir en todas las culturas y siglos: que miremos adentro nuestro. Que busquemos más allá de la mente y de la razón. Que busquemos respuesta en otra parte. Que demos vuelta la dirección y vayamos en contramano: en lugar de afuera, apuntar para adentro. Se acabaron las excusas: no hay más distracciones.

AZ: ¿Algún consejo contra el pánico y la ansiedad que a algunas personas les provoca el encierro?

C: El que no hace el bypass espiritual la va a pasar mal. Porque el mundo dejó de tener el asidero que tenía. Si uno sigue aferrado al afuera que cruje y tambalea, se vienen días negrísimos.//∆z