Boyhood: siempre es hoy

Doce años después del comienzo de su rodaje llega Boyhood, la película-hito del infalible Richard Linklater.

Por Martín Escribano

El director ya había avisado. El discurrir del tiempo siempre estuvo entre sus intereses centrales. El último testimonio en su filmografía fue Antes de la medianoche, tercer ¿y último? capítulo de la saga que componen también Antes del amanecer y Antes del atardecer. En ella asistíamos al inicio y evolución del vínculo entre los ya eternos Jesse y Celine durante esos dieciocho años que transcurrieron entre 1995 y 2013.

Linklater decidió redoblar la apuesta y filmar la evolución de un personaje durante más de una década no en películas separadas sino en una. Boyhood,en la que también actúa Ethan Hawke, comenzó a rodarse en julio de 2002 (es decir, ¡dos años antes de que se estrenara Antes del atardecer!) y continuó filmándose con los mismos actores durante… doce años. Su argumento es demasiado simple: cuenta la historia de Mason Jr. (Ellar Coltrane) desde que empieza la primaria a sus seis años, hasta que llega a la universidad con dieciocho. Lo acompañan su hermana mayor Samantha (Lorelei Linklater, hija del director), su madre (la bellísima Patricia Arquette) y su padre (Hawke). A Mason le ocurrirá, en mayor o menor medida, lo que le ocurre a todo aquel que crece: se mudará, cambiará de escuela, perderá amigos, ganará otros, tendrá que tolerar las elecciones de pareja de sus padres divorciados, convivirá con sus hermanastros, se volverá a mudar, le cambiará la voz, conseguirá un trabajo, se enamorará, aprenderá a manejar y así…

Filmada a la usanza naturalista linklateriana, Boyhood está plagada de referencias bien contemporáneas. No será difícil reconocer en la historia de Mason hechos históricos que hemos vivido en la nuestra. El paso de los años quedará evidenciado en referencias musicales (un tema de Britney, otro de Coldplay, otro de Wilco), culturales (la salida del sexto libro de Harry Potter) y políticas (las campañas presidenciales de Bush, la guerra de Irak, el ascenso de Obama), entre otras.

Está bien que los doce años de filmación, a un ritmo de una semana por año, suponen un hecho inédito en la historia del cine, pero el mero dato no explica los méritos por los que la última película del director de Bernie es un verdadero hito del séptimo arte.

Para comprender la experiencia que supone Boyhood quizás haya que apelar a otra artista mayor. Alejandra Pizarnik confiesa en sus Diarios que se siente atraída por los personajes literarios porque son “seres absolutos que llevan el amor o el odio detenidos en ellos”. Lo que Linklater hace principalmente con Mason, pero también con Samantha y sus padres, es dotarlos de movimiento dentro de su detención. De ahí el carácter único de su obra, que se sirve del tiempo como herramienta para tallar la materialidad del cuerpo de sus personajes. Sin necesidad de peinados o maquillajes, mucho menos del 3D, Mason y Samantha están ahí, “al alcance de la mano”, tanto que a veces pasamos a compartir el lienzo en el que se despliegan sus historias. Hay un genuino “olvido” de la pantalla y la sensación permanece al salir del cine: los protagonistas nos acompañan.

Como esos momentos, tan imperceptibles como decisivos, en los que un niño que deja de serlo se pregunta sobre la existencia de la magia en el mundo, o en los que un adolescente detiene su mirada en una chica por primera vez, fugaz en sus casi tres horas de duración, Boyhood es un verdadero testimonio de lo inasible.

Prueba, también, que quien ha sabido servirse del paso del tiempo es Richard Linklater. Su cine ya es parte de nuestro ser.//z

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